CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
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Edificio Gutenberg

Gutenberg

Desde niño había subido infinitas veces por la calle Calibío, corriendo casi, por ese callejón que se formaba entre el antiguo Palacio de la Gobernación y una serie de edificaciones bajas de ladrillo. Subía por allí todas las mañanas desde Cundinamarca, después de bajarme de un bus atestado que venía del norte, corría Calibío arriba hasta la Plazuela Nutibara para tomar otro bus atestado, el doble, que me llevara hasta el extremo sur; y ya iba tarde como siempre y el timbre del Inem ya estaba por sonar llamando a la primera clase.

Calibío es de las pocas callejuelas peatonales que existen en el centro de esta ciudad y siempre estaba intransitable. Obreros a las fábricas. Oficinistas a la oficina. Ascensoristas al ascensor. Vendedoras al almacén. Barberos a la barbería. Maestros a la escuela. Estudiantes al tablero. Putas a la casa, porque la noche acababa de acabarse. Un mar de gente y yo tenía que esquivar cada cuerpo que caminaba con mucha prisa. Siempre me daba la impresión de que iba a morir aplastado. Eran los ochenta y nunca miré al cielo mientras caminaba por ese callejón. Barberías en el costado sur, y algún café, es lo único que recuerdo. El viejo hotel de la esquina no existía para mí. Veinte años después, una madrugada de esas calurosas, tomado de la mano de una mujer bellísima, estaba tocando un viejo y ruidoso timbre para que nos abrieran sus puertas.

Bajamos del taxi justo en la esquina de Carabobo con Calibío. No se veía un alma. Lu me tomó de la mano y nos adentramos unos metros en el callejón. Vamos al Gutenberg, me había dicho cuando decidimos pasar lo poco que quedaba de la noche juntos y lejos del resto de nuestros amigos con los que nos emborrachábamos en el puesto de licores de la gasolinera de Colombia. Yo no tenía la más mínima idea de cuál lugar hablaba la chica, pero subimos al primer taxi que pasó y en menos de ocho minutos estábamos en el centro de Medellín. Un viejo y austero edificio de ladrillo, de aquellos que los arquitectos llaman Art Deco, se levantaba ante mis ojos.

Subimos la escalera hasta llegar a una puerta vidriera gigantesca con marcos de madera pintados de un amarillo pálido. Seguí a Lu, que empujó el portón.

Delante del habitáculo que hacía de recepción, había un hombre de aspecto campesino, de unos treinta y cinco años, bigote negro, el faldón de su camisa verde claro metido dentro de la pretina del pantalón. Se le formaba una enorme bombacha en la espalda. Las mangas de la camisa remangadas dejaban ver sus antebrazos tostados por el sol. Una pequeña tula sintética era todo su equipaje, además de una gorra de béisbol desteñida y del poncho que colgaba de su hombro izquierdo. La habitación vale quince mil, señor, descargó la recepcionista adormilada. El hombre sacó los billetes y la mujer le dio una llave atada a un trozo de madera. Lu y yo esperábamos detrás. Cuando el hombre desapareció al doblar un pasillo, la mujer nos miró. Sólo me queda una pieza múltiple. Se las puedo abrir, pero con un recarguito de cinco mil. Acento paisa remachado. Soltamos una carcajada suave y le dimos los billetes. Ella misma nos acompañó hasta la enorme puerta de dos batientes…Cuantos años tiene este hotel, le pregunté a la mujer. Hmmm, no séééé, muchos, respondió con sueño, pero sin bostezar.

La enorme puerta doble tembló cuando la mujer abrió. Una vez adentro, soltamos una carcajada al ver el enorme salón en el que había varias camas impecablemente tendidas, a la usanza de los pueblos. No recuerdo cuantas camas, pero reí aun más cuando Lu me dijo divertida: escoge una. Sí que tenemos variedad, ¿no?. Y soltó una de sus risotadas tiernas mientras entornaba los ojos.

Edificio Gutenberg

Me gustan los viejos hoteles

Abrimos una de las ventanas, porque esas ventanas invitaban a ser abiertas de par en par, y la calle Carabobo apareció solitaria, silenciosa, como extrañando el ruido de las tardes. Implorando el bramido de los buses y los pitos y todo el humo negro que sube al cielo cada día. Nos paramos a fumar nuestros cigarrillos. No quedaba una gota de ron en la botella. El aire estaba muy quieto, el silencio de la calle asustaba, pero no aterraba más que el silencio que aparecía en nuestros rostros cada vez que dábamos una fumada a los Marlboros.

Allí parado imaginé historias de pasillos. Venían a mi mente almas cansadas buscando el sueño y sudores de parejas mordiéndose los labios bajo sábanas ásperas y con aroma a Descurtol Indio. ¿Acaso aquel hombre que nos encontramos en la recepción venía huyendo de su pueblo?

Los años han pasado

El hotel Gutenberg no era un hotel glamouroso. No servía banquetes ni había room service con pancakes y miel. No. No iban allí gringos blanquiñosos ni europeos mal olientes a drogarse… El hotel Gutenberg no existe. El hotel Gutenberg no ha existido nunca. Se llamaba hotel Universo, pero la gente de estos lados del planeta siempre se refería a él como el Gutenberg. Dicen las historias que en sus salones funcionaban los talleres de la tipografía Bedout, pero ya en los ochenta alojaba a viajeros pueblerinos agotados, que venían a la ciudad a cerrar algún negocio y a parejas de universitarios que buscaban un polvo tranquilo en una habitación barata y limpia. Me gustaba el Gutenberg. Ahora ni se atrevan a mirar lo que hay allí.

ED
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G
U
T
E
N
B
E
R
G

Leí en letras de molde vaciadas en cemento en lo alto de la ochava, cuando alcé los ojos y la luz del sol me castigó con furia. A esa hora de la mañana sabatina, Calibío ya era el hervidero que recordaba de aquellos días del colegio.

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