CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
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Junín
Jairo Osorio

Junín

“… Entonces volvíamos a nuestras casas, por la calle Ecuador arriba, y luego a las esquinas del barrio. Pero antes de iniciar el regreso, dejábamos en el Parque Bolívar todo el temor y toda la aprensión de niños perdidos que nos producía la algarabía de Junín, con sus miles de rostros anónimos e indescifrables, intuibles apenas, que llenaban desordenadamente la carrera central de la ciudad desde las primeras horas de la mañana, hasta cuando la noche volteaba para el otro día.

[…] Al regreso de las caminadas por Junín, yo era el único que recordaba en las tertulias nocturnas de la barriada, cosas distintas a las niñerías que los demás compañeros habían visto; las poses afeminadas de los ídolos y deportistas extranjeros en el Salón Versalles –frecuentado en cada visita a la ciudad–, y sus palabras caprichosas y vanas, que nos parecían más una jerga tribal que un lenguaje civilizado. Siempre esperaron los amigos (aquellos que no se habían arriesgado en el grupo nuestro), que hablara de las palmadas que arriesgaba en los culitos de las muchachitas, incitadas por su caminado y sus minifaldas atrevidas, o por sus escotes impúdicos. O de las carreras veloces por los entreveros de Junín, cuando me había excedido con alguna de ellas, tocándole esa otra “parte íntima” que despertaba con su olor los instintos del “hombre bestia” que habitaba en mí.

Junín

[…] Bajábamos desde Campo Valdés a Junín, una o dos veces a la semana –siempre a pie por Ecuador, la carrera 48–, cumpliendo infatigablemente un ritual que para el resto de la ciudad también parecía infaltable y casi religioso. Pero, a diferencia de nosotros –los niños de la cuadra–, las demás personas no llegaban a la arteria símbolo de la ciudad en la búsqueda de jugadores extranjeros. Las gentes la invadían –después lo supimos–, porque ese paseo semanal por Junín les ayudaba a disimular la estrechez cultural y mental en la que vivían en este pueblo asfixiado y encerrado por dogmas y curas.

[…]En la infancia jamás supimos lo que sucedía detrás de las vitrinas de los almacenes de la gente chic de Medellín, lo que se conservaba en los rincones de las otras cafeterías distintas a Versalles, el significado de las palabras gritadas en clave en El Metropol, o de las fintas de los malevos que siempre lo frecuentaron; lo que se conspiraba –esa es la palabra exacta– entre la consumición de los dulces exquisitos y el té servido en vajillas de plata, en el espacioso salón del Astor, y entre copas en el exclusivo Salón Dorado del Club Unión.

[…] Junín se alborotó siempre con la llegada de sus miembros [del Nadaísmo] que, en forma lenta y perezosa –según el criterio de los madrugadores patriarcas antioqueños, sus padres–, lo invadían a partir de las nueve y media, o diez de la mañana, desde las lomas del viejo Boston (¡ah!), Los Ángeles, María Auxiliadora, el Prado más aristocrático, o desde los populosos Miraflores y El Salvador, por el otro costado.

Trasnochados como vivían, ritualmente desfilaron por los tertuliaderos habituales, sobrellevando en sus cuerpos la embriaguez de la farra nocturna del día anterior, gritando insultos por media calle para que creyeran que el diablo estaba entre nosotros, y que ellos eran sus hijos. Entre sus mochilas, o entre los bolsillos desbaratados de sus chaquetas, mezclado con sus drogas, iba algún libro de Sartre (“ya que he perdido la posibilidad de morir desconocido, me enorgullezco a veces de vivir mal conocido”), Camus, Beavoir, Rabelais, Genet, los autores teatrales que, más que desconocidos, para el medio nuestro eran infernales, prohibidos por el índice oficial.

Junín

[…] Al trasponerse el día, nadie en Medellín era ajeno a la barahúnda de la 49: cada antioqueño medianamente importante, empleado o desempleado, tenía su puesto asignado allí […] Después, completamente inocentes nosotros, sobre sus orígenes y motivaciones, llegaban los prosélitos del MRL, los camilistas, los del Moir, los de la Juventud Comunista, a trazar en las mismas mesas del Versalles “las directrices” de la revolución colombiana que nunca se pudo realizar.

[…] Las colegialas del Mary Mount, La Presentación, el Cefa –M. A. estuvo entre ellas–, llegaban en patota al paseo de la 49, después de sus jornadas escolares de la semana, tras los hombres más bellos y elegantes de la villa. Pegados a las puertas del Astor, el Donald, el Metropol, el Versalles, idénticos a monos de álbum, a partir de las cuatro de la tarde los muchachos recibían allí a las estudiantes como un regalo de Dios. Al joven que las niñas querían entronizar en su billetera, lo invitaban a cruzar a Junín de lado a lado, para quedar ingenua y felizmente juntos –¡por fin y para siempre!–, en la instantánea de los imagineros de Foto Lujo, el gabinete de retratos que captó durante casi dos décadas a la gente de la ciudad que se paseó por Junín.

Tal vez la única diversión, sin distingos sociales, de la que participaron los residentes de la villa por aquellos años, fue Juninear, un verbo que se impuso rápida y forzosamente desde finales de la década del cincuenta y principios del sesenta. Pararse en las esquinas de la carrera principal de Medellín con la intención de expresar piropos inofensivos, cruzar una avenida con igual propósito, podrían haber sido las acepciones para un diccionario de regionalismos.

[…] Para finales de la década del sesenta, la necesidad de prohibir el tránsito de los vehículos por Junín, a partir de las cinco de la tarde, fue perentoria. Ese inconfundible callejón chino, que viví en los recorridos infantiles –violentados y veloces–, se asemejaba más en la época a la imagen estrambótica de una metrópolis oriental, que a una propia con esa muchedumbre alocada e invasora de la 49. Ante el sofoco y el temor de nos caber más en esa calle angosta y sin salida, las autoridades de la ciudad y negociantes sagaces, empezaron a ingeniarse formas que descongestionaran el centro histórico, y que rentara al mismo tiempo, para los almacenistas y propietarios de tierras locales."

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