CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
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Sombras de Guayaquil
Paula Camila O. Lema

Sombras de Guayaquil

A esta hora, diez de la noche, la Plaza de Cisneros es una isla en medio de las amarillentas y solitarias calles que la circundan. La intensa luz blanca emitida por las torres que la adornan proyecta sombras en todas direcciones sobre el suelo de piedra, manchado de orina aquí y allá e invadido de pequeños grillos verdes. En el costado occidental un vigilante con un rottwailer recorre el frente de la Biblioteca Temática EPM, una especie de balcón de madera con un puente central que comunica la fachada inclinada con la plaza. Hasta las nueve ese lugar fue el plató del programa institucional del Concejo de Medellín. Sentados en poltronas blancas, de espalda a los chorros de agua y tras haber sido debidamente empolvados para las cámaras, el presidente del Concejo y dos “representantes de la sociedad civil” hicieron balance del primer semestre. Antes, cuando apenas comenzaban, los policías en Segwey todavía recorrían el parque. Se veían personas sentadas en las bancas, otras pasaban: madres con hijos, parejas, un turista, una señora ebria muy emperifollada que cada tanto se detenía para dejar que la cabeza se le escurriera. Del equipo de producción, una veintena, ahora quedan unos pocos. Recogen todo mientras un callejoso con dulceabrigo pide monedas a los propietarios de las camionetas 4x4 parqueadas en la calle Amador, que se van yendo una tras otra. Con el último de ellos, pasadas las diez de la noche, se irá también el último policía, pues hoy, lunes de Colombiamoda, antesala de la Feria de las Flores, no hay presencia policial las veinticuatro horas –una excepción a la regla, según el intendente jefe que vigila el parque–.

Mientras tanto, en el costado oriental, de fondo los edificios Carré y Vásquez, una quinceañera se saca un estudio fotográfico. Se llama Manuela y el vestido es lila, esponjado, con boleros verticales de tela vaporosa. La acompañan unas amiguitas entaconadas y la familia: la mamá, el papá, un par de tías, un primo y la que debe ser la abuela, que en la esquina del Vásquez le pone cuidado a dos trípodes, un banquito de madera y una gaseosa grande. El fotógrafo toma algunas fotos familiares, entre ellas una del primo con la quinceañera en andas bailando un vals imaginario. Pero en casi todas está sola, de espaldas a alguno de los dos edificios, y para una se trepa en una moto que un vigilante privado muy amablemente ha parqueado enfrente del Carré. Ahora pasa un callejoso en bicicleta, un borracho recorre Amador gritando y un espontáneo en chancletas invita a la familia a merendar mientras se toma una “de grupito” en la carrera Carabobo. Luego, por San Juan, llega otra familia en pantaloneta. Los adultos hablan español entre ellos y en inglés a los niños; viven allá pero son de acá. Se toman fotos en las torres y abordan de nuevo la colorida mini chiva en la que llegaron. Serán los últimos turistas de esta noche de lunes, en esta isla de luz blanca, lugar de paso y escenografía, que “propone un hecho urbano – ritual y poético para participar permanentemente del espacio público”.

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Sombras de Guayaquil

Le dicen el Parque de Las Luces aunque en realidad fue bautizada Plaza de la Luz, y hace poco, por recomendación de la Academia de Historia, volvió a llamarse Plaza de Cisneros, como se ha llamado desde finales del siglo XIX, cuando el pantanero que era se convirtió en el mercado cubierto de Guayaquil gracias al capricho de un tipo rico por el que ahora la calle 45 se llama Amador.

Una descripción somera diría que al parque, inaugurado en mayo de 2005, lo hacen las 300 torres de luz repartidas por los costados norte y sur, “un bosque de sombra en el día y un bosque de luz en la noche”: dieciocho metros de altura, cuarenta centímetros de diámetro, de la mitad hacia arriba una estructura de acero con cordones de leds que a esta hora –las cinco de la tarde de un jueves– todavía están apagados. Entre ellas se distribuyen varios sembrados de guaduas, bancas para una, dos, tres personas. En el centro, una plazoleta comunica los edificios Carré y Vásquez –únicos vestigios arquitectónicos de esa época de esplendor en la que el centro de todo fue Guayaquil–, con la Biblioteca EPM, una edificación de mármol, madera y vidrio “diseñada según el orden de la pirámide del conocimiento”. En el extremo nororiental, frente al Carré, hay un módulo de vidrio y acero que en teoría es punto de atención turística y vigilancia pero que está vacío e inutilizado. Y en las cuatro esquinas de la plaza, plataformas rectangulares que serían simples bancas de piedra sino fuera porque son cuartos de máquinas de los espejos de agua que antes había alrededor y ahora son jardines de esterlicias; tienen escaleras en los dos extremos, y en el centro adhesivos de gran formato de la exposición Álbum de paso, repartida por toda la plaza desde hace algunos meses para celebrar, si eso es posible, la transformación de Medellín en el último siglo y medio.

A esta hora –las cinco de la tarde de un jueves–, el tráfico es intenso, la gente camina rápido y filas de buses esperan relevo a ambos lados de la plaza. En la esquina de Amador con la carrera Alhambra un anciano vende chorizos que cuelgan de las barras de acero del puesto ambulante. Los policías recorren el parque y a pocos metros de la plataforma donde estoy sentada, en una de las bancas, una señora y dos viejos toman aguardiente en copas desechables. Un hombre fornido y bien vestido se acerca y pide fuego para encender una pata de marihuana. No ha sacado todavía el fósforo de la caja cuando el intendente, montado en Segwey, aparece de la nada, le arrebata la pata y la destroza con su bota bien lustrada. La mujer se pone de pie, le dice: “tenés un ojo de águila, por Dios que te admiro, parce, porque cuando te ponés en la jugada, qué peligro”. Es muy delgada, tiene lentes y un ojo neblinoso por el que no debe ver gran cosa. Lleva unas sandalias plateadas con tacos de pocos centímetros, un leggins café y una camiseta con un estampado que reza “Couture extreme”. Luz María, como se llama, espera poco para dar comienzo a un monólogo no del todo comprensible. A las 6:15, mientras está diciendo “yo soy la dueña del parque, imagínese como me ha crecido que ya le puse luces”, la mitad de las torres se encienden. Pasa un conocido y ella le grita: “venga, me va a regalar veinte mil”. Pasa una señora con un carrito lleno de termos de café y ella le grita: “hola Rosa”. Ya se han dispersado los demás, pero ella desfila por una pasarela imaginaria. Son las 6:25 cuando se encienden las demás torres, y ella justo está diciendo, a propósito de nada –como casi todo–: “es que Dios existe y la naturaleza es hermosa”. El viento arrastra por el piso bolsas, servilletas, papeles, hojas secas. En la plataforma, justo encima de la fotografía –una virgen luminosa–, Rosa y un hombre cuentan monedas. En las escaleras dos obreros se fuman un bareto y escupen la saliva moñosa. Pasan turistas, un cincuentón con camisa de chalí, zapatilla y media blanca bebe en una banca. Luz sigue hablando, dice que ahora todos “se envidian la plata y se dan puñaladas por dos pesos”, y cuenta después una pesadilla que tuvo hace dos días, de estructuras y grandes trozos de hielo que se desplomaban y caían del cielo, de un hombre que le decía que no sentía miedo porque ya había pasado todo. Que alguien escribía en el sueño, dice, y que por qué ahora yo estoy aquí, escribiendo: “vea, mero sueño, la culpa no es mía; pero me das vida”. Más tarde, al despedirnos, dirá: “usté por qué no se lleva mi numerito y me manda un mensajito y yo le respondo”.

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Sombras de Guayaquil

Para mediados del XX –tras la construcción de la plaza de mercado, la llegada del Ferrocarril, de los buses y de los camiones–, Guayaquil era un “avispero humano, bullanguero y escandaloso” donde convergían las principales vías y gentes del incipiente pueblito. Un puerto sin mar, capital de vicios y transacciones, única plaza de la ciudad sin iglesia y con licencias, donde la plata sobraba y los comerciantes respetaban los contratos millonarios consignados en papelitos y entre aguardientes a riesgo de ser exiliados del vecindario. Por esa época, invadido de vendedores ambulantes, el mercado abierto se convirtió en El Pedrero y este en una zona incómoda para la administración pública, que tras repetidos intentos –entre ellos la ampliación de las vías y dos incendios– la desocupó. Para la década del ochenta ya la Estación del Ferrocarril había cerrado, los venteros habían sido desalojados y reubicados, y enfrente se levantaban los altos edificios del nuevo centro administrativo de la ciudad.

De esos años febriles, se ha dicho muchas veces, ya no queda nada, a excepción de algunos retazos de memoria, quejas por el pasado perdido, algunos hijos –o hijos de los hijos– de quienes antes trabajaban y pernoctaban allí: migrantes, viajeros, comerciantes, empresarios, obreros, poetas, brujos, tahúres, borrachos, “mujeres de vida airada”, ladrones, falsificadores, culebreros, vendedores hasta de “novenas del santo desconocido”; del Carré y el Vásquez, restaurados la década pasada tras muchos años de puertas tapiadas; de algún viejo, o una señora, que mata el tiempo en un andén, o vende ropa deportiva, o frutas, o tinto, o cigarrillos y confites. Vendedores, recolectores, patinadores. Rebuscadores. Gente que no se va porque para dónde. Algo dejaron ahí, algo perdieron cuando se acabó al fin. Pero algo permanece intacto, aunque con ello tengan poco qué ver las luces.

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Lo primero que me dijo Lina cuando la conocí fue que a su mamá, Juana María, la habían “botado” en una caja de cartón aquí mismo cuando todavía era El Pedrero. Dos semanas después, un jueves al mediodía, la encuentro por casualidad enfrente de la biblioteca; conversa con el novio, que debe doblarle la edad. Tiene 28 años. Es alta, gruesa, imponente, el pelo teñido de un rojo encendido. Habla y se ríe claro y duro. Lleva muchos años en Guayaquil, aunque no toda una vida como la mamá. Cuando estudiaba, antes de los hijos, pasaba a recoger un mercado con el que “les colaboraba” un señor, pero Juana la “despachaba rapidito. No le gustaba que anduviera por ahí. Este sitio tiene un ambiente muy pesado. Sino pues que ahora la Alhambra ya no es como era antes, eso no eran sino bares y hoteles”.

Cuando le pregunto por los habitantes del lugar –diurnos, los únicos–, enumera nombres y apodos: ‘Piscuí’, que se ganó el mote por el silbido; doña Nubia, que vende cigarrillos y confites en la esquina de Amador con la Alhambra y vive a pocos metros, en un dormitorio social para adultos mayores de la Alcaldía; ‘La Gallimorada’, “de las que ahora les dicen prostitutas o trabajadoras sexuales”; ‘Palomo’, un callejoso que la mamá “ayudó a arreglar”; Orlando, un viejo que se sienta durante horas frente a una tienda de zapatos a renegar y decir palabrotas. Todos ellos, dice, llevan “años de los años” en este lugar, donde ya no abundan los perros canequeros y ya todos olvidaron a los indigentes que pasaban recogiendo en los noventa y nadie volvía a ver. Después dice dónde estaban antes las pensiones y los bares, en qué se han convertido: este en una venta de pandequesos, aquel en un centro comercial propiedad de turcos, otros en bodegas y empresas “despachadoras”, y más abajo, por la carrera Tenerife, en chatarrerías donde ella y su mamá, recicladoras desde hace diez años, venden por kilos lo que recolectan por los alrededores.

Me lleva a dar una vuelta por las calles que todos los días, entre seis de la mañana y siete de la noche, recorre de arriba a abajo. Camina entre los conocidos, saluda, se ríe, regaña a uno, otro le coquetea. Cada que hablamos con alguien ella se encarga de presentarme, y al hacerlo pregunta en mi lugar por el Guayaquil de antaño –no por la plaza–. Entramos a Acandy, un viejo bar que mira al parque entre la Alhambra y Cundinamarca, y saluda a Abraham, el administrador; “esto antes era lo peor de Medellín, estaba lleno de asesinos; ahora está suave, por la transformación”, dice el hombre sin demasiada convicción. Al lado del bar, en la entrada de una pensión a cuyas afueras siempre hay una mujer, o dos, o tres, la Gallimorada recuerda que el Carré y el Vásquez eran residencias. Luego, doblando la esquina, ‘Chalupo’ dice que el parque “le ha dado mucha vida al sector” pero “lo que falta es más seguridad”. Y así hasta don Jaime, ‘Jotica’, un setentón que lleva 47 años en Guayaquil y ahora se mantiene en la esquina de la Alhambra con Maturín, frente a un puesto ambulante del que cuelgan ganchos con sudaderas, pantalonetas, camisetas, camisillas del Nacional. Sentado en una silla plástica, tomando tinto y fumando, don Jaime dice:“aquí ya no hay nada qué hacer; bregar a vender una camiseta o una pantaloneta. Ni siquiera hay dónde entrar al baño. Antes no le daban a uno ganas de irse temprano, y si el trabajo era malo podía uno quedarse tomándose alguito. Pasamos bueno, muy bueno, pero ya no hay forma de nada”. Tiene el pelo blanco, las cejas blancas, zapatillas sin medias, camisa de chalí, un reloj grande y brillante. El monólogo, entre rutinario y triste, por momentos sube de tono para decir más o menos lo mismo: “antes el pueblo era contento, alegre. Había comercio, la plata sobraba, hijuemadre. Uno trabajaba dos días a la semana y le alcanzaba pa’l resto del mes. Era una cosa más buena, todo el mundo compartía, no había tanta avaricia. Ahora al que van viendo que se está quebrando le dan más duro en la cabeza”. A esta parte, ya en voz baja, don Jaime es lapidario: “esto no lo compone nadie; tal vez mi Dios, con la muerte”.

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Sombras de Guayaquil

El lugar donde hoy se levanta la plaza antes era una manga con escasos árboles que hasta mediados de los noventa había sido un parqueadero. En 2001 el alcalde Luis Pérez abrió una convocatoria llamada “Medellín es luz, un poema urbano” para “recuperar” la plaza con “una propuesta de arte, arquitectura y ciudad”, según reza un informe oficial. En el plan de desarrollo aparecía como la Plaza de la Protesta, en homenaje a su vocación como plaza política.

El proyecto ganador fue el del arquitecto Juan Manuel Peláez y su padre, el escultor Luis Fernando Peláez. Establecía que las torres, “elementos escultóricos”, serían 360, alcanzarían alturas de hasta veintidós metros y emitirían una luz que cambiaría de tonalidad e intensidad de acuerdo a las fases de la luna. Pero eso, según cálculos modestos, costaba cerca de doce mil millones, de manera que hubo que aterrizar la cosa a las posibilidades del bolsillo de la administración y las expectativas se redujeron a 300 torres de dieciocho metros con leds que no tenían forma de competir con la iluminación urbana y estuvieron apagados durante varios años –excepto cuando la ciudad estaba de evento importante–. Así, la plaza terminó costando alrededor de nueve mil millones de pesos.

Paralela a la construcción del parque se dio la de la biblioteca, inaugurada en junio de 2005, para la cual la alcaldía demolió, en enero de 2003, el Pasaje Sucre, único vestigio, junto al Carré y el Vásquez, de lo que había sido el mercado cubierto. El Centro Filial de Monumentos de Antioquia se opuso, la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura se opuso, pero la administración municipal argumentó que la edificación estaba en ruinas y que era necesaria otra que se vinculara mejor a la futura plaza. Meses más tarde Luis Pérez se ganó el Premio Atila, concedido por la revista Documentos de Arquitectura Nacional y Americana (Dana) de Argentina a quienes toman decisiones en detrimento del patrimonio arquitectónico de Latinoamérica.

A principios de este año algunos organismos y “ciudadanos preocupados” se unieron para recuperar el parque construido para recuperar la manga, pues se estaba viendo muy oscuro. Se hizo limpieza, se sembraron los jardines, se multiplicaron los policías y los funcionarios de espacio público, se montó la exposición fotográfica y se instalaron otros leds que iluminan con mayor intensidad y ahora se encienden a diario.

Desde finales de 2011 se levanta sobre Amador y se extiende por toda la carrera Cundinamarca el centro comercial Gran Plaza, una mole alta y gris de cerca de treinta mil metros cuadrados. En el primer piso están “los comerciantes más tradicionales del sector de Guayaquil”, en el segundo outlets de las marcas de siempre, en el tercero una plazoleta de comidas, oferta comercial para gente que no gusta de almorzar corrientazo ni de sentarse, digamos, a las afueras de la biblioteca a cucharear un portacomidas. Digamos, los funcionarios públicos, que todos los días entre el mediodía y las dos de la tarde recorren los cinco carriles de San Juan que separan el centro administrativo de la plaza. Pantalones, mocasines, camisas a cuadros, trajes, vestidos, tacones, una que otra corbata, y en las manos los Blackberry, entre el olor a especias y la docena de pantallas LCD que anuncian los titulares de las noticias muteadas. Después, a la salida, digamos, el cono de McDonald’s.

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El sábado es día de cobrar y los mandaderos recorren las calles cuadrando cuentas. Luz María sigue tomando aguardiente en la misma esquina. En las plataformas media docena de adolescentes montan tabla, mientras una rubia a todas luces turista arma un porro sin mucho aspaviento. El parque huele a marihuana aunque está lleno de familias con niños. Un vendedor atraviesa la plazoleta con un puñado de globos de celofán de personajes de la televisión infantil, bandadas de palomas revolotean entre las guaduas y las torres, los policías dan vuelta al parque en sus Segwey. En la puerta de la pensión hay otras tres mujeres, en el bar Acandy suena un tango y una copera sentada en una mesa mira hacia la calle.

Sombras de Guayaquil

Ayer mataron a una mujer en Cundinamarca, enfrente de un bar, mientras almorzaba sentada en la acera: “ahí quedó la comidita”. Una vendedora, conocida de vieja data, me dice: “ah, pero eso fue porque era una escapera”. Luego me lleva por el pasaje que comunica la Alhambra con Cundinamarca en busca de alguien que haya visto algo, y uno de los vigilantes nos baja de la nube: “ni pregunte que nadie le va a decir nada”.

Más tarde, después del estudio fotográfico que enfrente de la biblioteca se ha hecho un matrimonio vestido para la ocasión, una familia posa de espaldas a la fuente; “niños, niños”, dice la madre señalando las luces recién encendidas, y uno de ellos dice “uau”. A lo lejos el intendente conversa con otros dos policías. Cuando le pregunto por la mujer, cuenta que acompañaban la manifestación de un movimiento político en San Juan y no escucharon nada. La gente corrió a avisarles, luego de que ella dijera “estoy herida”. Pararon un taxi, la enviaron a Policlínica, adonde llegó sin signos vitales. De allá informaron que habían sido dos tiros, uno en la cabeza, otro en la espalda, aunque nadie los escuchó. Que se llamaba Rosana, tenía entre 28 y treinta años y era oriunda de Turbo. Era morena, alta, robusta, de pelo liso. “La habíamos llegado a ver por acá, pero nunca se supo a qué se dedicaba”. Cuando trataron de investigar nadie dio razón de nada, aunque había sucedido a las cinco de la tarde: “hablan más los muros”, dice el intendente. Más tarde otra persona me contaría que era una prostituta y les robaba a los clientes, y se cree que uno de ellos regresó a ajustar cuentas de una trifulca sucedida semanas antes; “también me dijeron que ella se metía todo por dentro, entonces cuando la esculcaban no le encontraban nada”.

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Después de don Jaime, avanzada la tarde, en el momento de mayor efervescencia del parque, María expone las heridas que le dejó “Guayaco”. Sentada en el andén de Amador, enfrente del parque, después de decir “la gente siempre es bien, a veces es uno el que es mal” como para espantar la lástima, se vuelve blanda. María, de 47 años, que está ahí desde los nueve, cuando se escapó del internado en cuya puerta la abandonaron recién nacida. Todos esos años ha vivido en la calle. Ahora vive justo ahí, en la pensión que tiene a espaldas, a cuyas afueras siempre hay una mujer, o dos, o tres, en la pieza quince, que le cuesta once mil la noche: “esa pieza se lo come a uno. Los más baratos son los sopladeros, pero yo me conozco: una pa caer, niña, no tiene que estar sino parada”. Las mujeres hablan poco, se pintan los ojos, se ríen con una risa leve que desaparece rápido bajo la bulla de los carros, los pitos, las conversaciones. Una de ellas le cuida a María la cajita con agua, limonada, cigarrillos y confites. Otra se acerca para pedirle un cigarro fiado. “Cuando no estaba enferma y me putiaba, que tenía todos los dientes y estaba bonita, me iba pa los pueblos”, cuenta, y que pagó cárcel por acuchillar a una mujer que trató de robarle: “yo le tiraba era a esa cara, pa que se acordara”.

Sombras de Guayaquil

María es morena, petisa. Tiene un jean con piedritas engastadas, unas chancletas que dejan ver sus pies pequeños y endurecidos, una blusa amarilla con un encaje verde, y debajo una gruesa capa de gasa que le cubre el catéter por donde recibe diálisis tres veces a la semana desde hace siete años. “Primero había una parte que se llamaba ‘La Manga’, después se medio organizó con los tubos y ya la policía no deja. Antes había gente en las bancas pero se estaba volviendo un atracadero. Cuando estaban las pileticas ahí, los indiecitos venían, se bañaban, lavaban la ropa y dejaban eso vuelto nada, y de ahí les quitaron el agua y venía la gente a culiar ahí. Recién que sembraron las matas venían en moto a robárselas, hasta que dijeron que iban a cobrar multa”, dice, y se ríe, y una decena de helicópteros alineados como una flecha atraviesa el cielo. Ella los mira, después mira las torres y las palomas encima de cada una de ellas, y dice: “ay, pa eso sirven los postes, pa que ellas se paren ahí”. Más tarde, cuando ya ha oscurecido, tras contar algún recuerdo racista, tristísimo, del internado, dice: “ya esto está muy frío. Primero había barcitos, se veía la gente, uno nunca se veía sin plata, se podía dar el lujo de decir: ‘hoy no trabajo más’. Ya no habemos sino restos de esos años, un montón de viejas acabadas, achiladas”. Pero ella todavía trabaja, cuando resulta, y cuenta que días atrás le regalaron cinco bazucos; que le sudaban las manos, que se los regaló a una amiga porque sabe qué sigue después del primero. “Guayaquil se lo come a uno, niña”, dice, como si Guayaquil todavía existiera.

Lina y Juana siguen donde siempre, en la mitad de la Alhambra. Lina está sentada en un puesto de chance haciendo cuentas. Al lado está Juana, que desarma y apila cajas de cartón mientras dice que antes eso era un basurero, “un matadero”, que eso cambió, aunque “el ladronismo no falta”.

Hasta el día de su segundo bautizo el nombre de Juana María fue Luz Amparo. La mamá vendía legumbres en El Pedrero y un día las dejó a ella y a su hermana en una caja y les dijo que ya regresaba; la hermana rondaba el año y ella los siete. Las “recogió” la madrina de la hermana, que murió tres años después de gastroenteritis. Le contaron luego que al papá se lo veía llorando en los bares porque la esposa le había botado a las hijas y no las había vuelto a ver, aunque Juana nunca se ha ido de Guayaquil. Trabajó en bares, vendiendo cigarrillos, fruta picada, aguacates, pasteles de pollo. “Mi viejita era muy recia, nos ponía a lavar platos y nos decía: ‘el plato que me huela a huevo se lo quiebro en la cabeza’. Ella me crio fuerte, me enseñó a trabajar fuerte, yo trabajo desde los ocho años”, dice, y para corroborarlo me coge la mano y la pasa por los huecos que las muendas le dejaron en el cráneo. Ahora tiene 53 años, lleva diez reciclando, y cuando la llaman trabaja en casas de familia haciendo la limpieza. “Cuando El Pedrero había mucha plata, esa comida sobraba, la gente era muy amplia. Ahora la gente es apretada, mija”, dice.

Ya es de noche y en la Alhambra quedan un par de cigarrerías abiertas. Lina y Juana recogen y amontonan lo último antes de irse. En la esquina tres serenateros con micrófono inalámbrico y pobre amplificación cantan de cara a los dormitorios sociales de la Alhambra, en cuyos balcones muchos hombres, casi todos jóvenes, fuman, silban, aplauden, piden tal canción.

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A esta hora, 11:00 de la noche, cuando la Plaza de Cisneros es una isla de luz blanca en medio de las amarillentas y solitarias calles que la circundan, toda esa vida ya ha desaparecido. Sentados al final del puente que comunica el parque con la biblioteca, J. y yo observamos la desolada escena. Con el último bus, que esperó un rato largo sobre Amador, se fue también el último vendedor de tintos.

Pocos pasan a esta hora por acá: un celador bigotudo y enmachetado, callejosos con los ojos fijos en el piso, pelaos solos o en patota. En un costado del centro comercial brilla un letrero al que se le fundió la primera letra –RAN PLAZA–, a pocos metros de una gran reproducción de Horizontes, esa obra de Francisco Antonio Cano en la que una pareja de campesinos señala el lugar al que se dirige. Al otro lado de San Juan, en la fachada de la Alcaldía, un pendón gigante reza: Medellín TODOS POR LA VIDA. La policía atraviesa el parque en moto cada cinco minutos, y en el costado oriental, a las afueras del Carré y el Vásquez, seis celadores pasan la noche sentados en sillas plásticas. De este lado, el vigilante y el perro recorren el balcón; por momentos se quedan quietos y la luz que despide la fachada de la biblioteca los hace ver como una doble esfinge. A lo lejos dos parejas avanzan por la plazoleta tomándose fotos con el celular. Se van acercando, cuando están a pocos metros dicen algo que no entendemos, y en un parpadeo están encima, preguntando con acento callejero cómo se llama este parque, cómo llegar al Parque del Periodista, dónde pueden conseguir un bareto, si tenemos, si estamos vendiendo drogas; así, sin esperar respuesta. Uno de los tipos ya está casi sobre J.; abraza a su chica, dice “a mí me van a poner a vender por acá, ya saben, no se pongan a inventar”, acerca la mano para un apretón y al tomar la de J. tira de ella hasta su cinto para obligarlo a sentir la dureza que oculta bajo la camiseta. “Mucho gusto, nosotros somos las Convivir de por aquí”, dice, y pregunta qué hacemos acá. Cuando intentamos responder hace como si hablara por celular con alguien y averigua por una muchacha y un muchacho que están en el Parque de las Luces. El otro tipo nos calla: “chito, está hablando con el patrón”, le hace un gesto a la otra nena y ella se sienta a mi lado y me examina. Explicamos que no llevamos nada porque sabemos cómo es la cosa, y ella dice “sí, a un parcero lo robaron y estamos buscando al ladrón” –ese truco viejísimo–. El primero escucha las explicaciones y empieza a bajarle, pero obliga a J. a levantarse la camisa y a enseñarle el abdomen. “No se vayan a poner a inventar”, insiste, y luego dice “es que necesitamos pa unas balas”. Repetimos que nada nos acompaña excepto esa libreta, ese esfero, hasta que la nena a mi lado dice “no, estos no son”. Parece haber consenso, y el tipo, el primero, nos dice todo bien y antes de irse nos da el apretón y el consecuente golpe en los nudillos, como si fuéramos muy amigos y tuviéramos algo que agradecerle. Minutos después, mientras nos reímos un poco para bajar el susto, los policías en moto pasan de nuevo, y después un grupo amenazante de pelaos. Nos ponemos de pie, cruzamos el puente hasta esa zona en teoría segura donde están el vigilante y el perro, a contraluz, inmóviles. Nos quedamos mirando la plaza desde la balaustrada, y entonces, justo antes de que las luces de tres de los cuadrantes se apaguen, en un mensaje que luego nos parecería contundente, el vigilante se acerca y nos dice: “disculpen, a esta hora no está permitido estar aquí”.

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