María de los placeres auríferos

Su figura enjuta, levemente jorobada, cadera hacia adentro, le ha hecho perder altura, pero ni siquiera el caminado desgarbado le quita el aire de mujer vehemente en el que se mueve dueña de sí misma. Aunque quien no la conozca fácilmente puede confundirla con un muchacho laborioso, un pelirrojo de pantalones oscuros remangados hasta la rodilla. María se descalzó apenas pisó las primeras piedras de la maloliente quebrada, lechosa, turbia.

—¿Y a vos quién te enseñó a barequear?
—Viendo uno aprende. Desde los ocho años cogía café y cuando se acababa la cogienda nos íbamos pal Cauca a lavar oro. A mí me trajeron a Medellín de trece años. Nos vinimos a vivir a La Iguaná, y vimos que esa tierra ahí era muy rara, muy pantanosa y mona. Y yo dije, esa quebrada pa mí tiene oro… Uf. Mamita no creía. Empezamos a lavar y vimos chispa y mandamos por batea.

La Iguaná prolongaba su música de cascabel de arena y piedrecillas, esa que hace cincuenta años arrulla el sueño de María. Eso es casi toda su vida desde que su familia dejó Liborina y se asentó en Blanquizal, barrio enclavado en una ladera pantanosa y montuna de Medellín, habitado por familias migrantes, en su mayoría de pueblos antioqueños y chocoanos.

Muñecas sin brazos, tarros de diferentes tamaños y colores, aros de plástico, restos de bolsas, pañales cagados, pedazos de tela, latas oxidadas, vidrios. Todo lo que le arrojen lo arrastra la quebrada que nace impoluta a los 2900 m s.n.m., en el Cerro de Boquerón, al occidente del valle.

—¿Y en Liborina cómo intercambiaban el oro?
—Se le vendía a los joyeros… Y ya, uno se iba a mercar con eso.
—¿Qué cosas compraban?
—Compraba uno comida y ropa, y carnita, que en ese entonces la metíamos en bateas con agua con sal y manteca de tarro.
—¿Acá dónde vendés el oro?
—En las compraventas.
—¿Y cuánto sacás en una jornada?
—Muy relativo. A veces me saco el grano, y me da hasta ochenta o cien según a lo que pese. Pero también hay días que no me saco sino veinte mil, cuarenta mil pesos.
—¿Qué hacés con esa plata?
—¿Pues qué va ser si no pagar deudas? Mercar la comida, pagar los servicios, comprar el gas.

Dio pequeñas zancadas entre las piedras con agilidad de anfibio. Mientras tanto, cateó con la mirada el punto donde iba a detenerse. Después de andar unos seis metros, bajó las herramientas sin despegar el cigarrillo de la boca. Clavó la pica contra la tierra — golpe amortiguado y seco—, arrancó el pedazo encapotado lleno de hierba e hilachas plásticas.

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—¿Cómo sabés dónde buscar?
—Perro viejo late sentado. Yo por decir, acá hay una caída de la creciente. Raaan. Yo en ese caño me puedo meter y sacar cualquier chispa buena. Ahora cuando uno encuentra peña roñosa. Aaay —se lamió los labios—. Eso sí es sabroso. Ahí es donde están los granitos.

Arqueó sus nervudos brazos, hundió en el agua el plato cóncavo y como si fuera a estregar un trapo, sacudió el capote hasta que solo quedaron piedrecillas menudas. En este punto, se acomodó para concentrar la fuerza en los suaves movimientos orbiculares que hizo meticulosamente con la batea.

Hundió una y otra vez la mano a la quebrada, vertiendo sobre aquel asiento de arena las gotas que escurrían de las puntas de sus dedos, con la otra mano giraba lentamente el plato. Lo hizo mientras aspiraba el segundo cigarrillo, apretándolo por una comisura de los labios. En el fondo del plato, María señaló un minúsculo punto que resplandecía con la luz de la mañana. Era un cascarita dorada, apenas visible.

—Vea, esta es la chispa de oro —dijo tomando el cigarrillo con los dedos húmedos—. Si quiere lléveselo para que se lo muestre a ese güevón —soltó una carcajada sonora y ronca, refiriéndose a Juan Fernando Ospina, el fotógrafo y director de este periódico, a quien ella se encontró en su barrio cuando él cumplía una de sus salidas fotográficas, y le contó sacándole la batea que guardaba bajo su cama que era barequera en la quebrada La Iguaná.

Era una chispa aplanada como un grano de ajonjolí. María necesitó para sacarla el instinto, la mirada sagaz, tres herramientas vetustas introducidas en América por los colonizadores españoles hace más de cinco siglos, y una milenaria técnica copiada de los pueblos aborígenes.

—¿Ahora sí me cree que lavo oro? Entonces usted se lo lleva y le pregunta cuándo va venir a tomar la foto —volvió a reírse socarrona, en los ojos el brillo del pabilo, y en la voz rauca un matiz de reproche.

***

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Indios y negros fueron obligados a barequear en los ríos hasta el desfallecimiento, sacando, grano a grano, oro para unos reyes anónimos que los consideraban salvajes antropófagos sin alma. Oro para comprar marfil de la india, perfumes de Arabia, seda de Calabria; oro para construir descomunales catedrales, contratar a los más cotizados artistas de la época; oro para erigir las fortalezas en el Caribe de donde partían galeones cargados de oro.

Avanzado el siglo XVIII, los reinos de ultramar empezaron a ser transformados al orden colonial. La intención era modesta: extraer todas las riquezas posibles y evitar crisis mineras como las del siglo anterior, desatadas por el desabastecimiento agrícola, las pocas herramientas para optimizar la extracción de los minerales y la falta de mano de obra reducida por la persecución a los indios.

Los comerciantes tenían que viajar desde muy lejos y enfrentarse a un territorio infranqueable para surtir a los mineros, sus esclavos morían desahuciados. Las minas se agotaban. La solución fue abandonar y buscar otras minas, comprar más esclavos que reemplazaran a los que huían. Emplear a “libres” fue otra opción, eran barequeros insubordinados que trabajan por cuenta propia. Lentamente, las cuadrillas de esclavos fueron reemplazadas por trabajadores libres.

También empezaron a invertir parte de sus ganancias en los cultivos agrícolas, para lograr ese equilibrio de aprovisionamiento y extracción aurífera. A medida que la frontera minera fue ampliándose, además de determinar el territorio de lo que hoy es Antioquia, impulsó el poblamiento del valle de Aburrá. Allí, una vez diezmaron, desplazaron y casi desaparecieron a los indígenas, los empresarios mineros construyeron haciendas y hatos ganaderos. Con la producción de aquellas estancias abastecieron sus minas.

El valle fértil, hondo y explayado les pareció más acogedor que el hervidero de las ciudades mineras. A medida que cosechaban su inversión, la nueva villa concentró el poder hasta quitarle el título de capital a Santa Fe de Antioquia. Y las élites criollas, cada vez más metidas en ese engranaje, serían las cunas de quienes tendrían el poder político y económico de la provincia en los siglos venideros.

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La Corona, cuidadosa del orden y la santa mesura, intentaba contener a la multitud de gentes escandalosas de todos los colores alrededor de las plazas. Plazas diseñadas como cercos para adoctrinar a los arrecholados bajo campana. Pero esos seres indómitos, amantes de la desnudez, el juego y el baile, rehuían al orden de la jerarquía. Mulatos, indios, negros, zambos se aliaron para resistir a las ínfulas de dominio.

En la búsqueda de “placeres” auríferos encontraron su libertad. Los veranos, cuando el nivel de los ríos Cauca y Nechí bajaban, sus playas se llenaban de bullicio y algarabía. Eran días de apogeo que se convertían en una fiesta de abundancia y desmesura, hasta que volvían las lluvias. Entonces, los andariegos barequeros, se perdían en la espesura de los montes y en la profunda soledad de los cañones.

“Lo que hay como telón de fondo en realidad es un proyecto más agresivo: hay que hacer rentable las tierras de América. ¿Y eso cómo se logra? Haciendo que la gente pague tributo, pague el impuesto”, dijo César Lenis. Lo dijo en presente como si todo aquello sucediera ante sus ojos. Es doctor en Historia y lleva más de quince años investigando el tema de la minería en Antioquia.

Lenis es un tipo alto y macizo, la piel bronceada por una infancia bajo el sol de Segovia, pueblo minero al norte del departamento. De su infancia, tiene un recuerdo muy nítido: hombres y mujeres barriendo las calles de Segovia que luego llevaban lo barrido a los entables donde procesan el material para obtener el oro que luego vendían en una compraventa. Esa imagen lo ha perseguido, aguijoneándolo de preguntas que lleva ya tres tesis grado respondiendo.

“Las minas no les pertenecían a los mineros, estos tenían que denunciarlas para que la autoridad les diera los respectivos permisos. Ellos llevaban un registro contable de todo lo que sacaban cada día y luego debían ir a la casa de fundición, una entidad de Estado colonial, a convertir el mineral en barritas y luego en monedas. Por esto le pagaban al Estado el impuesto que le correspondía”, comentó dándole sorbito a un café oscuro muy caliente.

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Mientras la Corona emitía sus reglas fiscales, a los puertos llegaban barcos atestados de contrabando, que los comerciantes cambiaban por el oro en polvo, polvo hecho chispa a chispa, sin pagar impuestos.

“La nuestra es una cultura evasiva, desde siempre. A los comerciantes, los llamaban tratantes o rescatantes de minas, un concepto bellísimo porque un rescatante de minas es el que rescata el oro. ‘Y ese oro en polvo yo se lo cambio a usted, ¿qué necesita?, ¿maíz?, ¿tasajo?, ¿lienzo traído desde Quito?’. El oro se le fugaba al rey, no podía centralizarlo porque los comerciantes lo sacaban de esos lugares y a su vez intercambiaban productos con naciones enemigas de España, con franceses, ingleses y holandeses que traían lozas chinas, instrumentos musicales, bebidas fermentadas, aceite de oliva”.

***

Pasó un mes en que María no se metió a la quebrada. Fue un año nuevo pobrísimo. Acaba de cumplir 64, se acordó de su cumpleaños al final de una tarde de noviembre, cuando alguien a quien le pidió prestado para recargar la luz de su casa le recordó que ella no era ninguna pensionada.

La culpa de todo es del hongo extraño e invisible que le producía piquiña día y noche, dijo. Dos pliegues se formaron en su entrecejo. De seguro lo cogió en La Iguaná. “Quebrada inmunda. Quebrada malparida”, escupió cruzando las piernas enjutas, secas e irritadas.

—¿Sí supo que están indemnizando a los barequeros de mi pueblo? A mí no me dieron nada.
—¿Quién?
—Supongo que la Alcaldía. Que pa que ya dejen de barequear.
—Yo no he escuchado de eso, María. Lo que sí sé es que hasta finales de diciembre los barequeros tenían plazo de inscribir el Rucom y sacar el rut para poder comercializar el oro.
—¿Qué?, ¿ruqué?
—El Registro Único de Comercializadores (Rucom). Los barequereros tenían que inscribirse ante las alcaldías de los pueblos para poder vender el oro que extraen.
—Oigan pues, a mí nadie me ha pedido eso.

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Diciembre de 2017 fue la fecha límite para que los barequeros y chatarreros (procesadores del mineral sobrante de la minas de veta), reconocidos en el actual Código de Minas dentro de la minería de subsistencia, se inscribieran ante la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (Anla) y llenaran los requisitos exigidos para comercializar el oro con un tope de hasta máximo cuarenta gramos por mes.

Miles de barequeros y chatarreros fueron suplantados por comercializadoras que legalizaron el mineral del que no podían certificar su origen. Lo hicieron hasta que la Dian empezó a detectar evasores de impuestos que reportaban una millonaria producción anual de oro. Y resultaron ser barequeros, gente que pasa todo un día metida en un río buscando oro para subsistir podía reportar hasta mil millones de pesos en un año.

Solo en 2016, de las sesenta toneladas de oro exportadas, 45 fueron a nombre de barequeros y chatarreros. Y de esa cifra, el 87 por ciento fue de origen ilegal, lo que en dólares significó 1800 millones. En 2017, luego de las nuevas exigencias para evitar la suplantación —rucom, rut y el certificado de origen—, se reportaron poco más de dieciocho toneladas. De 120 mil y piquito barequeros registrados, solo 55 mil quedaron habilitados tras el filtro.

—María, ¿vos a quién creés que le pertenece el oro que sacás?
—Todo eso es de midiosito. Fumaba su cigarrillo con ansiedad, sentada en el bordito de la cama tendida de blanco. El semblante casi apagado si no fuera por su cabello corto, ondulado, tinturado de rojo cobrizo encendido. En este cuarto minúsculo y aséptico, que barre, trapea y sacude cada mañana, hizo su propia casa dentro de la casa en la que vive junto a su hijo menor, la nuera, los nietos, la novia de uno de los nietos, un gato y dos perros criollos.

La cama de madera está adosada a una esquina de la habitación; al lado está el escaparate, colgados a la pared cerca del techo, tres pares de zapatos de cuero gastado con tacón bajito; debajo del escaparate, unas cobijas revueltas en las que dormita una gallina colorada. Junto a la puerta que le separa del resto de la casa, una nevera donde guarda aguapanela, leche, mantequilla, unos tomates.

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Frente a la cama, la ventana abierta de par en par. Pasa la luz del día que ilumina y airea el cuarto, librándolo del olor a nicotina. Se ve un mango, la quebrada y más allá, un matorral alto que oculta la doble calzada de 4,1 km, una obra que pertenece a las Autopistas de la prosperidad. La promesa de salir al mar, de llegar más rápido, a los puertos cargados de… Y arriba la mirada, una hilera de edificios largos, estrechos y grises.

—¿Cuándo te tinturaste el pelo?
Se levantó de la cama y fue al escaparate, de un cajón sacó un tubo metálico de tintura.
—Qué color tan feo. Tan ordinario —comentó mirándolo con desprecio—. Dizque caoba chocolate. Es que ese pelo mío es pelo natural, ¿yo a usted le mostré la foto de cuando yo era joven? El pelo mío era colorado.

Tomó un álbum fotográfico de carátula azul pálido, acarició la cubierta. Alguna vez estuvo a punto de tirarlos a la basura, de no ser porque el marido la contuvo. “Mija, no bote sus recuerditos”. Le gustaba que ella le contara las historias de aquellos amores extranjeros y fallidos a los que ella les pedía fotos que iba archivando meticulosamente. Con sus dedos achatados, pasaba las fotos pegadas a las hojas ambarinas.

—Vea, este era un ingeniero de Canadá. Este era un brasilero, Briano, él conoció el pueblo mío. Y se enfermó por allá de comer. Este otro se entregó al vicio y al juego. Mató a un hombre. Ese es de Venezuela, Miguel Lara. Esta soy yo cuando vestía cortico. A este le pegaron un machetazo. Este es otra vez Briano, en las cascadas allá del pueblo, ese medía unochentayocho. Aquí yo cuando estaba en dieta del niño. A este muchacho lo mató una volqueta. Este era un cantante del Jardín Pilsen. Vea yo en el embarazo de Milena. Veáme acá con uno de esos de por allá de los lados de New York. A mí me llamaban la pelirroja. ¡Ay, pero ese hombre me regalaba dólares, ay! Y aquí cuando empezó la moda del vestido largo. A este lo mataron y lo dejaron pegado de la cama. Aquí estaba yo, bailando tango, cuando estaba en la caída me tomaron esta foto.

Domingo aletargado. En la casa de María estaban sus hijos y sus nietos, esperando a que ella resolviera el almuerzo. Escuchaban música electrónica y hurgaban la cocina estrecha de baldosines curtidos buscando algo para embolatar el hambre. María salió del cuarto y los fulminó con la mirada, regresó con una olla, un cuchillo pequeño y una bolsa llena de papas criollas. Puso la olla sobre su regazo y fue pelando papa por papa, con un corte limpio y sin tropiezo.

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—Yo le pedía a midiosito que me diera un hombre de verdad. Y bueno. ¡Ayyy! —volteó a mirar la foto de su esposo, los ojos entrecerrados, acoquinada—, Dios me lo bendiga donde esté a mi negrito, tenía una alma blanca y bondadosa. Todo el mundo me lo quería. Rómulo Perlaza. Yo le conté que de ahí en la quebrada uno sacaba oro y él se burlaba de mí. Y entonces nos fuimos con una bateita que habíamos hecho de llanta, y ya empezamos a sacar y ya cuando nos veíamos mal nos echábamos a la quebrada.

María conoció a su marido en la Heladería Palacé. Trabajaba de mesera, limpiaba casas y barequeaba en La Iguaná. Atendió la mesa donde él se sentó a tomarse una cerveza después del trabajo, era obrero de construcción. Un moreno de brazos fuertes, pelo corto, churrusco, rostro anguloso. A ella no le pareció bonito.

Cerró una bolsa llena con los restos de cáscaras de papa, hizo un nudo, se acercó a la ventana y la tiró al matorral.

—¿Usted está bien así como está? Espere y verá yo traigo para acá los gañotes y los arreglo —dijo yéndose.
Volvió con una tabla de madera, seis cabezas y seis patas de gallina. Cercenó las viscosas laringes y barbillas, desechándolas en una coca.
—María, ¿para qué sirve el oro?
—El oro sirve pa hacer alhajas muy bonitas, y pa uno comer de él, ahora tengo entendido que hacen armas de cacha de oro, los mafiosos —usaba la punta afilada del cuchillo para enfatizar lo que decía, como si pudiera clavar sus palabras en el aire.
—¿Qué alhajas de oro tenés vos?
—Ya no tengo nada de oro. Si un día casi me matan por una cadenita de plata. Me arrancaron un pedazo y la otra quedó enredada en el coso del brasiel.
—¿Qué harías si tuvieras mucho dinero?
—Disfrutarlo, darme la gran vida. Uno nunca debe ser ambicioso porque el oro se pierde. El oro a usted se le puede convertir en ceniza, en carbones, en hierro, en culebra.
—¿Y qué es para vos la gran vida?
—Comer bueno y pasear. Conocer toda Colombia. También me gustaría ir al Brasil a ver si veo al Briano. Yo lo apreciaba tanto. Sabe qué no me gustó, que me decía que él me llevaba para el Brasil, pero que apenas llegáramos allá nos casábamos. ¡Ah, uno qué se va a casar con un guevón que uno no quiereee!

Al cuarto de María entró la nieta, un muchachita de doce años, trigueña de cejas oscuras, pijama corta de ositos, los pómulos salientes como los de María.
—¿Mita, me va dar aguapanela?
—Saque de ahí —contestó de malagana, tirando a la quebrada los pedacitos viscosos—. Ah, es que yo consigo lo mío, ellos que pelechen como puedan, ah… —su ceño volvió arrugarse, prendió el tercer cigarrillo en una hora. Le agarró la toz seca y apenas logró recuperarse le dio una calada.

La gallina colorada salió de su nido haciendo un ruidito ahuecado, un pequeño huevo rosáceo rodó de las cobijas al suelo. María se lanzó a recogerlo, luego se agachó bajo la cama y sacó una coca en la que tenía más huevos guardados, un poco más de una docena. Volvió a esconderla.

***

María de los placeres auríferos

La incipiente república, recién independizada de la Corona, se posicionó como la segunda patria con mayor producción de oro después del Brasil durante el siglo XIX. El oro fue la gran locomotora, pero la nación estaba endeudada con las naciones enemigas de España, las cuales le dieron el empréstito para librar la independencia.

Fue el inicio de la minería de veta y de la llamada minería científica moderna. Molinos de pisones, técnicas de fundición, la amalgamación con mercurio, las dragas para ríos, los monitores hidráulicos o las máquinas de vapor fueron imprescindibles para la nueva minería. Además de transformar la producción generó el apego a la tierra.

Las familias de la élite antioqueña también financiaron gran parte de los caminos por donde llegaría la tecnología industrial, fundaron los primeros bancos, levantaron almacenes de comercio con productos importados, e hicieron en Medellín casas diseñadas por arquitectos europeos a orillas de una quebrada que todavía corría limpia y destapada, muy cerca de corazón de la Plaza Mayor, donde se congregaba el poder económico, religioso y político.

La plaza llevaría el nombre de Pedro Justo Berrío, quien en 1869, durante su segunda presidencia del estado soberano de Antioquia, informó que como el oro era casi “la base exclusiva de las transacciones del Estado y la única garantía del comercio con el extranjero, era necesario estudiar científicamente la composición y la naturaleza intrínseca de los metales y la manera de aquilatarlos”.

“La gran industria que comenzó a desarrollarse en las décadas del veinte y el treinta del siglo XX (Fabricato, Coltejer, Postobon) surge de esa mecanización que se dio por la minería. Para que se hubiese desarrollado, fue necesaria la acumulación de capital y la valorización de la técnica. No sé si la metáfora de la máquina pueda servir para entenderlo, todo debe funcionar de manera sincronizada. El oro mueve todo pero la gente no come oro ni se viste con oro. Y el valle de Aburrá, a pesar de que es un lugar de poblamiento espontáneo, adquiere tanta importancia que desplaza a la vieja capital de la provincia, ¿por qué? Porque aquí está la vida, está la comida, están las aguas, están los parques”, dijo Lenis.

***

María de los placeres auríferos

Esa mañana de sábado de junio, María no atrapó ninguna chispa con su batea. Durante más de dos horas insistió acuclillada entre las piedras, los pies descalzos cubiertos por las mucilaginosas aguas de La Iguaná. Lavó pacientemente varios tajos de capote expurgándolos con sus ojos castaños verde aceituna. Y fumó como loca para espantar los tábanos. De vez en cuando, alzó la vista para mirar a Juan, que le tomaba fotos al otro lado de la orilla. María lamentaba que justo ese día hubiera ido Juancito, como ella le dice. No vería ni una chispa.

Metió la batea a un costal blanco. Encorvada, mirando a Juancito en la otra orilla, cruzó la quebrada usando la barra como bastón, calculando a cada paso la profundidad del agua, que le llegó un poco más arriba de la rodilla. Al llegar al otro lado, descargó el costal junto a una piedra, se calzó los pies con sus chanclas plateadas sacando un cigarrillo. Le dio suaves caladas.

—Yo le he sacado oro a esa quebrada… Allá arriba está la mina —comentó señalando la montaña aguda que se alza por encima de las demás, allá donde nace la quebrada—, eso era de los indios.

Se echó al hombro, recto y duro como un ladrillo, las herramientas y el costal, su espalda se jorobó y sus piernas se abrieron como ganchos, caminó arrastrando sus pies. Sucia, mojada, arrugada por el frío. Juan la siguió con el lente de la cámara, adelantándose para tomar su figura mustia desapareciendo bajo el dintel de la casa.

Sobre la cama, tendida con una colcha azul, puso un jean estrecho levantacola, un brasier morado de copa tiesa y con almohadilla y unos calzones blancos de tiro alto. Detesta la ropa interior que no combina, contó sacando del escaparate un jabón perfumado, un tubo de crema de dientes y un tarro de crema para el cuerpo.
—Es que no vaya a creer —dijo antes de meterse al baño—, uno debe ser pobre pero aseado, ¿cierto? Ay pero mirá este —dijo quitándole a Juan la ropa interior que se le enredó en su pelo largo e hirsuto, del tendedero que tiene en el cuarto María para secar su ropa—. Dizque con mis calzones en la cabeza… ja, ja, ja. Qué agüevada se hubiera pegado Juan, lo hubiera vuelto barequero —dice seca de la risa—. Siéntese que ya vengo.

Juan obedeció, descansando el cuerpo grandote en el bordito de la cama de María, mirando alrededor con sus saltones ojos estáticos, embebido por tanto, desvaneciendo una sonrisita aturdida.

María regresó al cabo. El jean pegado a sus piernas flacas, la camisa blanca ceñida al talle, la correa de taches marcándole la cintura, las botas de cuero sumándole tres centímetros a sus 1.50.

De un neceser plástico sacó un par de aretes brillantes y largos de fantasía, “a lo mejor me traigan suerte”, comentó al ponérselos. En sus dedos nudosos ensortijó dos anillos. Uno de acero con figuritas religiosas y otro con un delfín de plata. En el marco de la ventana puso un pequeño espejo, con la punta de un lápiz extrajo un poco de lo que le quedaba a la barra de un labial rojo. Lo untó, prolija, en sus labios contraídos y cuarteados de pequeñas arrugas.
—Voy a pegarme una despistadita no más pa que no se me note mucho la guevonaa… Ay, es que a mí me tienen bronca las mujeres que bailan en el Parque Berrío, porque la gente dice que yo soy la que mejor bailo allá.
—¿Te gusta mucho la música del Parque Berrío?
—Ay no mija, eso no más por acordarme de mi pueblo.

***

María de los placeres auríferos

La partera tomó polvo de oro y lo echó sobre el pedazo de cordón umbilical recién cortado, “que el universo la libre de maleficios y de envidias”, dijo envolviéndola en una sábana y acostándola sobre el pecho de su madre. María nació el 13 de noviembre bajo el signo de escorpio, blanquísima, repolluda, con el cabello rojizo, los pómulos salientes, las nariz respingada.

Fue la menor de siete hermanos trigueños, ñatos y bajitos. Creció siendo una niña briosa y deslenguada, flacuchenta de huesos duros, haciendo lo que le mandaran hacer: arrancar el maíz, recoger la cereza del café, lavar la ropa de los otros y recorrer el monte con una batea a la espalda para buscar chispitas doradas en el río. Todo aquello era para ella un juego. No sabía para qué servían aquellas chispas. Lo supo a los ocho años, en uno de los viajes al Cauca.

Los adultos estaban metidos en el río y ella trepada a los árboles, observando la espiral de agua que dejaban las bateas y a los pescadores, que después de varios intentos abandonaron la atarraya en el suelo y se fueron para donde las mujeres que alimentaban con leños secos la fogata. María se deslizó por el tronco del árbol hasta alcanzar la red de pesca.

Se aferró la guindaleza, la lanzó al río y vio cómo la malla de nailon se desplegaba contra el viento húmedo. Cayó sentada, las piernas delgaduchas y finas abiertas atenazando la piedra para no ser arrastrada por la fuerza del Rey Mono, como le decían al Cauca. María empezó a gritar.

Los pescadores corrieron hacia el alto. La hicieron a un lado y cogieron la red. Era un pez tan grande que apenas podían sostenerlo. Sacaron un cuchillo y lo abrieron de los bronquios a la cola. Del estómago del animal salió un dedo humano con un anillo, delgado y liso, hecho del oro más brillante que jamás hubiera visto. Hubo algarabía, estupor y risas.

María no había visto nunca antes en lo que podía transformarse el polvillo amarillo que sacaban sus padres, sus abuelos, sus tíos, sus vecinos del río. Para ella aquella ceniza era sal, como le decían desde siempre los indios; y con esa sal, guardada celosamente en un talego de cuero, sus padres conseguían todo aquello que no podían sacarle al monte ni al Cauca.

La gente fabulaba sobre el origen del dedo mientras comía el sancocho de pescado. María los observaba escondida desde el matorral, ignorando el llamado del almuerzo.
—Adiós. Con eso tuve pa yo no volver a comer dorado en la vida —dijo sacando la lengua, haciendo una arcada—. Era anchototo, y esas escamas todas bonitas… Del mero cuerpo sacaron cuatro pedazos para el almuerzo. Y la gente decía: “Ay, esa muchacha nos trajo suerte”.

***

María de los placeres auríferos

Caminaba aireada, el rostro severo, observando los corrillos de músicos sentados en el borde de las jardineras que afinaban guitarras. Andaba en una ronda vigilante, en medio de viejos que se lamían los labios cuando ella pasaba y grupillos de turistas que observaban todo alrededor, boquiabiertos.

María aguzaba sus ojos ferinos oscurecidos con sombra gris y lápiz negro, advirtiendo que esa tarde de jueves habría baile, buen tiempo, nada de lluvia, noche serena. Aguzaba los oídos y escuchaba cuerdas, cuchicheos, tráfico, canto de pericos, silbido del metro, risas.

Apenas lo vio llegar, se le acercó como si hubiesen venido juntos.
—Oí, vos no me has regalado nada, ni el colombianito ese donde decís que trabajás —le dijo a Juan F. Ospina, que llegó con su cámara, esperando al bailarín que sacaría a bailar María.
—Esperá y verás, que hasta te voy a invitar a unos tragos —le respondió él.
—Yo ya no bebo.
—María, ¿vos sabes hace cuánto nos conocimos?
—Como hace quince años.
—No, tampoco, como hace ocho.
—Ah, cuando eso ya había aplanado el parque —dijo y soltó su risa desquiciada.
—María, se va a oscurecer. Yo compro unas cuatro canciones, pero deciles que empiecen pues —dijo Juan, con el atardecer muriéndosele encima.
María soltó su domesticada tos de perro, hizo una seña a los músicos y ellos se juntaron en la jardinera que bordea la efigie delgada de Pedro Justo Berrío.
—¿Y vos sabes quién es ese? —le preguntaron sobre la estatua.
—Ese es el marido de todas las mujeres del parque. Ja, ja, ja. Juan, vaya pelando la liga que esos no dan puntada sin dedal.

La primera vez que María vino al Parque Berrío fue recién llegada de Liborina. María no vio la plaza, vio los edificios que la rodean. Dijo que todo aquello parecía una radio cuando la destapan. La ciudad le aterraba, lloraba y pedía a gritos que la devolvieran donde su mamita. Luego de los edificios, María vio los músicos. Los acordes de las guitarras la devolvieron a su pueblo. Descubrió que su forma de quedarse era yéndose.

Los músicos tendieron en el suelo el estuche de la guitarra. El primer billete de cinco mil pesos cayó sobre la gamuza como hoja seca. La música sonó al unísono con su melodía pegajosa y achispada. En un segundo se formó un cerco de espectadores para mirar a las tres parejas de bailarines espontáneos en la pista de adoquín. Una de esas parejas era María con un señor de gorra negra, cara alargada, arrugas profundas. Él la miraba fijamente mientras ella observaba a ningún lado, circunspecta, como si todo su cuerpo pequeño, concentrado en esa postura estilizada, barbilla elevada al cielo, hombros rectos como dos plumas alineadas, contuviera su retiro. María no estaba acá, estaba en el Cauca.

De la nada salió un hombre con ojos desorbitados, dando saltitos sobre sí mismo, mirando a María y a su pareja, que bailaban altivos, sin mirar a la cámara, sin escuchar lo que dijo el tipo avivando su voz grave por encima de los músicos:
—¡Esa señora es la mejor bailarina de este parque! ¡La única bailadora! ¡Mírenla!
Y la miraron. Algunos conocen su nombre, María la bailarina, la pelicorolada, sagaz, ruda, abisal. Pero poquísimos saben que ella es María de los placeres auríferos, la niña de la buena suerte, la barequera, la caucana que busca chispa a chispa oro en las aguas turbias que arrastra La Iguaná.
—¡Y esta fiesta es gracias a María! —gritó Juan sin despegar sus ojos del visor de la cámara, movido por el regocijo del loco que seguía azuzando a los bailarines de aquella plazuela, donde hace un siglo se reunían los banqueros a determinar el precio del oro, donde nació la villa, hecha chispa a chispa, por cientos de miles de hombres y mujeres, negros, indios, zambos, mulatos.

Otro billete verde azul cayó al estuche de la guitarra.

María de los placeres auríferos

 

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