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Ayacucho de puertas para afuera
Luis Fernando González

Ayacucho de puertas para afuera

Por la calle Ayacucho, sobre ruedas neumáticas, avanza silencioso el tranvía eléctrico, la más reciente intervención en la histórica vía. El bullicio y suplicio contaminante de los buses, que predominó por más de setenta años, se ha ido a otras calles aledañas y ha dado lugar a un espacio urbano donde el tranvía convive con el peatón. Pero las obras del nuevo tranvía –ejecutadas entre finales de 2013 y finales de 2015– no solo transformaron radicalmente la vía y el sistema de movilidad, sino también la misma arquitectura, al punto de configurar una nueva fachada urbana que solo ha dejado en pie algunos ejemplos históricos sobresalientes, luego de la demolición de un buen número de casonas y viviendas que sobrevivieron a los avatares del tiempo y a los cambios del siglo XX pero sucumbieron a la última “avanzada del progreso”.

Bautizada en homenaje a la batalla independentista del 9 de diciembre de 1824, que dio fin al Virreinato de Perú y se considera una de las últimas grandes batallas terrestres hispanoamericanas, la calle Ayacucho no se extendió más allá de la antigua Plazuela de San Francisco –hoy de San Ignacio– hasta la década de 1870 porque la quebrada La Palencia impediá su extensión hacia el oriente de la villa. La construcción de un puente en bóveda entre 1873 y 1875 por los alumnos de la Escuela de Artes y Oficios, bajo la dirección del maestro Enrique Haeusler, sirvió para extender la calle y transformarla en un gran eje urbano, pues se convirtió en la vía de ingreso y salida de la ciudad a través del denominado Camellón o de Oriente, luego renombrado como Camino Departamental de Medellín a Rionegro.

Precisamente en el extremo oriental de la calle Ayacucho se ubicó la famosa Puerta Inglesa, la cual servía como límite urbano y daba la bienvenida a la ciudad. Entre la plazuela y la Puerta se adelantó, en el último cuarto del siglo XIX, uno de los primeros desarrollos urbanos de la ciudad, que dariá forma a los barrios Buenos Aires y, posteriormente, Gutiérrez, Miraflores y el Barrio Oriental del Salvador.

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Sus terrenos estaban ubicados en áreas donde la élite local había construido sus casas de campo, como el caso de Coriolano Amador y su finca Miraflores, o el de Ricardo Botero, quien construyó su palacete en 1897 a partir de un proyecto del francés Francisco Navech. Todo este desarrollo urbanístico se agrupó alrededor del templo de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, solicitado desde 1896 por los vecinos de Buenos Aires, Quebrada Arriba y El Cuchillón, pero que solo empezó a construirse en 1902, con diseño del mismo Navech, y se terminó hacia 1931 después de múltiples esfuerzos.

Todo este sector fue impactado por la inauguración de la plaza de mercado del Barrio Oriental del Salvador en 1891, la cual se conoceriá luego como Mercado de Flórez. En las inmediaciones se construyeron edificios como el Comercial, diseñado por el arquitecto francés Charles Carré, y fábricas como la Cervecería Tamayo –sobre la carrera Giraldo– y Coltejer –construida por el arquitecto Enrique Olarte entre 1907 y 1909–.

Otro hecho que tuvo repercusiones en buena parte de la ciudad de finales del siglo XIX fue la construcción del “depósito de decantación” o “desarenadero” del acueducto de Medellín, en la esquina de la calle Ayacucho con la carrera Villa, donde antes estuvo el sitio de distribución de aguas del acueducto sur de la ciudad. Las obras fueron diseñadas y construidas por el ingeniero Antonio J. Duque en 1896. A este depósito llegaban las aguas procedentes de La Toma –ubicada en la finca Las Perlas–, por acequias que llevaban las aguas de las quebradas Santa Elena, La Castro, Aguas Claras y Pan de Azúcar. Del desarenadero las aguas salián por Ayacucho, para ser distribuidas en las casas de familia, los negocios y las pilas públicas ubicadas al sur de la ciudad, es decir, desde la quebrada Santa Elena hasta el sector de Guayaquil.

En la transición entre el siglo XIX y el XX se consolidó este importante sector de la ciudad, cuyo eje sería la calle Ayacucho, donde se construyeron muchas edificaciones de arquitectura doméstica, que iban desde las casas más elementales y simples, pasando por las grandes casonas de generosos patios empedrados, fuentes y baños de inmersión, hasta los palacetes suburbanos de los que ya se mencionaron algunos ejemplos. La mayor parte de estas viviendas eran de tapia, con portadas y ventanas de madera y barrotes de hierro o madera, y techos de teja de barro con sus respectivos aleros.

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En algunos ejemplos de arquitectura comercial, y en la propia iglesia de Buenos Aires, se utilizó el ladrillo, que había empezado a ser común en la ciudad desde finales del siglo XIX. Otro de los cambios relevantes del sector fue la renovación de la iglesia de San José. La reforma se inició en 1893 por problemas en las maderas y en las estructuras, por lo cual se construyeron nuevas columnas y la bóveda central, aunque se mantuvo la distribución espacial en planta y los muros exteriores de tapia, de acuerdo con el diseño del francés Charles Carré, el mismo autor del de la Catedral, en construcción en ese momento. La fachada, que terminaba en una espadaña, fue transformada radicalmente por el diseño del jesuita Félix Pereira, y entre 1896 y 1902 se construyó una de ladrillo que tenía dos cuerpos principales divididos en tres calles, con una torre superpuesta en la calle central, rematada en una bóveda claustral escamada. Es un trabajo preciosista en el uso del ladrillo, lo cual se evidencia en todos los componentes decorativos incorporados, desde los ladrillos tradicionales hasta los que fueron especialmente diseñados para las columnas o capiteles y para enmarcar las jambas de los vanos de puertas y ventanas.

A la nueva fachada de la iglesia se sumó la ampliación del atrio para configurar una plazoleta, donde se instaló en 1909 una pila en cuya construcción trabajó el arquitecto Antonio J. Duque, pero cuyo diseño y figuras fueron elaborados por el artista Francisco Antonio Cano. La llamada “Fuente de Cano”, suma de arquitectura civil y obra artística, fue considerada en su momento como “una escuela de buen gusto al aire libre”, pese a la falta de armonía señalada por Emiliano Jaramillo en la revista Alpha en junio de 1909, aunque el crítico resaltaba los detalles y la idea del “eterno retorno” y el “constante renacer de la vida” representado en cada uno de sus elementos. Los bronces que formaban el conjunto, vaciados por Cano, fueron los primeros de la ciudad, antes de la escultura de Atanasio Girardot instalada en la plazuela de La Veracruz en 1910.

La imagen bucólica de Ayacucho como una larga calle en tierra, flanqueada por árboles y enmarcada por una fachada continua de casas de un piso con muros encalados y techos que se acomodaban a la pendiente del terreno, empezó a cambiar cuando fue construido el tercer tramo del tranvía, inaugurado el 1o de diciembre de 1921. A partir de ese año la arquitectura de este eje acentuaría su modernización, que se había iniciado con las obras de transformación del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. La ciudad vivía un fervor modernizador en sus fachadas, y cambiaba el viejo encalado por una decoración aplicada mediante el revoque en cemento y la elaboración de variados ornamentos historicistas. Los vanos de puertas y ventanas fueron enmarcados con columnas y frisos, los aleros fueron reemplazados por cornisas, los bolillos de madera dieron paso a las rejas metálicas, y al uso modernizador se sumaron jarrones, florones, guirnaldas y un largo etcétera de componentes decorativos. El clímax de ese momento urbano fue el Paraninfo, cuyas obras fueron diseñadas y dirigidas por el arquitecto autodidacta Horacio Marino Rodríguez, quien entre 1913 y 1915 levantó el viejo claustro franciscano de dos a tres pisos, y le dio a la portada la imagen de un templo del saber con columnas jónicas rematadas en un frontón triangular.

Pero fueron las obras del tranvía en la década de 1920 las que incentivaron y aceleraron el cambio arquitectónico del conjunto urbano de Ayacucho, mediante la modernización de otras fachadas y la construcción de nuevas edificaciones de acuerdo con los cánones estéticos dominantes. Un buen ejemplo de ello es el local de la esquina de Ayacucho con la carrera Pascasio Uribe, donde se instalaría el café Cyrano, edificio construido en 1926 que se emparenta con la arquitectura del Paraninfo por medio de su esquina ochavada, sus vanos enmarcados y decorados, y sus balcones salientes sobre ménsulas y rejas metálicas.

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Así, desde la década de 1920 varias obras de arquitectura doméstica e institucional fueron levantadas sobre los lotes del sector o en locales en desuso –como el mismo desarenadero–, con proyectos que respondián a los nuevos ideales estéticos. La calle Ayacucho fue un buen ejemplo del variado repertorio al uso en la ciudad durante el segundo cuarto del siglo XX. Las viviendas dejaron de ser de un piso y se construyeron de dos o tres, y en algunos casos se imitó la idea del palacete o la villa. Se incluyeron torreones, frontones triangulares o frisos de muy variada factura para las fachadas, en las cuales se incorporaron también molduras y recuadros con decoraciones geométricas, vegetales o florales, e imitaciones de los almohadillados propios de la canteria. En términos materiales, se pasó de la tapia al cemento, luego al ladrillo y al cemento, y posteriormente al concreto armado, y se incorporaron el granito y la gravilla lavada para los acabados exteriores.

Otro referente arquitectónico de las obras construidas en Ayacucho en la década de 1920 es la Escuela de Derecho de la Universidad de Antioquia, diseñada por el arquitecto belga Agustín Goovaerts, quien en ese momento era el Ingeniero Arquitecto del Departamento de Antioquia. La obra fue iniciada en 1926, y para 1935 aún estaba en construcción, aunque ya bajo la dirección del arquitecto Gonzalo Restrepo Álvarez. pretendía ser una muestra más del catálogo historicista en el que Goovaerts quiso convertir a Medellín para enseñar a los arquitectos locales la estilística arquitectónica occidental. Después del dilatado proceso de construcción, la obra pudo mostrar su imagen Luis XVI, como denominaba el estilo su autor –Renacimiento Francés–, que se evidencia en su composición y en sus elementos decorativos. Años después, entre 2006 y 2007, la obra sería restaurada por un equipo de arquitectos encabezado por Clemencia Wolf.

Durante las tres últimas décadas del siglo XX, Ayacucho experimentó un fuerte cambio que empezó en 1966, cuando se construyó la diagonal que conecta esta calle con la calle Colombia –entre las carreras Junín y Palacé, en el Parque Berrío–, y concluyó en 1976, cuando se terminó de construir la primera etapa de la Avenida Oriental. Estas intervenciones viales marcaron el nuevo rumbo de Ayacucho, pues la función residencial fue desplazada por la actividad comercial.

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En primer lugar, la conexión Colombia-Ayacucho estableció una vía continua entre el occidente y el oriente, algo que no tenía la ciudad hasta ese momento, de tal manera que se convirtió en un gran eje de movilidad entre Medellín y Rionegro. En segundo lugar, la Avenida Oriental desligó el corredor de Ayacucho del corazón histórico de la ciudad, y cortó el cordón umbilical que unía las iglesias de San José y San Francisco con la parte más central. Además, la apertura de la Avenida Oriental tuvo como agravante la desaparición de la carrera San Félix, una calle menor, amable, que le brindaba una fachada occidental tanto a la iglesia como a la plazuela. Adicional a ello, dicha plazuela quedó reducida a un pequeño espacio de donde pronto desapareció la fuente de Cano, reemplazada por una en mármol en homenaje a San José; el poco espacio que quedó fue convertido en un parqueadero, y aunque años después se reimplantó otra fuente, esta es solo una copia de la original y carece de la calidad y cualidades de la anterior.

Con el paso de los años el efecto de la Avenida Oriental se extendió a la calle Ayacucho, que se volvió cada vez más comercial y de servicios, con la consiguiente expulsión de sus habitantes tradicionales hacia otros barrios o sectores de la ciudad a partir de la década del setenta. Todo ello repercutió en la arquitectura, pues pronto aparecieron edificaciones de mayor altura; algunos ejemplos, muy pocos, de arquitectura funcionalista, especialmente en ladrillo, fueron de calidad, pero fueron más los edificios de dudosa o mala calidad, cuyo principal propósito era la renta. Aun así, un buen número de casonas resistió. Unas pocas conservaron su carácter residencial, otras fueron subdivididas y adaptadas para locales comerciales, y la mayoría fueron transformadas en sedes institucionales como colegios, cooperativas, organismos gubernamentales, laboratorios clínicos, entre otras.

Algunos trayectos de Ayacucho se convirtieron en verdaderos fragmentos arqueológicos de la arquitectura historicista. Aunque deformadas y fragmentadas, con vanos abiertos para los locales comerciales, la mirada atenta y pausada puede percibir, por encima de los espantosos avisos publicitarios, el antiguo esplendor de estas edificaciones, en las claves florales o geométricas de los arcos de las puertas, en las cornisas y frisos denticulados, florales o lobulados. Un enorme repertorio que habla tanto de las demandas sociales como de la capacidad de apropiación y creación de los maestros y artesanos locales. Un muestrario olvidado y sin dolientes.

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Para la última década el siglo XX era evidente el deterioro y la supervivencia de esta arquitectura residencial. Entonces comenzaron a ser demolidas algunas de estas casonas con muros de tapia encalados, papeles de colgadura e, incluso, pinturas murales; carpintería de madera y contraportones de vidrios de colores; cubiertas y columnas de madera trabajadas primorosamente; cielorrasos de cañabrava emboñigada y tejas de barro; patios interiores, baños de inmersión y solares con árboles frutales, además de otras virtudes. Como aquella con la nomenclatura 37-57, demolida a finales de 2006.

Se pensaba que tal “arquitecturicidio” no volvería a ocurrir y que las posibilidades de conservación aumentarían, pues Ayacucho fue calificada como “corredor de interés patrimonial” y se propuso que varias de sus casas fueran incluidas entre los bienes culturales municipales cuando se elaboró el Plan Especial de Protección Patrimonial de Medellín –PEPP–, aprobado en el Acuerdo 23 del Concejo el 29 de abril de 2009. Pero pese al interés del equipo técnico del PEPP, misteriosamente las casas no quedaron en los listados y, por tanto, no fueron protegidas.

Cuando el proyecto del nuevo tranvía eléctrico fue viable y se adjudicaron las obras a principios de 2012, la arquitectura de todo el corredor quedó sentenciada. Sin que se hubieran iniciado propiamente las obras, el acumulado histórico y la memoria urbana fueron condenados inexorablemente a la desaparición. Casas modernistas y casonas decimonónicas fueron demolidas para dar paso a torres de apartamentos, especialmente de las denominadas Viviendas de Interés Social, VIS –aunque algunas de ellas resultaron ser falsas VIS–, sedes educativas y centros comerciales.

Ya no queda nada del paisaje bucólico de hace menos de cien años, cuando el primer tranvía eléctrico transitó entre casas de un piso. Torres de cemento y ladrillo, de mala calidad arquitectónica, peor factura constructiva y pobres cualidades habitacionales, dominan ahora el perfil urbano. Las pocas casas y casonas sobrevivientes quedaron descontextualizadas, y están en proceso de deterioro y a la espera de un comprador que llegue a demoler para construir locales comerciales y más torres de apartamentos.

En las demoliciones que se derivaron de la construcción del tranvía hubo, al menos, un acto destacado de memoria urbana. En la esquina de Ayacucho con la carrera Villa, debajo de una casa modernista construida en la década de 1930, se conservaron las huellas del antiguo desarenadero del acueducto sur de la ciudad de fines del siglo XIX. Del subsuelo emergieron los restos de tanques, canales, compuertas, túneles y otros componentes técnicos en ladrillo que la construcción de la casa había ocultado. Ahora son el soporte de la plaza de la estación Pabellón del Agua EPM del tranvía, que con una caja de arquitectura contemporánea, y un espacio urbano cualificado por este valor histórico, memoriza la relación de una ciudad y su sociedad con el agua. Tal vez esto sirva como un pequeño acto de desagravio ante la magnitud de la transformación de la fachada urbana, mientras rueda silencioso el tranvía del siglo XXI.

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