CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
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El oro no estaba en las minas sino en el Parque Berrío.
Frase del ingenio local, 1910

El Parque Berrío todavía entrega su sombra de palmeras a cambio de la mierda inofensiva de las palomas. A simple vista, palmeras y palomas son lo único que le queda de parque de pueblo a esa casilla arrinconada del Centro de la ciudad, aplastada por el Metro, sitiada por los taxis, animada por el sermón de los vendedores de la pujante industria del porno local. Ahora el parque no es más que una modesta plazuela de paso coronada por un prócer empequeñecido ante la escala de los edificios y los hombres, de los buses y “La Gorda” de Botero.

Pero en los corrillos espontáneos que se juntan bajo los árboles se puede encontrar el Medellín más pueblerino, una increíble colección de montañeros que han elegido el ombligo maltrecho de la ciudad para cantarle a su pueblo perdido. Todos tienen los dedos gastados de rasgar las cuerdas y fumarse el cigarrillo hasta la última pavesa. Y ninguno de los tríos suma 32 dientes. Se agrupan según los alientos del día, las complicidades de la botella, los resentimientos de la última gresca. Van y vienen deshaciendo los tríos, conformando los dúos, completando los cuartetos, mientras el corrillo de desocupados los escucha con etílico entusiasmo. Un poco más atrás ronda la horda de tinteras, unas ofreciendo el termo, otras ofreciendo el trono.

Por momentos el Centro de Medellín, ignorado por los citadinos que cruzan en busca de una rebaja, parece la plaza de un caserío recién fundado por las desgracias del desplazamiento, los azares de la coca o las promesas del contrabando: Cartagena del Chairá, por decir algo, o Remolinos del Caguán, o Medellín del Ariari. Todos se conocen en esa extraña caricatura del pueblo en la ciudad. Los más viejos hablan del ambiente de fiesta que fue creciendo, hace veinte o veinticinco años, alrededor de los carros de mercado que vendían cerveza, guaro, salchichón, cigarrillos. Poco a poco los músicos callejeros empezaron a acompañar el chirrido de esas cantinas ambulantes. Muy pronto los zurrungueros se hicieron indispensables, y lo que era una beba de cartas y alegatos frente a un carro ambulante se convirtió en baile y cantata. “En ese tiempo algún gracioso le puso el Parque Berrido”, dice una de las gargantas de vieja data.

Es sábado a las dos de la tarde y se cuentan más de veinte guitarras entre las activas y las enfundadas. Los corrillos apenas están afinando las historias de la noche anterior: un viaje repentino a tocar en una fiesta en San Pedro, dos horas de música carrilera que resultaron en La Estancia, en el Parque Bolívar, un contacto del tercer tipo con una de las bailarinas ocasionales del parque. Lucely es una de las fundadoras de la escena. Acaba de llegar de un recorrido en buses con su parlante: “me cansé de tocar con otros músicos, eso es muy difícil, los humores de cada uno, de cada día… Esto no es sino prenderlo y listo, no pone problema”. Parece que antes de la primera canción es necesario un desahogo sin acompañamiento, a palo seco: “yo empecé a cantar por un desespero, por un hijo enfermo. Estaba lista pa robar, pa ime pa la pieza con el primero que me ofreciera. Y resulté cantando. No sabía, pero cantaba con el corazón”. Sus primeros temas hacen parte de esa inagotable colección de desgracias que se lloran en las cantinas: Mil puñados de oro y Cruz de madera.

Lucely hace una lista de muertos que no alcanzo a copiar en mi libreta: tres de sus maestros musicales, a los que llama el difunto Argemiro, el difunto ‘El Tábano’, el difunto tales…, más dos hijos asesinados en Ituango y Medellín. Tiene los ojos chiquitos, esquivos, perfectos para esas canciones de llantos eternos. Abrazada a su parlante canta una alegoría a las madres solteras, sin afán, con la misma parsimonia y concentración con la que acaba de contar un pedazo de su vida. Su canto y su cuento tienen la misma letra truculenta.

Cuando llegó el Metro con sus alardes de trapeadora y su cultura de ascensor, los músicos populares del Parque Berrío fueron perseguidos como la peor de las plagas. Muecos, con tufo a alcohol y canciones de lágrimas y puñales, con sombrero peludo y zapatos que sufrían su tercer dueño, los músicos, los bailarines y los pegados del parche le parecían al Metro impresentables para sus alrededores metropolitanos. Recordaban demasiado a los personajes callejeros, algo siniestros y desaliñados, que solo le gustan a la cultura oficial cuando están pintados por Débora Arango o retratados por Benjamín de la Calle. Entonces los policías comenzaron a desalojar el parque y la guitarra se volvió una amenaza: “es muy difícil conseguir a uno de por aquí que no haya terminado en el comando”, dice ‘El Segoviano’, un cantante vestido con la camiseta del Nacional.

En medio de esa purga contra la guasca, la carrilera, la parrandera, el despecho y sus costumbres hubo una escena que cambiaría un poco la historia del parque. Eran los tiempos en que Lucely aún no había descubierto a su compañero el parlante y andaba con la guitarra a cuestas. Un policía trataba de arrebatársela y ella daba pelea con las pajuelas como única arma. El tombo ganó el duelo y amenazó con romper la guitarra contra el piso. Una estampa perfecta para un esténcil. José Manuel Barrionuevo, un hombre de Barranca curtido en rebusques y andanzas, vio todo el tropel desde una esquina y decidió comprar la pelea. Salvó la guitarra y se le ocurrió que había una buena posibilidad de pelear por los músicos del parque. Tenía varias categorías que seducían en el lenguaje burocrático del momento: población vulnerable, desplazados, gestores culturales. Comenzó a llenar planillas, sacar carnés y juntar tríos camino a la Secretaría de Cultura. Barrionuevo se declara analfabeta musicalmente. Tal vez así tenía que ser para animarse a dar la pelea por los músicos en el escalón más bajo de la tarima.

El Metro debió resignarse y trazó una línea imaginaria que los músicos y su guachafita se comprometieron a no cruzar: “ese es el paralelo 38”, dice Barrionuevo entre risas, aludiendo a la línea roja entre las dos Coreas. Ahora los merenderos tienen el compromiso de pensar más en la guitarra que en la copa mientras estén en el parque, y cumplen con discreción yendo a enjuagarse la boca cada tanto a una esquina cercana; incluso lograron recibir clases de técnica vocal en la sede del Banco de la República y lucir los adelantos en un concierto de lujo en la Minorista.

Ahora, cuando los esplendores del Parque Berrío son imposibles de reconstruir desde la visual de Pedro Justo, después de que la ciudad decidiera sepultar su cuna bajo su gran orgullo, los personajes que se reúnen día a día para cantar y bailar sus cuitas hacen posible vivir en el pueblo de ‘Cosiaca’, ‘Marañas’, ‘Lorita’ y demás vagos de ruana y pata ancha. Esa Medellín que baila a salticos en los corrillos del parque, que exhibe la mirada vidriosa de los jubilados sobre las putas jubiladas, que rebusca monedas invocando brujas y resuelve todas las discusiones con el refranero, es un sumidero privilegiado en la ciudad. Allí no solo hay una colección de lo más granado de los montañeros de la provincia, sino que también están los campechanos más rebeldes, los más bohemios, como todavía dicen en los pueblos. Intentan mezclarle algo de guitarra al palustre de la semana y no se dejan atortolar por el reguetón ambiente: “a mí me tocó venirme pa Medellín porque uno de músico en el pueblo es visto como un loco, un borracho sin oficio”, me dice ‘El Genuino de Antioquia’. Algo parecido dijo el inglés Charles Saffray cuando abandonó lo poco que había en este valle a finales del siglo XIX: “…en aquel pueblo ocupado solo en buscar progreso material, los sabios, los poetas, los músicos, los artistas quedan siempre pobres, sin poder construir una clase separada”. Lo han logrado a medias: ahora tienen carné de desplazados, asociación de músicos populares y el beneplácito a regañadientes de la nueva iglesia local y sus vagones.

Fotografía Juan Fernando Ospina

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