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Iglesia de San Ignacio

En 1905 llegó de Europa el órgano para la iglesia de San Ignacio, templo insigne de los jesuitas en Medellín. Aquel año el templo celebraba cien años de existencia, todavía con la fachada a medio hacer, porque el arquitecto Agustín Goovaerts aún no le había construido el frontis barroco. La compra del órgano hizo parte de la celebración. Y sí que había razones para celebrarlos, considerando lo difíciles que fueron para la Compañía de Jesús, perseguida y expropiada por los liberales radicales durante las guerras civiles del siglo XIX. En una de esas le confiscaron el colegio y el claustro, que estarían dos décadas en manos de la autoridad civil.

Para 1905 solo había dos órganos en el departamento: el de La Candelaria y el de la Basílica de Santafé de Antioquia. Después llegarían muchos más, que obviamente serían ubicados en templos religiosos, porque en nuestro medio el órgano es especie endémica: solo habita en las iglesias. Distinto a Estados Unidos, por ejemplo, donde la industria del cine lo usó en los teatros como banda sonora de las películas mudas, con dispositivos alterados para que diera el sonido de gritos, disparos, estruendos, portazos...

No hay duda de que los jesuitas hicieron una buena inversión con la compra de este órgano, que es un valioso bien patrimonial tanto por sus sonidos como por su constructor, Joseph Merklin, famoso organero alemán que en su tiempo hizo notables aportes al desarrollo de estos aparatos, tan exitoso que no daba abasto para atender los pedidos. Varias iglesias importantes de Europa tienen órganos fabricados por él, y el del templo de San Ignacio fue uno de los últimos que construyó en su taller de París, pocos años antes de morir.

"Sus enflautados son una maravilla, de sonoridad exquisita", dice Francisco Serna, quien tuvo la oportunidad de meterle la mano en 1999, cuando lo llamaron para que lo reparara. Lo limpió, lo ajustó y cambió la viga del segundo nivel de enflautados, que estaba carcomida por el comején.

Fue el segundo órgano que Francisco reparó en su vida. El primero fue el de La Veracruz, dos años atrás, trabajo que se le encomendó como último recurso para salvar el órgano. Llevaba treinta años fuera de uso y estaba en pésimo estado, tanto que ni la compañía de Oskar Binder lo quiso reparar. Además, en una ciudad en la que los organeros se cuentan en los dedos de una mano y sobran dedos, el párroco de La Veracruz no encontró quién más le hiciera ese trabajo, y menos con el presupuesto tan famélico que había disponible.

"Pero me le medí", dice Francisco, cuya única experiencia en la materia era el año que había sido ayudante en la reparación del órgano de la iglesia del barrio Manrique, de la misma marca que el de La Veracruz: un Casavant canadiense. También había adquirido conocimientos teóricos como autodidacta y desarrollado algunas habilidades en tecnología aplicada. Aprendió desde muy joven a tocar el piano y el clavicémbalo en el Conservatorio Nacional de México. El organero es un artesano que debe conjugar varios saberes, desde la mecánica, la carpintería y el manejo del cuero, hasta la ingeniería eléctrica, la música y la acústica.

Dos años le tomó a Francisco la reparación del órgano de La Veracruz. En la sola limpieza se demoró un mes, por el hollín acumulado en los tubos y el excremento de ratas, murciélagos y palomas, que en algunas partes formaba un tapiz de hasta un centímetro de espesor. Este aprendizaje le permitiría luego encarar la reparación de los órganos de la iglesia de San Ignacio y la Catedral Metropolitana.

Hoy, el órgano de San Ignacio se encuentra otra vez desarmado y en reparación. Según Francisco, otro organero con más créditos académicos (pero no con más conocimientos, enfatiza) diagnosticó que su trabajo anterior había quedado mal hecho y propuso uno nuevo. Gajes de la competencia entre organeros.

Fragmento extraído de En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano. por Ricardo Aricapa.

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