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Clínica Soma
Sara Zuluaga

Clínica Soma

El cruce más importante del centro de Medellín –Av. Oriental con La Playa– es conocido por el alboroto, por los vendedores ambulantes y por las mujeres que caminan rápido arrastrando a sus hijos, como huyendo. En una de esas esquinas hay un gran edificio con un mural pintado en colores vivos al costado, –por ahí han pasado todos– seguramente pocos saben la historia de ese lugar, que como muchos, empezó con un par de amigos y unas ganas desbordadas de hacer algo por su ciudad.

En los años cuarenta la heladería más famosa de la ciudad era La Fuente, ubicada en la carrera Junín, muy cerca al Club Unión. En ese lugar se ponían cita trece médicos amigos que recién llegaban de hacer sus especializaciones de Estados Unidos y Argentina. El Dr. Ignacio Vélez Escobar fue el líder de las reuniones, y en su estudio La Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia 1935-1965 cuenta, como si fuera una historia de ficción, su hazaña y posterior huella en la medicina de la ciudad: “Con un grupo de amigos, iniciamos la costumbre de una reunión mensual, en la cual el ponente hacía una corta exposición sobre temas novedosos de su especialización, pagaba la comida y cada uno me entregaba una cuota mensual de cincuenta pesos. Ese es el origen de la Sociedad Médica Antioqueña SOMA”. El primer uso de ese dinero fue para la importación de tensiómetros Tycos, que eran una novedad, pues hasta la época sólo se usaban los tensiómetros de mercurio, que se derramaban con mucha frecuencia. SOMA pensó desde el inicio en traer a la ciudad herramientas de la salud con tecnología de punta. Las reuniones en La Fuente se hacían cada vez más serías, y en noviembre de 1947, con nueve socios que se habían sumado, se conformó SOMA como sociedad. Para aceptar o rechazar a los socios que pertenecerían a SOMA, el grupo hacía una votación con balotas, y si alguno de los socios mostraba una balota negra, el postulado ya no podía ser parte de ellos.

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En la búsqueda de un espacio para hacer realidad lo que estaban planeando, en enero de 1948 tomaron en arriendo la antigua Clínica Santa Ana, del Dr. Eliseo Velásquez Mejía, ubicada en la calle Junín con La Playa. Iniciaron un revolcón en la asistencia médica privada: fundaron una escuela de enfermería –que hoy funciona en la Universidad de Antioquia–, además fueron pioneros en anestesiología con dedicación exclusiva y en tener médicos residentes las veinticuatro horas. Implementaron las historias clínicas escritas, radiología permanente y atención con cita previa; medidas que hoy parecen obvias, pero que para entonces fueron innovadoras, arriesgadas y sobre todo: facilitaron los procesos, que era lo que pedía la ciudad.

Esos médicos amigos que se reunían en La Fuente continuaron sus citas y aportes mensuales y empezó a crecer el proyecto. El 19 de marzo de 1958, tras el ahorro del grupo y el apoyo de Conavi, por fin estuvo listo el edificio de la Clínica SOMA, ubicado en la Calle 51 No. 45-93, Av. Oriental con La Playa; contaba con más de ochenta consultorios de todas las especialidades. SOMA se consolidó como una clínica preocupada por la vanguardia tecnológica para el tratamiento de enfermedades. Por primera vez en la ciudad, las salas de cirugía tenían aire renovado –no había aire acondicionado–; hasta entonces en esas salas, sobre los mesones, había matamoscas.

Continuaron los avances y en 1960 se compró un local situado en el costado oriental de la edificación que era propiedad de la señora Ángela Restrepo de Piedrahita. Allí se construyó un nuevo bloque “La Playa”, que incluyó nuevas salas de cirugía, dos nuevas habitaciones por piso, más consultorios y un local comercial que en ese entonces fue ocupado por una sucursal del Banco Comercial Antioqueño. Por esos años se mantuvo un proceso constante de mejoras, no sólo en dotaciones científicas, sino en personal y adecuación de consultorios. Llegaron los ochenta y la clínica SOMA seguía creciendo: se dio comienzo a un plan integrado de ampliación, remodelación y equipamiento, que comprendió la modernización de la Unidad de Cuidados Intensivos, instalación de servicio central de oxígeno líquido, fachadas flotantes con doble vidrio antiruidos, aire acondicionado central, ampliación de hospitalización, remodelación de ascensores, entre otras mejoras.

Hoy la Clínica SOMA está acreditada como una de las más confiables en la ciudad, y uno de sus lemas es: “Nos tomamos el tiempo para mirarte a los ojos”; ante la inmediatez de la atención y en ocasiones, la precariedad de instrumentos óptimos para la realización de tratamientos, SOMA ha marcado la diferencia y sigue siendo ejemplo de vanguardia tecnológica y experiencia. El edificio sigue imponente, en ocasiones se oculta tras el encanto de la bulla y el afán del tráfico. Sin embargo, en cada avance médico que se celebra en la ciudad, hay algo de esos amigos que se reunieron un día en una heladería a cambiar –en alguna medida– la historia de la medicina en Medellín.

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