CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
La Minorista
Eliana Castro Gaviria

Minorista

A esta hora, nueve de la mañana, en el sector de las frutas, una veinteañera de ojos claros le explica a tres gringos, de pantalonetas y gafas oscuras, a qué sabe una guayaba. “Sweet, super sweet”, les dice, y les entrega la guayaba “white color” con una cuchara. Uno de los hombres, mayor, canoso, toma fotografías y la mujer escribe algo en su libreta. Al lado, Manuel escucha sin poner atención, mientras saca las pulpas de fruta del congelador. “¿Que por qué no me vine de Guayaquil pa acá?”, se pregunta y se contesta: “Eso es como uno buscando una mujer: a veces uno lo encuentra por aquí, otras veces no. Yo quería una mujer buena, me fui a buscarla a Laureles y monté una cantina, pero por allá solo estaban las malas”. Nació en Santo Domingo, nordeste antioqueño, pero a los seis meses se lo trajeron para Medellín. A los quince años Manuel ya vendía cortes de pantalón y camisas de segunda en Guayaquil, después tuvo una cantina en Laureles, y más tarde, en los noventa, llegó a la Minorista a vender limones y naranjas a las afueras. No dio pelea alguna. Ahorró tres millones y medio y compró el módulo en el que ahora vende frutas y pulpas, a 1500 pesos. “A la brava” fue uno de los primeros en instalar congeladores en la plaza.

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“Mucha gente cree que la plaza apareció por arte y magia, y no: esto fue una conquista; la ciudad no sabe lo que hicieron los comerciantes por conseguirla”, dice Horacio Álvarez, sentado detrás de varios estantes con pastillas, píldoras, curas, cremas, bebidas y demás medicinas. Su farmacia, El Titán, está ubicada en las afueras de la plaza, por el ala sur, parqueadero. “Para construir esta plaza nos tocó ser comunistas, liberales, conservadores, anarquistas, demócratas cristianos, moiristas, de todo”.

En los setenta, Horacio fue una de las cabezas de los cinco sindicatos que lucharon por la construcción de la plaza Minorista José María Villa. Él, cuando tenía doce años, bajaba diario desde las lomas de Bello a vender las legumbres que iban quedándose del puesto de su papá en la vieja plaza de mercado de Cisneros. Años más tarde fue uno de los primeros venteros ambulantes de lo que llamaban El Pedrero, aquella calle molesta y empedrada, la Díaz Granados, donde la plata iba de un lado al otro en puñados, y que tantos problemas dio hasta su desalojo.

Medellín iba a mudar de piel. Para eso necesitaba despedirse de sus calles angostas, su plaza de mercado, los viejos edificios Carré y Vásquez, el pasaje Sucre, la estación del ferrocarril, pero sobre todo de sus gentes bulliciosas y campesinas. Precisamente, de todo aquel centro histórico, Guayaquil, esplendoroso a comienzos de siglo, pero sucio, rebuscador y vagabundo en los cincuenta. Las estrategias de desalojo, cuenta Horacio, variaron con los años y las administraciones: incendios, grupos de policías y bomberos desbaratando puestos y haciendo agua mercancías, calabozazos de hasta treinta días. La orden era evacuar. Entre 1960 y 1975, la plaza cubierta sufrió unos tres incendios provocados. Con el incendio del 68, quedó destruida y la administración municipal resolvió la construcción de la Mayorista, adonde volcó el comercio de la ciudad y “allá fueron a dar los más riquitos o los conformistas”, dice Álvarez. Otros buscaron lugar en las plazas satélites de Guayabal, La América, Castilla o Belén. Los que no tuvieron cómo irse o no quisieron pasaron a engordar El Pedrero.

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Con los años, “un alcalde inteligente”, a decir de Horacio, decidió dejar la calle sola: sin seguridad, sin rutas de buses y sin servicio de aseo; una isla en la ciudad. Empresas Varias suspendió la recolección de basuras y la policía acordonó la plaza: no actuaba, no cazaba ladrones, vigilaba a distancia. Un grupo de trabajadores de las mismas Empresas Varias abrió brechas por los alrededores la plaza para que los camiones no pudieran descargar mercancías y los habitantes de la ciudad tampoco cruzaran el camino. Sucia e insegura, los clientes se hicieron menos en el mercado. Ser de El Pedrero era igual a ser delincuente en la Medellín de los setenta. Sin embargo, los comerciantes no cedieron. La consigna era una: “Es preferible morir rápido que morir de hambre”.

El hambre y la rabia orillaron a muchos como Horacio al sindicalismo. En Guayaquil había sindicato de venteros estacionarios, de vendedores de pescado, carretilleros, trabajadores independientes y chatarreros. Movidos por ellos, resultaron las estrategias de la contraparte: las mujeres empezaron a simular peleas entre ellas con las cachazas de las cajas de tomate, y mientras la policía las separaba, los hombres tapaban las brechas y recogían las basuras. Los venteros amenazaron con “pedrerizar” Medellín y al finalizar la jornada, cada uno llevaba una bolsa de basura y la soltaba en cualquier calle de Medellín. A la una de la mañana, todos los días, subían por la Avenida de Greiff y descargaban carretas de basura en el Palacio Municipal.

En ese clima de resistencia, el último sábado de algún mes de mediados de los setenta, Horacio supo por casualidad de la clausura de las sesiones del Concejo. “El papayazo era el mejor”, recuerda. Subió a El Pedrero y convocó a la gente: ese día venderían cebolla, papa, zanahoria, tomate, pero en el mismísimo Palacio. Y allá se plantaron con sus legumbres, con sus frutas, “cinco de tomate, cinco de arracacha”, gritaban, y apenas los vieron, a los concejales, a ellos fueron a dar los tomates.

No desalojaron el Palacio hasta lograr una audiencia con el Concejo Municipal y un documento escrito en el que el secretario de gobierno autorizaba la recolección de basuras y suspendía la apertura de brechas en El Pedrero. En la audiencia con el Concejo dijeron lo que tenían atrancado en el pecho: necesitamos una plaza popular. En 1980 se aprobó el Acuerdo 30 para su construcción; solo hubo un voto en contra. En primera instancia, un alcalde, de apellido bélico, se negó y propuso la construcción de un mercado campesino. La propuesta no caló, volvieron las manifestaciones, se hicieron amigos de políticos y la administración tuvo que aceptar. Horacio cuenta la historia sin afán, va y vuelve en el tiempo, con aire y orgullo, como un Ulises narrando su odisea.

Mediante los sindicatos, los comerciantes participaron del diseño, la adjudicación de locales, la elaboración de contratos y pusieron sus condiciones: dispusieron que la nueva plaza tenía que estar ubicada en San Benito, no en El Chagualo o por los lados de la Feria de Ganado como algunos querían; los primeros dos meses no pagarían servicios; hablaron de usufructo hereditario para que los locales pertenecieran siempre a familias; avisaron que en la plaza también se vendería licor menudiado, porque había gente que solo sabía vender ron y cerveza. En los últimos días de El Pedrero, los concejales ya conocían a Horacio como el Caimán por todas aquellas exigencias: “La Minorista no iba a ser de nadie que no hubiera peleado por ella, los que estábamos en la vía pública”, dice.

En volquetas, el 15 de agosto de 1984 se trasladaron 2650 comerciantes a la nueva plaza. Uno de los pocos traslados de venteros en el mundo que parecía una fiesta. Sin embargo, en la misma ceremonia de inauguración empezaron las batallas por los incumplimientos.

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Caliche vivió El Pedrero en su esplendor. Recién desempacado de Barbosa, pasando las noches en la vieja pensión Cundinamarca, por Amador, Caliche vio vender un racimo de plátano que costaba un peso con cincuenta centavos por cien pesos. Un escándalo. “Póngale que yo vendiera ese mismo racimo en un millón de pesos, hoy”. Durante diez años, vendió yucas y plátano. Ocho pesos costaba entonces un bulto de yuca.
—¿A cuánto este aguacatico? —le pregunta un hombre de unos sesenta años.
—Mil quinientos.
—Está muy maduro, pero llevémolo a ver, a la mano de Dios… ¿Están hablando de El Pedrero? A mí me tocó ir como de tres años con mi mamá, yo le ayudaba a comprar el mercado.
—La vida allá era muy buena, ¿no? Todo era barato. O mentiras, eso viene a ser el mismo nivel —concluye Caliche mientras empaca el aguacate.

Allá, en El Pedrero, recibió el nombre con el que lo conocen todos a pesar de llamarse Moisés. Era experto buscando calichitos —piedras pequeñas— para jugar machuque. Cuando la plaza vieja se quemó y El Pedrero pasó a ser conocido como El Quemao, fue uno de los que se trasladó a la Mayorista, pero pagar 450 pesos por el alquiler de una bodega era una misión titánica.

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La Minorista

María Elena agarra un tinto, sin azúcar, y compra un cigarrillo antes de regresar a la plaza y vender los últimos limones del día.
—Yo no soy capaz de salir de la casa sin maquillarme, oiga —dice.
—¿A las tres de la mañana?
—A la hora que sea.

Con los zapatos rotos, viuda y madre seis hijos, María Elena buscó trabajo en la plaza de mercado Minorista treinta años atrás. Lo primero que hizo fue atender en uno de los restaurantes de los alrededores, pero en dos semanas no recibió un peso. Entonces, un muchacho que tenía un puesto de legumbres al frente le regaló dos cajas de mango y le dijo que las menudiara. Piratear era una vieja costumbre de la plaza vieja, Cisneros, de donde venían muchos: comprar veinte o cincuenta plátanos, extenderlos en un cartón, sentarse en las afueras de la plaza y venderlos a cien pesos. Empezó con mango y plátano, siguió con tomate, cebolla, legumbre. Alcanzó, incluso, a tener un puesto propio adentro, por el sector de chócolo, que le costó cien mil pesos. “Pero eso allá no servía, ahora es que sirve, antes era muy solo”. Ahora es que sirve porque ese sector conecta con la estación del metroplús.

María Elena tira la colilla del cigarrillo, bota el vaso del tinto y regresa a la plaza, son las diez de la mañana. Mientras camina, escucha la descarga de ofertas de sus compañeros porque va acompañada por una visitante: “A la orden madre, venga le vendo, bolsita a mil”; “Amiga, qué busca, venga yo le vendo…”; “Gane el chance con la vela y la oración”, “Fresas a dos mil”, “Cincuenta arepas en dos mil”. Su espacio en la plaza es un taburete y tres canastillas de limón, en un rincón de un puesto de legumbres de un par de hermanos que la dejan estar ahí. “Yo les ayudo a estos muchachos, les hago mandados, les pelo cebolla y ellos no me cobran nada”. Revuelve la primera canasta con limón y se sienta.

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“Lo que querían era hacer La Alpujarra”, dice Alberto y termina de atar un paquete de hojas de plátano. El puesto de legumbres de Alberto no tiene nombre, aunque secretamente lo llama “el tugurio de la hoja”. “Guayaquil era una cochinada con nosotros allá, éramos unos tugurianos; conseguíamos un puesto, nos iba bien, vendíamos ese pedacito y armábamos otro más allá”.

Alberto es mono, canoso, y lleva un delantal azul que parece más viejo que la Minorista misma. La misma tarde que llegó a Medellín, proveniente de Argelia, recogió un bulto de tomates y repollos podridos, se sentó, los lavó y empezó a venderlos en Guayaquil: treinta por cincuenta centavos, a veinte la pila. Estando en esas, se lo llevaron a prestar servicio militar y apenas lo soltaron regresó a El Pedrero. Pero la plaza ya no era la misma. A cada rato terminaba debajo de los buses de Rionegro, entre Maturín y Amador, escapándose de los garrotazos de la policía y viendo cómo tiraban a los camiones las pilas de yuca y los atados de zanahoria de los puestos. Ya no sabe cuántas veces fue a dar a la cárcel, pero por revolucionario pudo escoger un buen puesto en la nueva plaza, en el segundo piso, cercano a las escalas centrales.

A diferencia de muchos, Alberto nunca cambió ni de puesto ni de sitio. Todavía vende legumbres de segunda, como hace medio siglo. “Alguien tiene que venderlas —explica— porque hay gente que tiene que comer de esto, hay gente que no tiene mil pesos pa un kilo de zanahoria y aquí lleva dos”. Las vende en compañía de Gabriel —un hombre silencioso, de brazos musculosos y pelo negro, ondulado—, compañero de El Pedrero que se quebró varias veces en la Minorista “porque le tocó un puesto marginado, por allá en las esquinas”. “No somos familia, ni hermanos, y el hecho no es que seamos como hermanos, sino lo bonito: una sociedad de 33 años sin un problema”.

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Hubo goles y también autogoles. Tres días antes de la inauguración, ya había gente en la plaza, comerciantes que no hacían parte del censo que se hizo en El Pedrero. Empresas Varias empezó a declarar caducidades de contratos, aumentó el canon de arrendamiento y muchos quebraron. “Veníamos sin territorio, sin dios ni ley, y la plaza se anarquizó”, dice Horacio.

Abajo se vinieron dos intenciones propias: si bien la plaza había sido diseñada por sectores —carnes, legumbres, frutas, ropa—, muchos ofrecieron, vendieron y compraron locales en cualquier sector sin importar su vocación; por eso ahora, en el primer piso, hay un bar entre un puesto de empaques y uno de frutas. Y aunque los sindicatos habían exigido que desde Colombia, Carabobo y la Regional, hacia la plaza, no se pudieran establecer negocios similares, más temprano que tarde la plaza estuvo cercada de comerciantes informales como en Cisneros. “Cuando nos administraba Empresas Varias, parecíamos como esas imágenes de Palestina después de un bombardeo de Israel”, recuerda Horacio.

Luego, por los mismos noventa y comienzos del dos mil vinieron las muertes diarias. Primero eran por peleas con los carretilleros bravos de Santo Domingo, después por los ladrones que se apoderaron de la plaza, luego aparecieron las bandas y después las operaciones de limpieza. En 1998, con la Ley 142, Empresas Varias entregó la administración de la plaza y antes de ir a manos privadas, los comerciantes se organizaron y crearon una cooperativa, Coomerca. “Es increíble lo que han hecho los comerciantes por la plaza a través de la cooperativa. Cuando Empresas Varias la administraba se perdían 1500 millones de pesos anualmente; la cooperativa, al primer año, la hizo autosostenible. Para que vea que las comunidades son capaces si las ponemos a participar”, comenta Álvarez.

Con los años, por amigos diputados, Horacio supo que al interior de la política antioqueña a la Minorista no le daban más de cinco años de vida. Y que por lo mismo, había sectores mal construidos.

“Y vea, 33 años ya. Aquí se generan ocho mil empleos directos y una cadena de valores impresionante que va desde el campesino que viene, vende y compra, el carretillero, el vendedor de chances, hasta el desplazado que todos los miércoles se lleva un mercado de la plaza”.



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En el primer piso, en la sección de carnes, suena una canción de Rubén Blades: “Mira pa un lado, mira pal otro y no ve a nadie / y a la carrera pero sin ruido cruza la calle”.
—¡Nunca! —le reclama Tabaco a una morena, crespa, de anteojos.
—Dejá de ser mentiroso —le responde ella escondiendo la máquina de chances en su vientre.
—Le cogí un chance hace como dos años y no me lo iban a pagar que porque el número estaba vetado y esta no se dio cuenta.
—Tres, me has cogido tres chances y desde hace treinta años no porque apenas empezaste a comprar hace dos —responde Gladis, y sigue embobada con la revista de Condorito.

La carnicería de Tabaco está ubicada casi al final del pasillo que da al parqueadero, rodeada de grandes carnicerías con hombres vestidos de blanco, gorros en la cabeza y hasta mallas en la cara. A las once de la mañana, el delantal de Tabaco está envuelto en manchas de sangre. De once hermanos, nueve fueron carniceros. Tabaco no podía resultar doctor. Con dos hermanos aterrizó en la Minorista desde la plaza de Castilla. Todos “flacos y desbaratados”, los llamaron los Tabacos. En la plaza, dice, encontró cuatro palos y un tierrero. “Hagan”, les dijeron. Entonces las carnicerías eran de baldosín y la carne permanecía expuesta todo el día. No como ahora, que hay básculas, la carne se corta con sierra —ya no con hacha— y hasta las cavas deben ser más eficientes y no afectar la capa de ozono. Durante muchos años, el negocio no tuvo nombre, nomás un escudito del Atlético Nacional que alumbraba una pared. Apenas se murió el hermano mayor, hace nueve años, Sergio quitó el escudo y puso letrero con su nombre, en fondo rojo y azul, como debía ser. En esos chistes que suelta la vida, uno de los hijos le resultó vegetariano y tiene una nieta que cada vez que lo ve le dice: “Papito, huevo, huevo”.

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“La báscula, ese sí que fue un cambio berraco pal cliente —cuenta Pedro sentado al frente de Piamonte, la carnicería más antigua de la plaza—. Eso nos roba, decían, y uno les tenía que explicar: si la báscula te da 900 gramos, te cobra 900 no mil”. Pedro creció en esta plaza, ayudando a su papá, don Pedro. Estudió zootecnia y ahora se encarga de “la consecución de la materia prima” de la carnicería, que viene de la feria o de las fincas. A cuentas suyas, la Minorista es la plaza que más carne vende en Medellín, por encima incluso de la Mayorista. Fue él quien convenció a su papá para que la carnicería pasara de llamarse California a Piamonte: “Más elegante”.

En el costado izquierdo de las carnicerías, sentado en una butaca, el administrador de otras de las carnicerías sentencia: “Esto sigue siendo muy pueblo, la gente es de la ciudad, pero la plaza es muy colorida. Esto es como un pueblo dentro de una ciudad… un pueblo muy paisa”.

Lo mismo que el cronista Alberto Upegui Benítez escribió alguna vez sobre Guayaquil: “Una ciudad dentro de otra”.

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Por la puerta 6, sector de la ropa usada, María Elena convence a una jovencita de pelo corto, delgada, para que compre un vestido rojo, entallado. “¿Sabe cuánto cuesta un vestido así en otra parte? Yo le pongo cien mil”. La muchacha agarra un par de sombreros, uno de mariachi y otro de señora distinguida de los cincuenta y se los mide delante del novio. Posa. Del local Las Orquídeas, brotan sombreros y vestidos de un refrigerador en desuso. Al final, la muchacha se decide por otro vestido de pana, negro, y por un par de sombreros de playa: el vestido le costó veinte mil pesos y los sombreros quince. “Esos son los clientes míos, muchachos teatreros”, dice María Elena.

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En la Minorista, Horacio quebró con su primera salsamentaría, La Florida. Y no una, dos veces. Vendió y compró un restaurante. Hace cuatro años, empezó a administrar otro local, una farmacia a la que llamó El Titán en honor a todas sus caídas. Ya no hace sindicalismo, porque a los sindicatos también los dejaron solos para acelerar su desaparición, pero él permanece alerta, como un caimán, porque sabe que ahora hay otras cosas por las cuales luchar: por la capacitación de los comerciantes, por la actualización de los más viejos que todavía tienen tiendas con mostradores de madera, por la igualdad. “Vivo a la expectativa, cualquier amenaza a la plaza o a su gente, y yo voy a ser uno de los primeros soldados que sale a defenderla”, dice.

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