Un club a la intemperie
Juan Miguel Villegas
Ajedrecistas

A veces, con un simple movimiento, un lustrabotas puede cambiar el mundo. O un pedacito. Un parque, por ejemplo. Este, la Plazuela San Ignacio, de ningún modo sería el mismo sin la jugada que a finales de los noventa ejecutó un "embellecedor de calzado" llamado Jairo, quien un día, para aliviar un poco el tedio de los ratos muertos, decidió llevar un ajedrez a su puesto de trabajo.

Quienes lo conocieron aseguran que era un apasionado del deporte en el que menos suda un hombre, y que desde entonces "se mantenía así, jugando y embolando".

Según relatan algunos de los continuadores de su obra, su fiebre ajedrecística se contagió de tablero en tablero. Y si a los pocos días de haber llegado con el primero se vio obligado a traer otro para dar abasto a la demanda, meses después fueron cerca de diez los pequeños escenarios deportivos a su cargo. Decidió entonces alquilarlos por unos pesos a quienes quisieran pasar el rato entrenando las neuronas con 64 casillas y 32 figuras, bajo la sombra de palmeras y árboles.

Jairo ya no está. Fuentes cercanas aseguran que su mujer, vendedora de minutos en la plazuela, decidió no entregar más dinero a ciertos hombres de mal carácter y pólvora fácil, y hace un par de años "les tocó perderse".

Pero su legado sigue vivo. La Plazuela San Ignacio –antejardín de algunos de los edificios mejor conservados del Centro de Medellín– es la sede de un informal club de ajedrez al aire libre desde hace quince años. Un club excéntrico y a la intemperie, casi tácito, pero club al fin y al cabo. En lugar de mesas tiene los bordes de las jardineras, mesa y silla al mismo tiempo. En vez de directivos y afiliados, tiene fieles y obsesivos. Y a falta de vitrinas con medallas y trofeos, hay memorables maratones de ajedrez y triunfos en torneos metropolitanos. No tienen ni siquiera un nombre... Pero tienen la plazuela, que para efectos prácticos es toda una sede, y se tienen a ellos mismos y a quien se quiera sumar. Y eso parece suficiente.

Hoy es viernes y hace un rato pasaron las ocho de la noche. Hay ruido de motores y pitos en Ayacucho y Pichincha, las dos calles que flanquean la plazuela por sus costados más angostos. Oficinistas, estudiantes y trabajadores atraviesan el parque donde, como en islotes, flota el club.

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De las once jardineras que tiene la plazuela, los jugadores suelen tomarse las cuatro o cinco del lado sur. También acostumbran hilar un juego tras otro, sin pausa, como quien prende el siguiente cigarrillo con el que se está terminando de fumar.

Hay silenciosos y habladores. Los que comentan cada movimiento o no pierden la oportunidad de hacer un chiste, y a quienes nada saca de su trance ajedrecero.

Algunos dúos juegan aislados, pero la mayoría conforman pequeños grupos de dos o tres tableros con sus respectivos espectadores, por lo general contendientes en espera de un turno. Últimamente estas aglomeraciones son llamadas por ellos mismos "marraneras" o "chiqueros".

En la jerga de la calle, el "marrano" es el novato, la presa fácil: jamón tierno para los viejos zorros. Por eso gozan fastidiando así a sus rivales, atizándolos para que demuestren de qué están hechos o para menguarles la moral. Y cada marranera tiene sus capos y sus primíparos.

—¡Qué sería de mí sin mis marranitos! —dice Édison, que se autodenomina "emperador" de sus dominios y trata de "pupilos" a algunos de sus habituales. —¿Sabe cuál es la historia de este man? —interviene Carlos– Él dice que es un "emperador" del ajedrez, pero nosotros le decimos "reciclador". Según él, Édison recoge a quienes expulsan de otros chiqueros "por marranos". —Les gana a todos y por la noche llega adonde su mujer: "¡Amor, le gané a diez, voy pa campeón!". El aludido, que lo ha escuchado todo, afirma: "puras calumnias de la oposición".

A este club que para muchos ni siquiera es tal llegan "trabajadores, loquitos, payasos y gente muy tesa". Vienen de todo Medellín y de municipios cercanos, y "hasta de Australia hubo un jugador, Steven, pero no volvió". Cuando hablan de quienes han pasado por aquí, enumeran concejales, científicos, líderes indígenas, gerentes, sargentos de policía...

Entre sus miembros frecuentes hay invidentes como Jorge, que "con las manos arma el ajedrez en su cabeza, palpando las fichas", y mudos que cuando ganan emiten fonemas de alegría.

Sacan pecho contando que les han ganado a campeones de "La Liga" en simultáneas de ajedrez. Que han devuelto con el rabo entre las patas a jugadores "élite". Que algunos han venido "encubiertos" y cuando los descubren se van y no vuelven. Y que otros llegan con ganas de apostar "entonces uno los asienta". "¡Y así y todo hay gente que se atreve a decir que aquí no hay nivel!".

Aunque se recuerdan apuestas de hasta 200 mil pesos, en la rutina, cuando las hay, suelen ser de mil o dos mil. Ha habido quienes apuestan el tablero, el reloj, el celular. "Pero lo mejor es jugar sin apostar".

Los tableros "profesionales" son de lona delgada, enrollables, con casillas bien estampadas, verdes y blancas. Las columnas van marcadas del 1 al 8, y las filas de la A a la H. Los que no cumplen estos requisitos se consideran chiviados o de segunda clase.

Se juega todos los días, desde la mitad de la mañana hasta pasada la media noche, según el tiempo disponible, los ánimos o el clima. Los domingos y festivos no faltan dos o tres tableros, y entre semana puede haber diez, quince o más. Hasta hace algunos meses la policía expulsaba a todo el mundo del parque a las diez u once de la noche, pero ahora dejan tranquilos a los ajedrecistas y varios miembros de la fuerza pública juegan cuando están en vacaciones o en días de descanso.

Lo que más los enorgullece son las maratones que han jugado algunos de sus miembros. "Una vez hubo un récord que ojalá hubiéramos filmado. Estuvieron tres días seguidos sin parar, a punta de tinto y cigarrillo". "Eso pasaba uno pal trabajo y ellos ahí".

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"Eso fue viernes, sábado y domingo", precisa Benjamín Gil, 'Mincho', uno de los titanes implicados. Tiene 52 años y vive con su madre, a quien aún le avisa cuando se va a quedar hasta tarde. "Es que a uno se le va el sueño cuando está jugando. El ajedrez es como... un estimulante". Dicen que es "el que abre y cierra el parque", "el que maneja las llaves de esto acá".

Osvaldo López también hizo parte del récord, y declara con tranquilidad no haber dormido esos tres días. Ingeniero civil y ex campeón de ajedrez del Oriente antioqueño, recuerda que cuando le llegaba el hambre mandaba a traer "unos fríjoles que venden allí cerquita" y se los comía "al pie del tablero, sin parar de jugar".

"No es algo planeado, eso se va yendo". Son cadenas de revanchas que de pronto son tres días. "Se puede con más, pero ya es demasiado", dice Osvaldo, autor de una temible jugada con sello propio: "La Osvaldiña", que consiste en enviar al frente una carnada tentadora para un peón rival –un caballo, un alfil o una torre, según el contrincante– para "romperle el juego" al otro cuando está muy encerrado.

A veces organizan sus propios torneos. Como los que monta Juan Diego, un bailarín profesional de 34 años que de niño tenía dos pasiones: el baile y el ajedrez. "Pero tuve que decidirme por uno de los dos", se lamenta, y cuenta que una noche, hace seis años, después de una presentación de tango en el bar Homero Manzi, se topó con el club y desde entonces no ha dejado de visitarlo. "Si uno no viene baja de nivel".

Los desvela el juego, experimentan su propia versión del síndrome de abstinencia y le dedican todo el tiempo que pueden. "Es que aquí se pasa muy bueno. Cómo va a ser mejor ir a beberse la platica que sentarse aquí a que se le olviden a uno todos los problemas", dice Mincho.

"Aquí la mayoría son muy sanos". "Los que beben, no beben jugando, o si mucho un traguito o dos". "No se puede jugar bebiendo".

"El ajedrecista de verdad no tiene novia, no tiene esposa, no tiene hijos", asevera Osvaldo. O es "muy descuidado con la familia, con la mujer. Pero no bebedor ni degenerado".

"Le voy a contar una infidencia: cuando mi mujer me dice 'veámonos hoy', a mí hasta me da pereza. Y si nos vemos, soy mirando el reloj porque no veo la hora de volver a jugar", revela Édison.

"La novia del ajedrecista es Caissa, la diosa de los jugadores de ajedrez". Lo dice Bibian, un electricista de 48 años, actual campeón de Ajedrez al Parque en Medellín, capaz de discurrir durante horas sobre el papel de los bancos en la Segunda Guerra Mundial o el significado esotérico de cada una de las piezas del juego.

Por estos días no se ven mujeres ante un tablero. Pero las ha habido. Hace poco estuvo viniendo "una niña de la Universidad Nacional". "Bonita. Se defendía. Pero tal vez se aburrió porque todo el mundo quería jugar con ella".

Lo cierto es que el ambiente las espanta, reconocen. Los alcohólicos que rondan, el ambiente callejero. "Es que uno aquí pierde puntos", dice Osvaldo, a quien alguna vez su mamá le hizo un escándalo en el parque: "¡No te quiero ver aquí!", le gritó. "Mamá, ¿pero qué estoy haciendo de malo?", le respondió él. Y aquí sigue todavía.

Sueñan con tener un club bien presentado. "Ojalá nos organizaran esto con mesas, que lo pusieran bien bueno y erradicaran las ratas de las jardineras". Ese día no parece estar cerca. Y por ahora seguirán jugando de medio lado, obligados a intercambiar puestos frente al tablero para descansar caderas y cintura después de varias rondas.

Esto es lo que tienen. "Nos conocemos entre nosotros y hay una camaradería muy grande, y esa es la principal característica de un club", reflexiona Gilberto Tamayo, un conocedor de la historia del juego, con nombres propios, fechas y partidas memorables. "Tenemos una afición casi enfermiza, muy desmedida por el juego. Y casi todos, como personas, diez puntos". Las reglas aquí son tácitas, explica, pero si de escribirlas se tratara, serían "las mismas del ajedrez: compostura cuando se juega y un respeto profundo por el adversario".

Por eso huyen como de una plaga de los malos perdedores. Esos que cuando no ganan "se vuelven enemigos", se descomponen, insultan. Porque si no es para ser amigos no vale la pena sentarse.

A veces llueve, como ahora, y la tropa se dispersa. Algunos se van y no vuelven. Pero otros simplemente cruzan la calle, se sientan bajo cualquier alero y siguen en lo que iban. Tal vez un juego más. O, si las cosas se van dando, el principio de otra maratón.

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