CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
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Una novena para San Antonio
Alfonso Buitrago Londoño
Fotografía Juan Fernando Ospina

Habrá que seguir soñando el sueño entero. Que
un día esta ciudad siembre su corazón en grama.

Alberto Aguirre

El Parque San Antonio es una inmensa factoría de oficios que funcionan con una extraña sincronía, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. En un área de 33 mil metros cuadrados –más de tres veces el Parque Bolívar y casi cinco el Parque Berrío– sobreviven venteros de chicles, confites, tinto, agua, cigarrillos, periódicos, minutos a celular, papitas fritas, chorizos, frutas y verduras; y artesanos, vigilantes, aseadores, despachadores de buses, meseros, cocineros, comerciantes, peluqueros y fotógrafos.

En el parque, como en todo el Centro de Medellín, pasan el día y la noche personas procedentes de barrios populares que llegan a rebuscarse el sustento diario. Llegan en la madrugada, al amanecer, a media mañana, empezando la tarde, a mitad de la noche; se acomodan en un pedazo de acera, en una escalera, en una jardinera, en un local, y con sus cuerpos muelen el material del que está hecha la ciudad. San Antonio es una estación más del sistema masivo de la subsistencia callejera.

Uno de los fundadores de los oficios que dan vida al Parque San Antonio es una reliquia. Tiene la piel morena, 1,70 metros de estatura, sesenta años y una apacible cara de pensionado. Viste gorra, pantalón de dril y camisa, y del cuello le cuelga una vieja cámara Pentax que reposa sobre su barriga. La cámara no funciona, pero lo identifica. Sin ella cualquiera pensaría que es un desocupado. Desde hace diecinueve años, los mismos que tiene el parque, Emilio García toma fotos en San Antonio; lleva más de treinta en el oficio, y antes trabajó en Junín y en el Parque Bolívar. Se cambió de lugar y los tiempos le cambiaron.

–Aquí no hay otro fotógrafo que me supere en antigüedad. Yo les cuento historias de cuando fotocineábamos en Junín y se quedan asombrados –dice Emilio.

Fotografía Juan Fernando Ospina

¿Fotocinear?

–Empecé tomándole fotos sin permiso a la gente que caminaba por Junín, y les dábamos una tarjetica de Fotos Lujo y los que querían iban allá y compraban la foto. En un día tomaba diez rollos de ochenta fotos cada uno.

En el Parque Bolívar enamoró a su esposa. La vio por primera vez sentada en el caballo del Libertador. “Disculpe señorita, usted tan hermosa está como para tomarle una foto. Y si no piensa que la voy a envenenar, me gustaría invitarla a un fresco”, le dijo, y el veneno que le dio fue una unión de 34 años.

–Un día de los niños en el Parque Bolívar empezaba a tomar fotos a las 7:00 a.m. y me iba a las 9:00 p.m. Las colegialas me hacían fila. Cuando estábamos jóvenes también revistiábamos. Les decíamos a las muchachas bonitas que si querían que les tomáramos fotos para una revista y las llevábamos para una pieza. Allá nos posaban en interiores y nosotros disparábamos la cámara con flash, pero sin rollo. ¡Después les decíamos que la revista había dañado las fotos!

Antes de que acabara el siglo Emilio tomaba entre 250 y 300 fotos en un fin de semana; hoy no llega a sesenta. La vieja cámara Pentax es el símbolo de un oficio que muere y subsiste a la vez, como el parque que nunca fue y es.

El teatro de la vida o un barco a la deriva

Le pido a Emilio que me guíe y le tome fotos a los lugares que más le llamen la atención.

–Empecemos con la media torta –dice.

En el extremo norte del parque hay un teatro al aire libre con capacidad para mil personas y una concha acústica de la que sobresale un mástil que sirve de pararrayos.

–A nosotros nos han tocado unas tempestades tremendas aquí, y los rayos caen en ese chuzo y se ve el chispero –dice Emilio.

En las noches los bajos del teatro se convierten en casa de habitantes de la calle, quienes representan, noche tras noche, la gran obra de la miseria humana. Son como los ciegos de Maeterlinck, seres aislados que navegan en sueños en la oscuridad, a bordo de un parque que parece un trasatlántico a la deriva, con el mástil echando chispas sobre sus cabezas.

El telón de la función cae con los primeros rayos de sol, cuando los vigilantes pasan levantando a los náufragos. Detrás viene Nairo Cerquera, de 42 años, más conocido como ‘Tolima’, uno de los dos empleados de mantenimiento del parque, que ese día llegó temprano y le tocó lavar las áreas comunes. Viene del barrio Zamora, donde vive con su compañera y dos hijos.

Nairo baja las escalas de la media torta arrastrando la manguera con que todos los días él o su compañero les echan agua a los cuatro costados del parque, para tratar de disipar la orina que los actores nocturnos acumularon en los rincones. Para concluir la faena hacen falta dieciocho mil metros cúbicos de agua al mes.

Fotografía Juan Fernando Ospina

Otro de los espectáculos que se presentan en la media torta son las reuniones del grupo Alfa y Omega de Alcohólicos Anónimos. Empiezan todos los días a las 10:00 a.m., y sus asistentes, dispuestos a confesar sus pecados y purgar sus penas, son tan fieles como los feligreses de la iglesia de San Antonio.

Cada mañana, grupos de cinco a diez personas se sientan sobre el escenario, de espaldas al parque, para leer en voz alta algún fragmento de Los doce pasos y contar sus experiencias con el alcohol. Uno de los integrantes es un vendedor ambulante que reparte tinto y recoge la colaboración voluntaria.

En las gradas no hay un alma, pero quien quiera puede unirse al grupo de manera gratuita, y por una hora tendrá a su disposición una bien orquestada tanda de monólogos. Es un carnaval sin antifaces en el que no importa la identidad de quien habla: la única condición es escuchar con respeto a cada compañero que se va poniendo de pie.

–Soy alcohólico y estoy sobrio –dice uno–. Llegué aquí mordiendo y ahora me muerden y me muero de la risa. Me preguntan si me da miedo el infierno y les respondo que de allá vengo. Doy testimonio aquí y en cualquier parte del mundo. ¿Qué es Alcohólicos Anónimos? Creer que los muertos resucitan, los ciegos ven, lo sordos oyen y los cojos caminan.

Anticristos de la religión de la sobriedad

Cuando las palomas sienten el sonido de la muleta sobre los adoquines de la plaza central del parque, corren hacia Javier Gil, de 53 años, quien viene de su casa en El Salvador. Camina con una muleta porque se partió el fémur de la pierna izquierda en un accidente. Trabaja en El Hueco haciendo mandados, pero antes de empezar su jornada, entre 10:00 y 10:30 a.m., se sienta a la sombra de un árbol, a un lado de la media torta, a compartir su desayuno con las palomas y con Carlitos, un habitante de calle que lo busca cuando tiene hambre.

Se sienta y abre un maletín del que saca un radio, una botella de licor Norteño, una revista de Condorito y el recipiente con el desayuno que le empacó su madre: arroz, fríjoles, arepa, carne, una tajada de pan, galletas. Se toma un trago y empieza a migar las galletas. Las palomas esperan. Cuando tiene la mano llena lanza las migajas. Hay treinta palomas, ocho tórtolas, dos parejas de azulejos y una pareja de sirirís que picotean sin descanso. El movimiento de Javier se repite dos, tres veces. Mientras las palomas terminan, él se toma otro trago y abre la revista.

–No traigo libros porque me encarreto y se me pasa la hora para ir a trabajar –dice.

Cuando las aves terminan les lanza la “sobremesa”: cinco cucharadas de arroz. En lugar de Carlitos llegan Kojak y Fabio, dos alcohólicos veteranos que se encuentran por las mañanas para tomarse media de Norteño. Saludan y se sientan. Javier los conoce pero no comparte su licor con ellos.

–Aquí nos armamos la fiesta –dice Kojak.

–Esta es mi oficina –dice Fabio–. Yo soy administrador de empresas y trabajo con el celular haciendo asesorías. De aquí puedo ir fácilmente a La Alpujarra o a la Cámara de Comercio cuando tengo que hacer una diligencia.

A las 11:30 a.m. Javier vuelve a meter sus pertenencias en el maletín, se despide y continúa su camino, golpeando la muleta, hacia su trabajo. Fabio y Kojak se quedarán otro rato, hasta que se acabe la botella. En la media torta los monologuistas anónimos rezan la oración de despedida: “Yo soy responsable. Cuando cualquiera, dondequiera, extienda su mano en busca de ayuda, quiero que la mano de AA siempre esté allí”.

Un malecón sin mar

Fotografía Juan Fernando Ospina

Aunque a veces parece un desierto, en las tardes a las aceras del parque les nacen ramificaciones de personas que hacen fila para tomar un bus, y en las esquinas brotan carretas repletas de aguacates, tomates, mandarinas.

–Para que quede bien bonita, la carreta se puede cargar con 350 kilos de aguacate, unas 600 unidades, o si uno le encartona los lados le puede echar 400 kilos de mandarina –dice Santiago, dieciocho años, vendedor ambulante desde que tenía once. En tercero de bachillerato abandonó el estudio y se dedicó al rebusque.

–Vea pues esta foto –dice Emilio parado cerca de la esquina de Junín con Maturín–. Se ven las palmeras, el aviso del pasaje de los artesanos y la gente.

Entre esa esquina y la que sigue hacia el oriente se extiende un pasaje de unos cien metros en el que hay 52 puestos de artesanías, 65 palmeras y un rebaño móvil de vendedores de minutos a celular, chorizos, afiches, papas fritas, guarapo y tinto, tan difíciles de contar como las cabras. El pasaje es en realidad un espacio que corre paralelo a Maturín y a un edificio de dos plantas pensado como apoyo a una posible extensión del Metro hacia el oriente. En el segundo piso, marcado por un letrero que dice “Son y Sabor”, funciona una discoteca de enamorados.

–Ese es el punto donde los costeños y los morenos hacen el encuentro del noviazgo –dice Emilio–. La mayoría son obreros de construcción y empleadas del servicio. Ahí se emborrachan y bailan, y al final de la noche el moreno le dice a la morena: “bueno mi amor, vamos a ver dónde amanecemos”. Ese es el programa de cada ocho días.

Así se conocieron Deudelina Villa, cartagenera, y Aristarco Rentería, chocoano. Ella trabaja en una casa de familia en Envigado y él en una obra de construcción. Los sábados, liberada de sus obligaciones, Deudelina se iba para San Antonio a encontrarse con una amiga. Les gustaba tomar cerveza en el local de Elkin Ortega, que se llama Hamburguesas San Antonio aunque hace tiempo no venda nada de comer.

–A los morenos solo les gusta el pescado –dice–. Y les encanta la cerveza.

Deudelina estaba sentada tomando cerveza cuando se acercó Aristarco y la invitó a bailar. Empezaron a conversar y quedaron de verse el sábado siguiente.

–Aquí se cuadran y se desbaratan matrimonios. Viene el que quiere conseguir novia y el que deja a la mujer en la casa para verse con otra.

Al año de estar saliendo se fueron a vivir juntos al barrio Las Independencias, y al siguiente Deudelina quedó embarazada. Hoy tienen un hijo de tres años. Aunque ya no van tanto como cuando eran novios, San Antonio sigue siendo el lugar donde sus paisanos y colegas se encuentran con los amigos. Una zona rosa para la gente negra, que se extiende hacia la mayoría de locales de la galería occidental y algunos de la oriental, y los fines de semana coloniza gran parte del pasaje.

–Este es el parrandeadero de puros morenos de Chocó, Turbo y Buenaventura –dice Emilio.

Los sábados por la noche no hay por donde caminar. La comunidad negra convirtió ese espacio en un pedazo de su tierra. Atraídos por las palmeras y los locales comerciales, montaron negocios para comer, beber, bailar y cortarse el pelo. Y disfrutan como en territorio liberado, como en un palenque en pleno Centro de Medellín.

Una puerta sin pedestal y un duende en un jardín

Fotografía Juan Fernando Ospina

–Camine le tomamos a la puerta –dice Emilio.

En la esquina nororiental hay una escultura llamada La puerta de San Antonio, del artista Ronny Vayda, donada por la Cámara de Comercio en 1995.

–Antes estaba en el piso y no tenía protección y la gente se arrimaba a orinar. Eso oxidó la base y ladeó la escultura. Un día en un aguacero se cayó y tuvieron que amarrarla –dice Emilio.

Al frente de la puerta, hacia Junín, está el puesto de Luis Fernando Hoyos, uno de los artesanos del parque.

–Yo vivía preocupado porque pensaba que se me iba a caer encima. Le tuvieron que cortar la base y montarla en ese mármol –dice Luis Fernando.
–Ya la gente se mea y no la perjudica –dice Emilio.
–¿Se siguen meando? –le digo.
–¡Ave María por Dios! Usted cree que uno por aquí de noche con ganas… Lo saca el que sea –dice Emilio.
–Yo no entiendo cómo un artista instala una obra en esas condiciones –dice Luis Fernando, quien es maestro en Artes Plásticas de la Universidad Nacional.

Desde que estaba en el bachillerato se interesó por las artesanías. Tiene un puesto en Sanalejo hace treinta años y ha sufrido todos los desplazamientos que ha vivido su gremio. Estuvieron en La Playa hasta que llegaron los casinos y los sacaron. Los metieron al Pasaje La Bastilla pero allá no vendían y volvieron a la calle. Finalmente, hace ocho años, los dejaron ubicarse entre las palmeras de San Antonio, y fue como si hubieran atracado en puerto seco.

Ya con sus estudios universitarios se convirtió en “diseñador artesanal étnico”, y su puesto es taller y vitrina de bolsos y accesorios de cuero “personalizados” que vende a clientes en Quibdó, Montería y Miami.

–Estudié a los africanos, los materiales que utilizan, y trabajo con cueros de desgaste para hablar de lo étnico –dice Luis Fernando.

Hay días en que se le puede encontrar al amanecer. El sol atraviesa La puerta de San Antonio calentando el acero del que está hecha, pega contra el aluminio brillante de los módulos de los artesanos y acaricia las palmeras que apenas se despiertan. Luis Fernando abre su puesto y empieza a colgar del techo bolsos naranjados, verdes, rojos, cafés, negros; los va trenzando como una enredadera hasta cubrir el frente del negocio. Adentro queda espacio para un esmeril, una remachadora y una mesa donde corta y cose. Es calvo y flaco, y a través de ese entramado de bolsos parece un duende encerrado en un jardín de cuero.

Dos pájaros trágicos

Fotografía Juan Fernando Ospina

Le pregunto a Emilio con cuál fotografía seguimos y señala dos de las cuatro esculturas de Fernando Botero que hay en la plaza central. Son los famosos “pájaros”.

–Esto es histórico por la bomba que hubo. Le puedo coger el pájaro bueno y el pájaro malo –dice Emilio.

Pone la cámara digital enfrente y mete los pájaros en el encuadre. En el pedestal del pájaro malo hay una placa conmemorativa con los nombres de las veintitrés personas que murieron ese 10 de junio de 1995. Algunos están borrosos, pero el recuerdo permanece nítido en la mente de Emilio y los sobrevivientes; además, está grabado en el metal retorcido del pájaro malo, que fue dejado en el mismo lugar por petición de Fernando Botero. Casi cinco años después, en enero de 2000, el artista instaló un nuevo pájaro al lado del destruido, “como símbolo de una ciudad que no se quiere dejar intimidar”, según dijo la prensa de esos días.

–Cuando uno no se va a morir… Yo estaba orinando en un bar –dice Emilio.

En el extremo oriental, a ambos lados del Pájaro, había un bazar de artesanos. Una de ellos era Myriam Mora, de sesenta años y media vida como artesana.

–Ese día llegué tarde –dice Myriam–. Había llovido. Mis hijas llegaron temprano y pusieron el tendido a un lado del pájaro, pero unos policías les ayudaron a mover la mercancía hacia unas carpas que había a unos veinte metros para que no se mojara. Me senté con ellas. Chema y Norbey, otros artesanos, se rieron de mí toda la noche porque se habían quedado con el lugar al lado del pájaro. Antes de irnos caminé hacia la tarima para buscar a una de mis hijas y dos nietas que se habían perdido. Vi que mi hija menor estaba bajando a la nieta mayor del pájaro. De pronto vi una bola de humo gigante y una onda me levantó y me tiró al suelo. Me cayeron esquirlas en la cabeza y cuando me fui a parar no pude porque tenía una pierna fracturada. Miré para donde estaba el tendido y vi una mano desprendida del cuerpo, y a una morena que estaba vendiendo chuzos y a su hijito tirados en el piso, muertos. Chema y Norbey también murieron. Mis hijas, mis nietas y mi yerno quedaron heridos. Se salvaron porque la onda cogió hacia la tarima y el centro de la plaza.
–Salí a la carrera del bar y cuando llegué vi una llamarada –dice Emilio–. Había gente herida y me tocó ver a una señora embarazada a la que se le salió el bebé de la barriga. Ni la policía, ni la defensa civil, ni los bomberos daban abasto.

Un rostro desconocido

A través de su cámara Emilio es capaz de ver más allá de lo evidente. En el costado sur de la plaza está el Torso masculino, otra de las obras de Botero, que no necesita cabeza ni brazos ni piernas para ser testigo del espectáculo cotidiano del parque.

–Mire el torso, ¿qué figura alcanza a ver? –dice Emilio.
–¿Dónde?
–¿Le ve la cara?
–¿Cara? Pero si no tiene cabeza…
–Mire bien.
–Ah, sí señor, tiene una cara.
–Los ojos son las tetas, las costillas son los cachetes, y abajo la nariz y la boca. Es como el vigilante que mira el parque, pero nadie le ha visto la cara. El torso tiene una hoja que le cubre el sexo. Las personas que van a tomarse fotos en él alzan el brazo y se agarran del tallo de la hoja, como si quisieran desnudar por completo a ese Adán de rostro escondido.

Unas curvas cómplices y un cartomancista

Fotografía Juan Fernando Ospina

–Vamos a tomarle a la Venus –dice Emilio.
La Venus durmiente, la última de las esculturas de Botero, ubicada en el costado occidental, sirve para entretener deseos y ocultar delitos.
–¿Usted me había dicho que esas curvas eran como las montañas de Medellín?
–No, qué montañas ni qué nada. Eso es una gorda acostada.
–Ah, entonces creo que se lo oí a un arquitecto.
–Aquí les da por tomarse fotos sentados en ella o acostados entre las piernas. Le cogen los senos y le dan picos en la trompa.
Emilio saca unas fotografías impresas que tiene en el maletín. Hay muchas de mujeres negras posando bajo los árboles del parque.
–De esto vivo yo, de las empleadas del servicio que vienen a tomarse fotos.
Se detiene en una de la Venus con dos jóvenes parados encima de ella.
–Vea, esta se la puedo regalar –dice.
–¿Y si vienen a reclamarla?
–No hay problema, eran dos ladroncitos del parque que ya mataron.
Ahí detrás de la escultura despelucaban al que les daba la gana. No los veían del CAI ni quedaban grabados en las cámaras de seguridad.

En ese lugar, al caer la tarde, se puede encontrar a un hombre capaz de leer el porvenir. Se llama Francisco Rodríguez, más conocido como ‘El Guajiro’, de 78 años, quien vino por primera vez a Medellín en 1950. Fue marinero y conoció los puertos de medio mundo, y desde que tenía siete años aprendió de sus ancestros a leer las cartas.
–¿Usted sería capaz de leerle las cartas al parque? –le digo.
– Tendría que ser un profeta y yo soy cartomancista. Si quiere se las leo a usted. Las cartas son para las personas.
El Guajiro se ve triste. Lleva chaqueta y una boina. Saca una baraja española de un maletín de plástico, revuelve y me pide que parta. Pone una carta al lado de la otra hasta completar un par de hileras. Me habla de lo bien que me va a ir, de dinero, de una casa, de matrimonio. Entre augurio y augurio le pregunto por su vida. El día anterior habría cumplido años su esposa, si estuviera viva. Murió hace seis meses.
–Estuve bien todo el día, pero me dio nostalgia –dice.
Vive en la habitación de un inquilinato en Niquitao, a pocas cuadras de San Antonio. Cuando no está en el parque atiende a algún cliente en su habitación o en La Alpujarra, donde a veces lo contratan funcionarios.
Cobra cinco mil pesos por la leída.
–Anote estos números. Mejor preste la libreta que cuando yo los copio sale mejor –dice, y escribe un tres, un dos, un cuatro y un siete, y debajo un seis, un dos, un cuatro y un cinco.
–Juéguelos hoy mismo.
Le agradezco y le doy veinte mil pesos.
–Vea, usted me cayó bien –dice, y saca del maletín una botella plástica con un líquido rosado y espeso que parece champú. La destapa.
–Huélalo. Es esencia de rosas y cuanta hierba se pueda imaginar. Te untas un poco detrás de las orejas y nadie va a hablar mal de ti. Si es para el amor, te lo untas en el pecho. Te lo regalo.
Dice que tiene que ir a recoger una ropa que dejó lavando, se despide y camina lento hacia Junín.

El parque del amor o el nombre de la rosa

En San Antonio, como en el resto de la ciudad, el norte es humilde, informal y arrebatado; en cambio, el extremo sur, separado de la plaza central por la calle Amador, donde quedan la Iglesia, la Alianza Francesa, la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU) y un CAI de la Policía, es blanco, institucional y recatado.

–Si quiere vamos a la iglesia y tomamos una desde allá y usted cuenta la historia del parque del amor.

Pasar Amador es como cruzar el charco sin necesidad de visa, como encontrarse de repente en un parquecito de una ciudad europea, muy enjardinado, bien barrido y custodiado por vigilantes jalados por perros. A los visitantes, como a los inmigrantes, se les permite quedarse si se saben comportar.

Fotografía Juan Fernando Ospina

En la Alianza, una noche cualquiera, se puede asistir a una exposición de arte y degustar una copa de vino gratis. La sala de exposiciones está al lado de una mediateca que podría ser la de cualquier biblioteca parisina. En el primer piso hay una librería con libros en varios idiomas.

–Antes el parque no tenía las jardineras, era manguita nada más –dice Emilio–. Si usted venía un sábado o un domingo por la noche veía parejitas haciendo el amor. Ahora se jodieron porque les pusieron celador con perro.

Afuera de la Alianza hay un restaurante con terraza en el que un café y un croissant parecen tasados en euros. Cuestan media jornada de cualquier ventero ambulante del norte. Blanca Cano, profesora de francés desde hace dieciocho años, solía ir allí con sus amigos a tomar café. No olvida una vez que se quedó contemplando a un monje franciscano que iba camino de la iglesia. Le pareció de otra época.

El lugar donde van a morir los gallinazos

La iglesia y el convento están rodeados de locales comerciales y oficinas de la EDU. Desde la plaza solo es posible ver la cúpula y los dos campanarios, que parecen flotar sobre las copas de los árboles.

En el convento viven seis monjes franciscanos que se levantan todos los días a las 5:00 a.m. para rezar en comunidad, y a las 7:00 p.m. se retiran a sus habitaciones después de haber atendido el despacho parroquial y las eucaristías. Todos los días reciben a decenas de personas que buscan la intercesión de San Antonio, el santo de los novios y las cosas perdidas, y les piden ayuda para un mercado, conseguir trabajo, viajar al pueblo de donde vinieron desplazados.

Piedad Cardona es una de las encargadas de hacerle aseo a la iglesia.

La recorre con una trapeadora y una espátula para quitar los chicles que los fieles tiran y quedan pegados a las baldosas. Ha oído voces y visto sombras, pero se encomienda a Dios y sigue su trabajo. A veces le parece que vienen del osario, ubicado debajo del altar.

–Hay gente que no es capaz de entrar –dice.

Piedad enciende las luces y al descender las escaleras se siente frío y olor a humedad. Los muros son altos, de más de cinco metros, y los pasadizos estrechos. Las lámparas de neón titilan y proyectan sombras sobre las lápidas. Hay urnas abiertas y cofres sin tapa, y da la impresión de ver manitos pedigüeñas.

Por estos días en San Antonio escasean los entierros pero abundan los bautizos.

–Les tomo fotos a los niños que van a bautizar antes de entrar a la iglesia y salgo corriendo a imprimirlas. Cuando salen se las ofrezco a los padrinos –dice Emilio parado en el atrio.

Todos los sábados, a las 8:30 a.m., grupos de veinte a cuarenta niños son proclamados católicos en la pila bautismal. Muchos de ellos son hijos de quienes se rebuscan la vida en el parque. En el atrio hay niños vestidos de marineritos y niñas con guantes y vestidos de encaje. Los padres y padrinos lucen sus mejores trajes: camisas de cuadros y pantalones los hombres, vestidos con accesorios brillantes o pantalones estrechos y blusas escotadas las mujeres.

Alrededor de las copas de los árboles vuela un gallinazo que pasa por encima del atrio. De pronto se oye un golpe contra un poste. El animal cae junto a las escaleras que dan a la Avenida San Juan. Un joven amanecido, quizás drogado, lo recoge y sube con él entre los brazos.

–Es mío, es mío –grita dando vueltas por las jardineras con cara de desquiciado. Camina con el pájaro muerto hacia la plaza y se pierde por un rato. En la iglesia se oye el coro de llantos de los niños que pasan por la pila. A la fe llegan entre gritos. El joven regresa con las manos vacías, manoteando.
–Ahora son niños bendecidos, limpios de pecado, nuevos para el mundo –dice el sacerdote al final de la ceremonia. Afuera, un vigilante con su perro obliga al joven a irse del parque.

Fotografía Juan Fernando Ospina
 
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