Catedral Metropolitana

Desde 1931, cada uno de su millón 120 mil ladrillos desprende un aire solemne

La gente desfila constantemente frente a ella, pero son pocos los que dejan de admirar el aire solemne que exhibe la Catedral Metropolitana, impregnado hasta en el último de sus más de un millón de ladrillos. Oficialmente llamada Catedral Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de María, sus interiores recatados sirvieron de espacio de honras fúnebres para que la élite antioqueña fuera despedida con pompa en su viaje seguro al cielo.

Su construcción se llevó a cabo entre 1874 y 1931, y 11 de agosto de este último año, en un desfile que trasladó al Santísimo desde la iglesia de La Candelaria hasta la Basílica Metropolitana, fue inaugurada como nueva catedral de la ciudad.

“Aquí nadie se queda quieto”, dice su sacristán y seguro se refiere a la rapidez con que se ofician las misas ordinarias: los sacerdotes entran de civil a la sacristía y en segundos salen de blanco rumbo al altar. Si la celebración incluye al arzobispo, el templo se cubre de flores y la misa empieza más puntual que nunca.

Su presencia imponente ha sido admirada hasta por ebrios poetas, hubo alguno que persignándose y elevando los brazos en dirección al campanario, encomendó la suerte de un amigo escritor: “Señor, aquí traigo un hijo impío, cura sus enfermedades literarias y muéstrale el camino”.

 
 

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