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Iglesia de San Ignacio

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La antigua iglesia de San Francisco se construyó entre 1803 y 1809. Sin embargo, en 1927 pasó a ser el templo de San Ignacio de Loyola; cuarenta años después fue elevado a parroquia.

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Potajes, cenizas, orín de caballo, sebo derretido y sangre corrieron por el altar y las naves de este templo. Eran años de guerra civil en Colombia y el edificio se había convertido en cuartel, depósito y pesebrera. Se dice que soldados desesperados se suicidaron en las gradas del altar y que en las pilas bautismales se dio de beber a los caballos. Profanación e inmoralidad en la casa de Dios que terminaron con la guerra, pues las autoridades eclesiásticas de Medellín reclamaron la propiedad y la obtuvieron en 1886.

Ese mismo año les fue entregado el templo, construido por los padres franciscanos, a los jesuitas, quienes antes de bendecirlo le aplicaron escoba, estropajo y mucha agua; y cuarenta años después le cambiaron el nombre de San Francisco a San Ignacio.

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Iglesia de San Ignacio

Para apreciar la parroquia de San Ignacio, en la plazuela del mismo nombre, hay que quedarse en silencio. Como cuando en la noche se oye un ruido extraño y uno abre mucho los ojos para oír mejor. Aun cuando no hay eucaristía, este templo está lleno de sonidos y murmullos. Quizás el más característico es el canto de los loros de la plazuela, que viaja por entre las tres naves, roza los techos y se devuelve cuando choca contra el altar. Al mismo tiempo se elevan las voces de los fervorosos que rezan el rosario en las primeras bancas de la iglesia, gentes que al terminar la misa o antes de ella se unen en el rezo a la Virgen María.

La iglesia de San Ignacio nunca está vacía, y cada una de las 31 misas semanales, veinte de lunes a viernes y once el fin de semana, goza de una asistencia cercana al centenar de fieles, visitantes asiduos y otros esporádicos.

La feligresía proviene de las quince manzanas del barrio Bomboná, y no solo asiste a las misas sino que también participa en los bingos para el mantenimiento del edificio.

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En esta iglesia saltan a la vista el altar mayor dorado y los altares de mármol en las naves laterales. Pero lo que tal vez pasan por alto los cientos de feligreses que día tras día ingresan a ella es su obra pictórica más valiosa: El Viacrucis. Los catorce lienzos de 3,5 metros por tres, pintados por el maestro antioqueño Gabriel Montoya en 1905, llamaron la atención por el tamaño, pues en esa época la gente estaba acostumbrada a las imitaciones de óleos de menor proporción traídos de Suiza y Alemania.

Dicen los expertos que estas pinturas son la obra más importante de Montoya, quien ganó la licitación concursando en franca lid con otro grande del arte en Antioquia, el maestro Francisco Antonio Cano.

La iglesia de San Ignacio también tiene figuras destacadas, como la del Sagrado Corazón, la Virgen de la Dolorosa, la Inmaculada, San Pedro Claver, Santa Teresita, el Santo Cristo y El Santo Sepulcro. Pero ante el que más se postran los fieles es San Ignacio de Loyola.

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