CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
  Teatro El Trueque

Como sala de teatro es de reciente data, pero su hacer y experiencias vienen de tiempo atrás. No se sabe si primero sucumbieron a la pasión amorosa del uno hacia la otra o coincidió en el tiempo ese flechazo con el teatro, lo cierto es que José Félix Londoño y Ana María Otálvaro se encontraron un día, unieron vida y sentimiento y allí surgió Teatro El Trueque. Al principio, dicen que ensayaban en la sala de la casa y confundían la visita de novios con el montaje de sus primeras obras: Poe y El corazón delator (¿del actor?), Marco Antonio de la Parra y su Ángel de la culpa. Parejos discurren ambos caminos hasta la obra definitiva, matrimonio y su primer bebé: Antonia. Proceso de enamoramiento con el teatro que los lleva a arriesgarse con una sala. Y sucedió un hecho inesperado, Exfanfarria Teatro cambiaba de sede, se iba a la vuelta y dejaba el que había sido su espacio de creación y representación desde 1986, cuando “heredó” del Pequeño Teatro, esta casa de la carrera Berrío a un costado de La Bachué, la fuente escultura de Horacio Betancur entronizada en la glorieta del Teatro Pablo Tobón Uribe.

Fue así como la familia creció, ya no dos actores para tiempos de estío sino un colectivo creador, dinámico, piloso, dispuesto a montar obras de disímiles autores como de la propia cosecha. Y así nació Confesiones de un amor casi imposible, basado en “Lolita”, de Vladimir Nabokov, y El hijo de Satanás, de ese demonio de las letras que es Charles Bukowski. Pasan revista a su ícono nadaísta Gonzalo Arango y crean Pasajero a Betania, una suerte de ajuste de cuentas del autor con su padre. Y celebran a don Tomás Carrasquilla con su Simón el mago, ese cuento de párvulos que ha perdurado en el tiempo, escrito 125 años ha y todavía se le siente lozano en lontananza. Hasta su obra reveladora El insepulto, por la que parece navegar la memoria de José Félix Londoño, en la que rastrea los pasos de un hermano desaparecido. Ahora el grupo se proyecta con la Casa de la Memoria, para que las víctimas se sienten en el taburete recostado en el alar de sus casas y retornen en el tiempo y reconstruyan pasajes imborrables de sus vidas vueltas a vivir al ser contadas.

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