Río Medellín
Tomás Carrasquilla

Medellín. El río

Río Medellín

No tiene leyendas como el Rhin, ni sacros misterios como el Ganges; genios y ondinas desdeñaron sus aguas; ningún poeta le ha dedicado una estrofa; para nada le mencionaron las tradiciones mentirosas; la horda primitiva que trasegó por sus márgenes no le consagró siquiera la más salvaje de sus admiraciones; la superstición y los agüeros de la alma castellana jamás forjaron a su costa ningún espanto de diablos azufrosos ni de ánimas en pena.

El Aburrá es un humilde, un ignorado, un agua sin nombre. Como los buenos y sencillos, trabaja en el silencio y en la oscuridad. Y trabaja; ¡Dios lo sabe! Él riega y fertiliza los campos de esta Villa que quiso darle un nombre; él la embellece y la refresca; le regala sus linfas deliciosas y el detalle virgiliano de su paisaje; él recoge para abonar a su paso las tierras labrantías, cuando asquea y estorba a su señora.

Río Medellín

No fueron sus corrientes para naos ni menos para velámenes. Sólo las balsas rudimentarias de cañizos y los maderos de construcción bajan, singlados y serenos, por sus ondas pausadas. No habita los fangos de sus recodos pez alguno de talla aventajada. Sólo la sabaleta, tornasolada y argentina, riquísima en espinas y en sabores, agota la paciencia del pescador de caña con sus malicias y esquiveces. Ni flamencos ni garzas se pescan desde estas orillas sombreadas; pero los chorlos de Dios loquean aquí y allá, en busca del sustento, y las bandadas de patos errabundos bajan de vez en cuando en busca de su muerte con estas escopetas traicioneras. Pero si no la fauna, la flora: el písamo y el carbonero, el alcaparrón y el cámbulo, el arizá y la batatilla le riegan sus pétalos y su polen por entre los rastrojos de florecillas diminutas.

Baña el sauce sus ramajes desmadejados en los charcos de la orilla, mientras la cañabrava tremola en lo alto el plumón desmelenado de sus flechas. Si no mitos poéticos ni agoreros, la realidad es intangible de este metal por todos perseguido. Desde aquí lo arrastra en sus arenas y luego lo desgranan en su fondo los aluviones de San Esteban y Barbosa. Una vez enriquecido cambia de nombre, como toda persona que estime sus dineros. Porce es ya todo un señor río, lleno de honores y dignidades; un río que recibe muchos tributos y atesora muchísimos valores. Mas todo esto y algo más que se omite son apenas los prolegómenos de su potencia áurea; más abajo da vértigo; no le basta ya el ser Porce: necesita ser Nechí, nombre agudo e inquietante. El Dorado, aquel delirio calenturiento de la hispánica codicia, yace encantado bajo los antros de su fondo. Mas lo horrible que algún genio hosco y egoísta debe custodiarlo. Si algún mortal venturoso ha captado unas partículas del depósito ingente, otros han hundido en esas aguas endiabladas su fortuna, su porvenir, su salud y hasta su vida.

¡Cuanta riqueza arrastrará el Nechí al Cauca; cuánta el Cauca al Magdalena; cuanta éste al Caribe tenebroso!… ¡Y nosotros aquí, tan tristes, tan abatidos, tan enfermos con esta sed del oro! ¡Ah, dolor!… Tendremos que acogernos a la poesía, hermana del hambre. Casualmente que si nos alejamos un tantico de la Villa, toparemos el río como en sus tiempos mejores: bosquecillos discretos de guayabales y suribios, matorrales de juncos y hojasanta; senderos que ondulan por entre la yerba, rincones soledosos de follaje, donde aletean las musas y arrullan ronco las palomas de Eros. Encantadoras orillas las de este río, que produce fiebre.

Río Medellín

En otro tiempo, ¡oh Aburrá hidalgo! fuiste para el medellinense consuelo en sus quebrantos, solaz en sus trabajos. Granuja que se perdiese, chicuelo que hiciera novillos, ya se sabía dónde se le hallaba. Por arriba o por abajo del “Puente de Colombia” te invadía los domingos la estudiantina bárbara. Era una horda anfibia que trasegaba todo el día de tus ribas a tus corrientes, de tus arenales a tus bosques; un juego de aguas y un zambullir perpetuo, entre las hartadas de naranjas y los atracones de guayabas, entre la disputa horrenda por el quesito y la panela.

Aún recuerdan los viejos con delicia retrospectiva, las tandas de damas mañaneras del copete que subían muy frescachonas, San Benito arriba, la cabellera al aire, terciado el pañolón, bajo los dombos protectores de sus sombrillas. Seguíanlas sus fámulas, portadoras de las ropas acuátiles, encarrujadas con la escurrida.
Pero, ¡oh río manso y hospitalario! Lo que es gente ¡no volverás a remojar junto a tu Villa!
La edificación urbana ha invadido tus dominios, y los trenes ferroviarios te pasan por la cara. La policía de la civilización no admite en tu regazo ni paños a la griega ni olímpicas desnudeces. Sus trajes de paraíso se los reserva para centros más cultos. Frente a tu señora no podrás hacer tus contorsiones ni correr por donde quieras. Tus bancos de arena, tus serpenteos, los dejas para afuera. Aquí te pusieron en cintura, te metieron en línea recta; te encajonaron, te pusieron arbolados en ringlera. Has perdido tus movimientos, como el montañero que se mete en horma, con zapatos, cuello tieso y corbatín trincante. Mas nunca faltarán en tus riberas ni poesía ni hermosura: que por mucho que te dañen la simetría y el confort urbanizadores, nunca podrán avasallar del todo el desgaire armonioso de tu gentil naturaleza. Siempre se oirá a Pan en tus orillas; siempre tributarás tus oros a los pulpos y monstruos submarinos.

*Cuento tomado del periódico El Espectador, Medellín, 15 de marzo de 1919.


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