CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
El último poeta del Coltejer
Eliana Castro Gaviria

Coltejer

“Es inevitable que se vaya el Teatro Junín porque la esquina donde está situado es la más más valiosa y merece convertirse en una edificación suntuosa que caracterice el avance incontenible de la ciudad —comentaba algún locutor del radioperiódico Clarín el 3 de octubre de 1967—. Y como pronto desaparecerán todos los que recuerden la génesis de la sala serán felices las nuevas generaciones asistiendo a un sitio grato y que esté a tono con sus exigencias”.

Debajo de la colosal estructura, sentado en sus escalas, al frente de la avenida La Playa, Carlos Ossa le escribe una carta al gobernador de Antioquia: “Está bien que el hombre se interese en los poetas —dice—, pero no que se esté premiando cierto tipo de literatura en retroceso; parece más interesado en premiar letras escandalosas que en fortalecer el espectro estético de la poesía”.

A su alrededor, una docena de personas chatea en sus celulares, lee el periódico, hojea exámenes médicos. Hombres de camisa y corbata, mujeres de tacones cruzan una y otra vez las escalas. Por Junín, un niño llora a todo pulmón, pero en las escalas apenas se escucha un murmullo. Un moreno de pelo ensortijado grita “Tigoguasapinternetgratis”, mientras otro muchacho de jean habla por teléfono: “Mami, estoy en el Coltejer”.

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—Este año le he mandado cartas hasta al diablo, oíste —retoma el poeta.

Alguna vez, la pintura más común en esta manzana debió ser la de un hombre escribiendo decenas de cartas desde alguna de las habitaciones de un hotel o en las mesas de un bar. A comienzos del siglo pasado, Medellín ya era una ciudad con tranvía, de cien mil habitantes, habitada en su Centro por la élite, obsesionada con la idea del progreso, con una clase dirigente asistiendo a “un momento muy intenso de afirmación cultural”. Y esta esquina —Junín con La Playa— era la más importante de la ciudad, por eso no extraña a nadie que Gonzalo Mejía Trujillo —ese muchacho “rico de cuna”, al que en los años treinta le cantaban “Don Gonzalo / no lo atajen pa onde va / Ya va llegá / ya va llegá / ya va llegá la carretera / ya llega al má!”— decidiera construir un gran teatro y un gran hotel en aquel cruce —paso obligado de la élite a la que él pertenecía—, convencido como estaba de que el turismo y el cine eran el futuro.

“El Teatro Junín y el Hotel Europa fueron un fragmento de ese sueño burgués que tenían las élites desde el siglo XIX, su máximo esplendor —explica Luis Fernando González, arquitecto constructor y profesor de la Universidad Nacional—: desde el tipo de cine que se veía, la música, los rituales de la mesa en el hotel, hasta la moda”.

Mejía le encargó el edificio —que después, cómo no, llevaría su nombre— a un belga recién llegado a la ciudad. Agustín Goovaerts fue la mano que dibujó los paisajes urbanos de los años veinte en Medellín: palacios de gobierno, casas, cárceles, escuelas, hoteles y teatros. ¿Qué podría hacer Goovaerts en una villa sin palacios ni monumentos? Diseñar sobre sus referencias europeas, con las dificultades técnicas y económicas del tercer mundo; una arquitectura conservadora, tradicionalista, pero europea. “Todos los habitantes parecían orgullosos de esas fachadas que un arquitecto extranjero sobrepusiera sobre las tapias con aleros”, escribe Mercedes Vélez en su libro Agustín Goovaerts y la arquitectura en Medellín.

Quizás porque el proyecto de Mejía no era un proyecto gubernamental ni dependía de comité alguno —causa de sus méritos y motivo de su desaparición—, Goovaerts gozó de todas las libertades para desarrollar la más moderna de sus obras. Al estilo art nouveau, el edificio Gonzalo Mejía fue el más transparente y liviano de la época, con libertad en la secuencia de sus espacios y cierta sencillez en las variaciones de arcos de la fachada. El primer edificio moderno en Medellín y uno de los más bellos en Latinoamérica, su expresión modificó la arquitectura popular de la villa: “Aparecieron las cornisas y los aleros comenzaron a desaparecer […] Se abrieron vanos más generosos en las ventanas que empezaron a acristalarse para mejor iluminación de los espacios interiores”, explica Vélez.

La casona estuvo ocupada, casi en su totalidad, por el Teatro Junín con sus cien lunetas, 37 palcos, ochocientos puestos de referencia, dos mil entradas de galería y una platea de “dimensiones espectaculares”. Anexo al teatro se levantaba el Hotel Europa con treinta piezas, catorce de ellas dobles, todas con cuarto de baño, ropero y varias con un salón particular, donde uno imagina a las señoras tomando el té y escribiendo cartas.

—Siendo jovencito, yo venía al teatro porque compraba revistas y libros por estos lados —recuerda el poeta—. Era una edificación estéticamente bien lograda, pero ya se me pierde en la trastienda la memoria.

***

José Julián Agudelo tenía unos dieciséis años cuando encontró un recorte de prensa que le llamó la atención en el archivo histórico de la Biblioteca Piloto. “Yo crecí viendo el edificio Coltejer, todos los días, como un ancla, pero mi inquietud era otra: qué había antes ahí”. Treintañero —pelo largo, barba y cejas pobladas—, Maestro en Artes de la Universidad de Antioquia, a finales de los noventa era un adolescente que, revisando libros y periódicos, llegó a una imagen: “No era ni la de un palacio gubernamental o cultural, ¿qué era?”.

Revisa su bolso y saca un volante del cual brota una reproducción del Gonzalo Mejía:
—Goovaerts nos trajo lo que él había identificado como lo más valioso de Europa y eso era Gaudí —en el papel se puede leer una de las máximas de Gonzalo Mejía: “Gastar agradablemente el dinero es el mejor estímulo para el trabajo”—.
Gaudí era absolutamente estricto en diseñar desde la baldosa, el picaporte, la puerta, la silla hasta la estructura de doscientos metros de altura… y eso Goovaerts lo leyó muy bien.

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En el Junín, Sarita Montiel, la diva del cine español, decepcionó a los antioqueños con un “pobre espectáculo”. Por sus tablas pasaron las compañías de ópera españolas, italianas, brasileñas; la orquesta sinfónica de Nueva York y los cosacos de Ucrania; los ballets folclóricos norteamericano, chileno, ruso, mexicano; Roger Wagner, Libertad Lamarque, Agustín Lara; en su cinematógrafo se vieron por vez primera las películas hollywoodenses y el mismísimo Bajo el cielo antioqueño. Los muros del teatro albergaron concentraciones femeninas del liberalismo, conferencias de poetas y reuniones de decenas de presidentes colombianos.

—Y el teatro no duró ni cuarenta años —dice Agudelo mientras vigila a Apolo, su perro—. El edificio estaba en ruinas, pero eso tiene otro problema: ¿por qué una ciudad no lucha por conservar su teatro más importante? La demolición del Hotel Europa fue una cosa tristísima: los obreros apostaban a ver quién rompía más vitrales; unos vitrales, suntuosos, traídos desde Europa.

En abril de este año, Agudelo ganó una beca de creación en arte público para reproducir una sección del Teatro Junín, en escala real y concreto reforzado, sobre la esquina Junín con La Playa. Ya en 2016 el artista realizó una intervención urbana en una de las estaciones del tranvía de Ayacucho donde construyó cinco elementos arquitectónicos de edificios que fueron demolidos durante el siglo XX. Lo que se propone Agudelo es “activar la memoria”: incrustar en las calles de la ciudad, fragmentos (de aproximadamente un metro de alto por dos de diámetro) en los que la gente pueda reconocer puertas, columnas, techumbres, arcos, ventanas y ornamentos de esos edificios, patrimoniales, que no están.

—Yo no estoy haciendo elogios a la nostalgia, mi idea es hacer un cuestionamiento a qué se va y qué se queda en esta ciudad; una ciudad donde hace tiempo no hay espacio para construir, y por nuestro espíritu, de la industria y la plata, lo primero que se va es lo más antiguo, el patrimonio, sin entender que todo lo antiguo sea patrimonial.

Un jueves de abril de 1964 los medellinenses leyeron la noticia en El Correo:
“—Doctor, ¿es cierto que el viejo Teatro Junín va a ser vendido en remate?
—El lote donde está el Teatro Junín, el Hotel Europa y otros establecimientos comerciales pertenece a la denominada Comunidad del Junín —explicaba Alberto Isaza, abogado—. Algunos de los comuneros no quisieron continuar en la indivisión y solicitaron a esta oficina procediera liquidar oficialmente. Como esta comunidad no es susceptible de dividirla materialmente, pedimos al señor juez 19 civil del circuito la división por venta”.

Según la nota de prensa, los peritos Paulino Londoño y Bernardo Penagos avaluaron la propiedad en 8 281 298 pesos.

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En las escalas, sucias, un hombre de canas y gafas, con un periódico en la mano, le dice a Carlos: “Excúseme, ¿cómo está mi francés?”; lo dice en franchute. Los viejos hablan de poesía y, al otro lado, por Junín, los bancos empiezan a llenarse de las inmensas filas de la tarde. El poeta nació en Remedios, pero se “hizo y deshizo” en Puerto Berrío. Todos los días llega a las nueve o diez de la mañana a las escalas, después de escribir durante dos horas religiosas en una cafetería del Unión. Carga un bolso con algunas de sus veintidós publicaciones, que vende a doce y a quince mil pesos, también ofrece una revista literaria en la que colabora.

—¿Qué negocio están haciendo ustedes? —pregunta algún curioso que se arrima al grupo de hombres.
—¿Nosotros? ¿Negocios? Ese es el término menos utilizado aquí.

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—Se vendía el lote, la esquina —comenta Luis Fernando González—: el teatro era una cosa vieja que había que tumbar. Les importaba muy poquito la estética, la memoria, incluso algunos elementos arquitectónicos todavía existen en fincas del Suroeste. Esa es otra característica del antioqueño: le encanta demoler para después comprar nostalgias.

A mediados de los cincuenta “moscas de todos los colores” llegaron a Medellín. El sueño burgués de un solo tipo de gente, de cine y de música empezó a extinguirse. Aparecieron los ídolos musicales, la radio, el fútbol y surgieron los otros. La violencia bipartidista y los años dorados de la industria textil fueron las dos caras de una moneda llamada explosión demográfica y la élite medellinense abandonó el centro de la ciudad. El Junín se convirtió en un teatro popular, con pulgas y trifulcas en reinados de belleza al que ni los hermanos Doménico pudieron salvar; el Hotel Europa había desaparecido de las noticias de prensa, casi con la misma construcción del Nutibara.

Explica González que a los medellinenses no les dolió la desaparición del edificio; a lo mejor a algunos músicos, arquitectos, poetas, locutores, gente que todavía hoy es minoría. La nostalgia vino después con las generaciones posteriores, las redes sociales, la idealización.

—Yo digo que ya deberían estar demoliendo el Coltejer —la afirmación del arquitecto parece temeraria, pero tiene su explicación—: la casa de Los Jaramillo, que estuvo antes en esa esquina, había sido levantada en 1880 y fue demolida antes de 1920; y el Gonzalo Mejía, ese edificio imponente, fue construido en el 24 y demolido en el 68. Medellín antes tiene algo de memoria, antes no se ha autodestruido.

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En estas escalas, Ossa le escribió más de quinientas cartas a una mujer, entre 1999 y 2004. Se llamaba Ana María y estaba casada. Apenas la vio cruzar, sintió “el timbronazo”. La siguió con la mirada y supo que trabajaba en Davivienda. Desde ese día, empezó a abordarla con cartas y hasta flores.

—Imaginate el ritual —suelta la carcajada—: mientras la gente le llevaba plata, yo la esperaba con flores. También escribió la carta con la que luchó por “la sentada” en las escalas mismas, en una época en que la administración del edificio no permitía que la gente permaneciera ahí.

—La vida en estas escalas no tiene nada de extraordinario —dice—. Casi que desde que yo llegué, hasta los vendedores son los mismos, con la salvedad de que por estas calles siempre pasa gente distinta, gente que no vuelve a pasar.

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Si a comienzos de los sesenta del siglo pasado la carrera en el mundo era por el espacio, en Colombia la batalla estaba puesta en explorar el cielo. Era el momento de los rascacielos. En Medellín, la ya capital industrial del país, Fabricato había dado el primer golpe asestando su enorme sede en el Centro.

Los empresarios antioqueños, de la mano de las entidades gubernamentales y arquitectos recién graduados con énfasis en lo urbano, promovieron la modernización del paisaje basados en la tendencia mundial de las industrias por la construcción de sedes y las primeras intenciones de densificar el Centro. Desde los años cuarenta los periódicos registraban el crecimiento y la expansión de Coltejer —la empresa de textiles que había aparecido en 1907, con mil pesos de oro inglés de capital como capital, doce trabajadores y cuatro telares y en el segundo semestre de 1969 registraba utilidades por 84 millones de pesos—. Con esa expansión urgía una sede a la “altura de su prestigio” para albergar las oficinas administrativas de la empresa y las compañías asociadas.

El valor de la negociación no trascendió a los medios, aunque los periódicos especularon que la empresa pagó diez millones de pesos por aquella manzana en venta sobre Junín con La Playa. Ya muertos, Gonzalo Mejía y Alejandro Echavarría —fundador de Coltejer—, ambos socios de una desaparecida compañía de navegación, firmaron un último trato. En declaraciones a la prensa, los directivos anunciaron “Un edificio para Medellín que le sirva a Coltejer” y los medios titularon “la pica del progreso”.

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La empresa sacó a concurso el diseño del proyecto y, curiosamente, escribió Mercedes Vélez en el periódico La Hoja, en este participaron los mejores arquitectos de la época, cuando “la actitud claramente ética y crítica hubiera sido protestar por la decisión de tumbar la mejor muestra art nouveau en el país”. Al parecer, los arquitectos no lamentaron el viejo teatro y se lanzaron con propuestas que fantaseaban con los remates de la cúpula de las catedrales góticas, el Empire State o la Torre Eiffel y dibujaban estructuras cuyos nervios se ensancharan como los troncos de las ceibas.

Por una cabeza —o por una aguja— el proyecto ganador fue el de una firma bogotana y dos antioqueñas, encabezadas por los arquitectos Germán Samper, Jorge Manjarréz, Aníbal Saldarriaga, Raúl Fajardo Vélez —cuya oficina había diseñado en el 61 la primera torre de vivienda en altura, Playa Horizontal, denominada así por la modalidad en el proceso de escrituración— y el ingeniero estructural Jaime Muñoz. Con una estructura simétrica, sobria, en un formato de arquitectura menor —“con la simplicidad se alcanza la dignidad que es característica de las formas perennes”, escribían los reporteros—, el edificio constaría de una plataforma de tres metros de altura destinada al comercio, una torre de oficinas y un pasaje comercial con salida a la calle Sucre.

Lo más particular de su diseño estaría en su remate: una estructura inclinada y puntiaguda, la primera en pensar en la silueta de la ciudad, y que, por intención o casualidad, los antioqueños confundirían con una lanzadera telar: “Más importante que un letrero que diga Coltejer en la parte alta […] es una silueta esbelta, airosa, que corta limpiamente el espacio con el fondo de las montañas. Este remate nítido, limpio, puede convertirse también por la altura predominante en un símbolo de la ciudad que a la postre viene a ser su más efectiva propaganda”, escribió un redactor del periódico El Correo.

En enero de 1968 empezó la construcción del “gigante”, que tardaría cuatro años más debido a la singularidad que hacía que su estructura se estrechara hasta llegar a la cima. A mediados del 68, dos mil trabajadores pararon sus actividades exigiendo siete pesos de aumento; la empresa ofrecía 72 centavos. Durante estos años, los periódicos mantuvieron al tanto de las novedades a sus lectores: cada piso se alzaba en diez días, la sala de asambleas de la empresa tendría una capacidad para quinientas personas y las salas de cine para setecientas, la primera bienal de arte se llevaba a cabo ahí en 1970, el Banco Industrial Colombiano compraba la primera planta por ocho millones de pesos y Postobón aseguraba dos pisos por un valor cercano a los quince.

El Centro Coltejer —nombre original— fue inaugurado a finales de 1972: 160 metros de altura, 36 pisos, 42 mil metros de área construida, 18 mil metros cúbicos de concreto, inmensos ventanales al norte y al sur, excepto en el piso 34 donde las ventanas dan al occidente y al oriente, 760 escalas, tres sótanos, cuarenta pararrayos, un hall, una torre y nueve ascensores. Más de mil obreros participaron en su construcción, sus escaleras eléctricas fueron las segundas de la ciudad y su sistema de aire acondicionado fue el primero en utilizar ya no agua sino aire.

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Carlos Yepes está sentado en uno de los salones principales del piso 19 del Coltejer; faltan cuarenta minutos para que termine su turno. Hace 35 años, después de estudiar un curso de soldadura y soplete en el Sena, entró a trabajar con su padre quien llevaba un par de años como electricista en el edificio. Todero en su casa como en el trabajo, arregla lámparas, tomas, tuberías, corta vidrios; cada año debe renovar un curso en alturas. Carlos dice aguja para referirse al ojo del edificio, los ventanales del piso 34; cuchilla para explicar la parte en forma de batea; y le llama terraza a los pisos 3 y 4. Con las recientes reformas de los pisos superiores —luminarias nuevas, cancelería—, ya no sube tanto como hace años a las oficinas superiores. Dice que Carlos Ardila Lülle es un tipo formal. Tiene un hijo ingeniero arquitectónico, al que alcanzó a encaramar en la torre siendo niño. En los ochenta, recuerda, todas las semanas se recibían llamadas donde les anunciaban bombas en los pisos; nunca pasó nada. El 6 de mayo de 1999, acompañó a Javier Zapata, bicicrosista, a subir los 760 escalones del edificio para alcanzar un récord Guinness. A buen ritmo, dice, subir los escalones tarda unos ocho o nueve minutos. Tiene un compañero, Fernando Marín, que todos los días lo hace dos o tres veces.

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En la oficina continua, Diana Cano, comunicadora hace ocho años, responde:
—Todavía nos preguntan que por qué tumbaron el teatro, pero nosotros no tenemos nada que ver en esa historia. Cuando yo llegué, Coltejer ya no estaba desde hacía trece años. Yo me siento muy feliz de sentir el amor que tiene la gente por el edificio, por esa identificación —la torre está dibujada en los cuellos de las camisas, en los relojes, en los pocillos, en cada esquina de cada oficina—. Los turistas piden subir con mucha frecuencia, pero ya no es tan fácil porque hay que transitar por zonas privadas —en 2010 se hablaba de un promedio de dos mil visitantes diarios—. Ahora necesitamos que nos presenten una carta bien elaborada y que los motivos de la visita sean pedagógicos.

Adentro, no hay más ruido que las teclas de los computadores y las frases amables de una mujer mayor que pasa por las oficinas ofreciendo tintos; es como si el mundo afuera, con sus carros, avenidas y carreras, no existiera.

***

Afuera son las cinco de la tarde y el poeta, como un oficinista más, ya no está; se fue con sus libros, sus poemas y sus cartas.

Apenas cuatro años después de su inauguración, el Coltejer dejó de ser el edificio más alto del país, siendo reemplazado por el Centro Comercial Internacional en Bogotá; luego vendría Colpatria. Pero la torre supo sostenerse mejor que la empresa que la había engendrado: “El canto del cisne”, explica González. A mediados de los setenta, la industria textil colombiana pasó rápidamente de ser una de las estructuras tecnológicas más avanzadas del mundo a una de las más obsoletas y los mercados extranjeros se recuperaron de los batacazos económicos y volvieron a expandirse. En 1978, la textilera fue adquirida por un millonario bumangués, Ardila Lülle; el primer golpe al ego antioqueño. En 1983, aparecía en los listados de las empresas latinoamericanas que más registraban pérdidas. El 20 de febrero de 2001, la compañía se acogió a la Ley de Quiebra. A finales de 2008, cuando la empresa no resistió más y fue vendida a unos inversionistas mexicanos, un ejecutivo de la Organización Ardila apareció en los medios diciendo que “Coltejer regalada era cara”.

“Cuando hago recorridos patrimoniales con mis estudiantes —concluye Agudelo, el artista—, ellos entienden que la noción patrimonial es un derecho que tiene la cultura a evaluar lo que existe. Esta ciudad, el país, no toleraría la desaparición del Coltejer; eso significa que tiene carácter patrimonial; es algo que le pertenece a usted”.

Por la carrera Junín, los viejos vendedores de flores recuerdan que antes se vendía más, que las calles eran más bonitas, los árboles más frondosos, los edificios más elegantes. El mundo ha cambiado tanto que ahora los poetas se llaman Maluma.

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