Estación Cisneros

Las viejas torres de la iglesia del Sagrado Corazón se confunden ahora con los nuevos edificios que se levantan en el Centro Administrativo de La Alpujarra, sede de los gobiernos municipal y departamental, y de las oficinas del poder judicial.


*Fragmento extraído del libro La historia de mi estación. Tramas y tramos del Metro Volumen II, publicado por la Empresa de Transporte Masivo del Valle de Aburrá (Metro) con el apoyo del Banco Industrial Colombiano (BIC). Artículo escrito por Juan José Hoyos en 1996.

El tren vuelve a Cisneros

La historia la cuenta don Guillermo Usquiano, un ferroviario jubilado de Barrio Triste. Todas las mañanas, a las seis en punto, una locomotora del Ferrocarril de Antioquia pitaba en los patios de la Estación Medellín, y empezaba a echar humo y a rodar lentamente por los rieles de la carrilera con su carga de vagones y de pasajeros. El destino final era Puerto Berrío, pero más de la mitad de la gente se quedaba en las estaciones del camino: Hatillo, Porce, Santiago, Malena... Don Guillermo, junto con sus compañeros, se bajaba en un lugar más cercano: los Talleres Centrales del Ferrocarril de Antioquia, en la estación de Bello. Por las tardes, después de las cuatro y media, los esperaba otra locomotora con tres vagones. La máquina salía de Barbosa recogiendo obreros y mecánicos de la empresa en cada estación. A todos ellos los dejaba al anochecer en la Plaza de Cisneros.

"Nosotros, los trabajadores del Ferrocarril, teníamos Metro desde que el tren llegó a Cisneros... y eso fue en el año catorce" dice con orgullo don Guillermo. "El tren pitaba por estas calles y los cadeneros sacaban la bandera roja, cerraban el tráfico con una cadena, y los carros tenían que parar".

Estación Cisneros

Avenida del Ferrocarril: por esta zona entraban y salían las locomotoras
del antiguo Ferrocarril de Antioquia que llegaban hasta la Estación Medellín.


Don Guillermo recuerda cómo era el barrio donde él creció, se casó y tuvo los hijos. "Era un lugar silvestre, lleno de árboles de mango y naranja agria y de arbustos de uva y de lulo. Aquí el lulo se cogía de la mata lleno de pelusa. Había nada más unas cuantas casas, el resto eran soledades... "

El Ferrocarril marcó la vida de don Guillermo desde antes de su nacimiento. Su padre, don Luis Usquiano, y varios tíos, fueron maquinistas. Por eso él cuando estuvo grande quería aprender a manejar una locomotora. Pero don Luis se opuso y él le obedeció como un buen hijo. Entró a los talleres de Bello, a la escuela de mecánica, como aprendiz. De allí salió graduado de tornero en el año cuarenta y seis. Después se dedicó a reparar piezas de locomotoras durante veintisiete años, hasta que se jubiló en 1988.

Antes de salir de la zona urbana, el Ferrocarril atravesaba las mangas de La Alpujarra y la avenida San Juan, junto al puente de La América, y se internaba por las calles de Barrio Triste buscando la Estación Villa. Uno o dos kilómetros más adelante, paraba en la Estación del Bosque. Después, cruzaba el río Medellín, junto al puente del Mico, y se perdía hacia el norte por los cañaduzales de Moravia y Acevedo. Luego se iba río abajo por entre las montañas, y las atravesaba en el túnel de La Quiebra. La última estación era en Puerto Berrío, a orillas del río Magdalena.

Don Guillermo recuerda esos días lejanos en la puerta de su casa, mirando la mole de concreto de la Estación Cisneros, en la nueva línea B del Metro. La estación se halla en el cruce de la A venida del Ferrocarril con la calle Maturín, a medio camino entre Guayaquil y Barrio Triste. La avenida fue construida sobre la misma faja de tierra donde antes estaban clavados los rieles de la antigua carrilera. Cuando los rieles fueron levantados para dar paso a la avenida, el viejo barrio de Guayaquil quedó partido en dos pedazos por la zona occidental. Años antes, ya había sido dividido por el flanco sur y por el costado oriental con la construcción de las avenidas San Juan y Bolívar. El último tajo se lo arrancó en forma definitiva la Avenida Oriental, en el sector de San Antonio. Así desapareció el último barrio de artesanos y de inquilinatos pobres del centro.

La casa de don Guillermo está muy cerca de la nueva Estación Cisneros. Milagros inexplicables provocados por las demoliciones: ahora queda en la calle Maturín, pero antes de las obras del Metro se hallaba en uno de los recodos de la Calle Estrecha.

Mientras habla, por la rampa de concreto que se levanta a menos de cien metros de su casa pasan los vagones de la nueva línea.

Estación Alpujarra

Un paisaje de esquina que se repite en los alrededores de la estación.


Hasta 1944, el lugar donde hoy está construida la estación era lleno de mangas y lagunas que se habían f armado en los playones del río Medellín. La gente recuerda los potreros verdes llenos de hierba y las ciénagas. El barrio se extendía hasta las mangas de La Alpujarra, que eran el escondite preferido de los ladrones de Guayaquil cuando se volaban, huyendo de la Policía, después de cometer sus fechorías.

"En esa época, la gente usaba las aguas del río para lavar ropa y bañarse" asegura don Guillermo. En sus manos tiene unas fotografías viejas donde un hermano que era luchador aparece en pantaloneta, junto a los muros del Circo España, exhibiendo sus brazos llenos de venas y de músculos. Allí se organizaban corridas de toros, peleas de boxeo, campeonatos de lucha libre y exhibiciones de cine. En su ruedo de arena lavada por el río también torearon los hermanos Dominguín cuando estaban jóvenes. El circo había sido trasladado en los años cuarenta desde su antigua sede, en la calle Perú.

Según don Guillermo, "de este lado de San Juan no estaban sino la Escuela Los Libertadores, una que otra fábrica, unas casitas y el edificio del Profiláctico. Más allá, junto a la calle Colombia, casi en la orilla del río, quedaba la plaza de ferias, donde traían el ganado. También había unos cuantos depósitos de madera y, por supuesto, estaba el cobertizo del tranvía municipal, que se acabó en el año cincuenta y dos. Ahí junto a la feria quedaba la estación del Cuerpo de Bomberos..."

"Esto era un solo barrio" recuerda don Francisco Zea mientras mira las calles atestadas de mecánicos y camiones, en una esquina de Barrio Triste. Es el mismo barrio donde él ha trabajado durante los últimos treinta y cinco años de su vida. "Esto hacía parte de Guayaquil. Iba desde la avenida Colombia hasta el río. Aquí donde estamos había un establo con un ordeñadero. De muchachos, nosotros veníamos a bañarnos al río Medellín. En esa época, el río todavía tenía las aguas más o menos limpias y era navegable. La gente lo pasaba en balsitas de madera y había pesca. Estos locales del frente eran unas fábricas de unos señores judíos."

Ahí quedaban también, a uno y otro lado de la calle San Juan, las antiguas plantas de las fábricas de gaseosas Lux y Postobón, la Cervecería Tamayo, la compañía textilera Indulana, el Bar Tamayo y la fábrica de galletas Dominó.

Estación Cisneros

Remendando carpas de camiones en compañía de Dios...


Don Francisco dice, señalando los locales que dan al río: "Eso allá era un playón. Aquí el río se crecía y se expandía por las orillas. Cuando pasaba la creciente, nosotros encontrábamos las sabaletas, las doradas, ahí bailando en el piso, porque se quedaban varadas en la arena..."

Después del año cuarenta, las cosas empezaron a cambiar. Según don Guillermo Usquiano, solamente a partir de 1945 comenzó en el barrio la construcción de las urbanizaciones. En el cincuenta, el Municipio pavimentó las primeras calles. "Aquí se formó también la primera glorieta que se conoció en Medellín. Ahí empezó Indulana. Después se la llevaron para el cerro El Volador y Everfit pasó a ocupar el mismo local".

Don Guillermo piensa que la gente tiene razón cuando asegura que el barrio se llamaba primero Los Libertadores. Sin embargo, desde hace muchos años todo el mundo lo conoce con el nombre de Barrio Triste. Ahora todos quieren cambiarle el nombre por el de Barrio Corazón de Jesús, tal vez en honor a la bella iglesia de torres como agujas que se abren paso hacia el cielo por encima de los cobertizos y los techos de los talleres. La iglesia era f amasa en los cincuenta porque en ella se casaban muchos ricos de Medellín. Los matrimonios eran los sábados por la noche y la gente del barrio hacía cola para verlos. El templo es un remanso de paz en medio del ruido de los carros que circulan por las avenidas. También es uno de los orgullos del barrio. Hace dos años, un vecino que se ganó una lotería decidió pagar por su cuenta los gastos de restauración de los vitrales, los techos, los muros y los altares, considerados todos obras de arte.

¿Por qué ese montón de casas, fábricas, talleres y depósitos de madera recibieron en los años cuarenta el nombre de Barrio Triste y hasta el poeta Tartarín Moreyra les dedicó una canción?

Todo el mundo está de acuerdo en que a pesar de que en el barrio ya existían algunas casas de familia y algunos pasajes convertidos en inquilinatos, era muy solo, muy feo y muy oscuro. Las mangas y los solares que empezaron a ser adecuados como talleres de mecánica desde fines de los años cincuenta, se tragaban en la noche la luz escasa que alcanzaban a dar unos cuantos bombillos empotrados en las fachadas de algunos locales. Decían los viejos que si a uno se le caía el sombrero al lado de un bombillo había que prender un foco para encontrarlo.

En los años sesenta, según don Guillermo Usquiano, quedaban ya muy pocas casas habitadas por familias. Con el Ferrocarril, Guayaquil y Barrio Triste se habían llenado de pensiones, cantinas, prostíbulos y casas de juego. Después, Barrio Triste se convirtió en un lugar de almacenes de repuestos automotores y de empresas de transporte de carga. También se construyeron varias estaciones de combustibles. Luego, a raíz del cierre de algunos talleres ordenado por funcionarios de Planeación Municipal, las calles y las aceras se vieron invadidas por muchos mecánicos que se quedaron sin trabajo. Desde entonces Barrio Triste pasó a ser conocido en el resto de la ciudad como el lugar de los mecánicos callejeros y los repuestos de segunda.

Estación Alpujarra

Esperando el metro...


"Esto ha dado tres evoluciones del año cincuenta y cuatro a esta parte" dice Don Leonel López, lotero del barrio desde hace más de cuarenta años. "Primero estaban las fábricas Proleche, Induleche, gaseosas Lux, Postobón y la pasteurizadora San Martín, que quedaba al otro lado. Cuando ellos se fueron arrancó el transporte de carga. Después vinieron los talleres. Cuando empezaron a retirarlos, se asentó el comercio de repuestos y ahora, por toda parte, son almacenes de esa clase. En estos momentos están tratando de sacar a los mecánicos... Pues vamos a ver quién llega y quién queda acá. Yo por lo menos no me voy..."

El apogeo de los almacenes, según don Guillermo Usquiano, empezó en el año setenta. "La gente llegaba, compraba una casa, le tumbaba una puerta y le ponía una reja metálica y ahí estaba el almacén".

La cara triste del barrio, a pesar de tantas invasiones, empezó a cambiar hace quince años cuando se formó el primer comité cívico. Aunque en un principio nadie se preocupó de formalizar su existencia como ente jurídico, los vecinos, los socios y los amigos recogieron fondos y unieron sus fuerzas para trabajar por el bien de todos.

El primer problema que enfrentaron fue el del alumbrado público. De acuerdo con los testimonios recogidos por la antropóloga Amparo Sánchez, de la Secretaría de Educación Municipal, con los primeros fondos se compraron a las Empresas Públicas de Medellín varios lotes de postes y de lámparas para alumbrar las calles. La entidad colaboró solamente con su instalación.

Luego, el comité se dedicó a ayudar a la escuela Los Libertadores, donde estudian la primaria centenares de niños pobres nacidos en los pasajes, los tugurios y las pensiones de Guayaquil y Barrio Triste.

Estación Cisneros

Un nido de "cigüeñales" en el corazón del centro.


"Primero les dábamos un desayuno. Luego, les ayudamos con los útiles escolares, con el mantenimiento de la escuela y con la dotación de la biblioteca. Después contratamos con una empresa lechera el suministro de un vaso de leche diaria para cada niño. Por último les construimos una cocina y un comedor escolares. Ahora los niños más pobres almuerzan ahí todos los días" dice Sonia Vásquez, directora ejecutiva de la Fundación Coraje, una entidad que agrupa a los comerciantes del barrio y que surgió como resultado del trabajo del comité cívico.

La fundación también se empeñó en mejorar las calles y los alcantarillados, taponados con aceites, repuestos viejos, estopas y escombros dejados en las vías por los mecánicos callejeros. La campaña se extendió a las aceras y a los locales. Con dineros aportados por los dueños de talleres y almacenes, se repararon los andenes que estaban dañados y se les dio mantenimiento a las redes del alcantarillado. Muchos comerciantes, por su parte, se comprometieron a reformar las fachadas de sus negocios. Coraje hizo un concurso para premiar las mejores.

La campaña cívica llegó hasta las puertas de la Estación de Policía de Los Libertadores, una de las más grandes de la ciudad. Allí se arreglaron los techos, se pintaron las paredes, se adecuaron las instalaciones sanitarias y se construyó un comedor porque los directivos del comité descubrieron que los agentes no tenían ni siquiera un lugar para comer, sentados.

La seguridad fue otra de las preocupaciones de Coraje. Según Sonia Vásquez, "el barrio estaba lleno de ladrones. Los líderes cívicos estudiaron varias medidas. Una de ellas fue uniformar a los mecánicos de la calle y ponerles un distintivo especial que permitiera diferenciar a los ladrones. Con la ayuda de la policía y el apoyo de todos, en pocos meses se logró hacer del sector un lugar más seguro".

"Aunque en toda la ciudad roban carros y carteras y asaltan gente, yo diría que hoy, a pesar de las apariencias, nuestro barrio es uno de los más seguros de Medellín" dice la directora ejecutiva de Coraje.

Las últimas luchas de los vecinos de Barrio Triste han sido contra el Acuerdo 038 del Concejo Municipal que determina nuevos usos del suelo para varias zonas deprimidas de la ciudad. Según ellos, con este estatuto, el gobierno ha condenado al hambre y al desempleo a muchos habitantes del barrio.

De acuerdo con un censo realizado por Cedetrabajo, hoy en ese sector de Medellín hay más de seis mil trabajadores que se ganan la vida en más de setecientos negocios de diversas clases, y en más de cuatrocientos almacenes de repuestos y ochenta y cuatro talleres industriales. De ellos depende el sustento de más de quince mil personas.

De todos ellos, don Guillermo Usquiano es el único vecino que a pesar de los problemas está decidido a no vender su antigua casa, por ningún motivo. Y se empeña en seguir en ella, con su familia y su perro, a pesar del ruido de los talleres, los tornos, los martillos, los autos y los camiones que los mecánicos reparan en las calles de los alrededores. Lo ha hecho sin interrupciones desde el año cincuenta y seis y ahora que ha completado cuarenta y siete de casado, no se piensa ir.

Todo lo contrario. Ahora sabe que a todos esos ruidos debe sumar uno nuevo que le trae a la mente una ilusión de la infancia: el ruido del tren, que ha vuelto a Cisneros.

Estación Cisneros

Último tramo de la línea B, entre Cisneros y San Antonio en el barrio Guayaquíl.



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