CENTRO DE MEDELLÍN un mapa para perderse
Los bajos del metro
Juan Guillermo Romero

Los bajos del metro

–¿Vos es que te amañás por aquí, o qué?
–No, don Javier, lo que pasa es que voy a escribir un artículo sobre este sector de la ciudad para un libro que están haciendo unos compañeros.
–¿Qué fue lo que vos estudiaste?
–Periodismo.
–De todos modos, no se confíe. La gente es muy conversadora y uno no sabe quién se le sienta al lado.
–La idea es escribir sobre este sector, y también sobre este bar porque es muy antiguo, tiene más de cincuenta años.
–Claro, como ya se acabaron el Clarita, el 20 de Julio, el Paz del Río y el Salón Bogotá, que quedaba aquí enseguida, donde están esos Billares Europa… Pero ¿cómo es que se llama este bar?
–Se llama Gran Bar, el aviso lo están remodelando, como todo el bar; vea que las paredes están recién pintadas.
–En todo caso, si entra, no se vaya a enguaralar cuando una de esas muchachas se le siente al lado. Usted sabe que uno empieza sobándoles la manito, y ellas terminan cogiendo otra cosa… La billetera. No se imagina la cantidad de amigos jubilados que botan la platica en estos bares del Centro.
–Las meseras de aquí ni siquiera pueden beber; o al menos, eso me dijo el dueño.
–Puede que el bar sea muy sano, pero la gente conoce de una al que es novato en un sitio.
–Se ve que usted sí viene mucho por estos lados…
–Antes sí venía muy seguido, pero ya casi no. Vea, no ha caído la tarde y ya voy pal barrio.

Era la segunda vez en menos de una semana que una conversación me agarraba a las afueras del Gran Bar, merodeando, camuflado entre los jubilados que conversaban en la acera. La primera vez tampoco me decidí a entrar porque me angustiaba no encontrar a Heriberto Osorio, un señor blanco y fornido, de unos sesenta años, elegante como un monseñor, que había aceptado entrevistarse conmigo en este sitio, y quien administró durante 42 años el Edificio Henry, en cuyo primer piso se encuentra el Gran Bar.

Los bajos del metro

Al llegar, don Heriberto, muy contento de poder regodearse en sus viejos dominios, no se cansó de señalarme qué cosas debía mirar, las ventanas de madera y la puerta de hierro de la entrada, fabricadas en 1929, año en que se inaguró esta construcción de siete pisos ubicada en el cruce entre Bolívar y Boyacá, considerada en su momento la más alta de la ciudad. Cuando le conté que había leído que el edificio reemplazó uno de los viejos caserones desaparecidos tras el incendio que azotó el Parque Berrío en 1922 -considerado por muchos como el mejor pretexto que hallaron en la época para modernizar el sector-, me condujo a toda prisa hasta la pared derecha del Gran Bar, donde todavía hay un letrero en el que se lee: All America Radio Inc. Un jubilado que estaba allí parado nos interrumpió para decir que ahí quedaba una emisora, pero don Heriberto me mató el ojo y me aclaró que se trataba de una agencia de correos y llamadas a larga distancia que había operado en los años cuarenta. Luego, adentro del bar, mientras nos movíamos entre las mesas, don Heriberto no dejaba de alabar la gran altura del techo y de señalar el mezzanine, repleto de clientes ese viernes al mediodía. La gente nos miraba: debíamos parecerles un maestro y un albañil que discutían reformas.

Al salir del bar, don Heriberto me tiró del brazo para que lo acompañara hasta Navarro Ospina, el almacén de electrodomésticos que desde hace 61 años ocupa el otro local del primer piso del edificio, pues encima de la puerta, entre las marcas borrosas de un aviso de Sharp, está la otra pista de esta mini carrera de observación que me propuso: el anuncio del National City Bank of New York, que seguramente funcionó por la misma época que la empresa de correos.

Don Heriberto me invitó, además, a recorrer el edificio. Lo más atractivo, según él, son los pasamanos y las puertas de pino canadiense de las oficinas, marcadas con los números y nombres de sus moradores en la parte superior. Así conocí a Franklin Benítez, el electricista de la 606, quien lleva cuarenta años en el edificio y es su habitante más antiguo. Es un señor bajito, de unos setenta años, que desafía la inactividad que le recomienda su familia y desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde se la pasa metido en una vieja oficina que parece un cementerio de televisores y equipos de sonido viejos. Los ha acumulado por años con la esperanza de aprovechar algunas de sus piezas como repuestos, aunque su especialidad son los proyectores de diapositivas y de 8mm, unos aparatos tan olvidados como el edificio.
–Don Franklin, usted debe ser muy bueno para sostenerse tanto tiempo sin estar a la vista de los transeúntes, metido en este edificio.
–Vea toda la basura que tengo; imagínese lo que me he tenido que mover para conseguirla.
–¿Y dónde aprendió a reparar artículos eléctricos?
–Hice un curso por correspondencia en la National School. Eso era lo que se usaba, pero claro, aprendí fue dándole.
–¿Y usted se mueve mucho por esta zona o sale de una para la casa?
–Salgo cuando necesito comprar algún repuestico y por la mañana a tomarme un tinto, a veces en el Gran Bar. Otra cosa que hago es comprarle la revista Motor a un señor que vende periódicos hace muchos años frente a la Remington. ¿Qué más quiere preguntarme?
–No, de pronto estos días le traigo una grabadora que está empezando a fallar.

Cada vez que los entrevistados me arrinconaban, regresaba al Gran Bar. Allí, sentado adentro o parado afuera, recordaba esos bares de pueblo que reúnen en las mañanas, a punta de café, a quienes en las noches se atreven a posar con la cerveza o el guaro en la mano para las señoras y los turistas que entran y salen de las ostentosas iglesias de nuestros municipios. Dispuesto a sacarle más punta a esta repentina interpretación, en mis teorías de pseudourbanista le adjudiqué al viaducto del Metro el papel que antes cumplían los templos. Desde el viaducto hasta el templo de La Candelaria todo es muy iluminado; los bajos, en cambio, son oscuros y sombríos. En ellos el sol entra apenas unos veinte minutos al día, antes o después de la una, dependiendo de la temporada. –Doly, muy triste ver esto siempre a oscuras.
–Peor chupando sol a toda hora, ¿o es que nosotros los pobres siempre tenemos que quemarnos el pellejo?
–No, Doly, lo digo porque le da a uno la sensación de mayor peligro.
–Pa ustedes que solo vienen a comprar cositas de vez en cuando. La gente del Centro sabemos torear el Centro.

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Doly Bohórquez Barrera tiene 54 años y lleva más de treinta toreando este sector. Ha vendido aretas, anillos, cadenas, billeteras y correas de cuero, ropa barata o “tripa”, como la denominan los de su gremio; y desde hace unos diez años, al igual que varios integrantes de su familia, gorras y medias, siempre parada junto a su puesto en los bajos de la Remington. Los ojos pequeños y enrojecidos y las venas dilatadas del cuello le ayudan a narrar sus historias. Como si quisiera despacharme rápido, me habla con la mirada clavada en la pantalla de un Blackberry que le trajo su hijo para mostrarle una camada de cachorros pitbull que espera vender muy pronto; pero cuando sabe que ha llegado la parte digna de efectos sonoros, levanta los ojos y tensiona el cuello mientras dice entre risas “tas tas” y me apunta con el celular. –Yo le dije al Caleño: “pilas güevón, que los manes aquí mandan la mujer adelante y se van atrás”. Y como a él le fascinaba manosearlas, el tipo lo pilló, le dijo a la esposa que siguiera y se devolvió a meterle tres tiros. Ahí quedó junto a la estatua de “La Gorda”.

De ‘El Caleño’ y su versión femenina, ‘La Piragua’, dos personajes que se hicieron famosos en los noventa por tocarles los genitales a los transeúntes, ya me había hablado Gilberto Chaverra, un vendedor de periódicos. “La Piragua era una señora ya entrada en años, con hijos profesionales y todo, pero le gustaba mandarle la mano al mercado de los tipos… y El Caleño, ese era todavía más atravesado. Cuando lo mataron salió en el periódico”

Como el notario parapetado en su oficina, Gilberto tiene la posibilidad de leer en su quiosco la versión oficial de las historias violentas de la zona. Las de estos días son protagonizadas por las bandas de cosquilleros, esos que roban a punta de distracciones. Hace más de cuarenta años que vende periódicos y revistas junto a la entrada del antiguo Edificio Coltabaco, hoy sede de la Corporación Universitaria Remington. Aprendió el oficio de su madre, Ana Agudelo, quien crió doce hijos gracias a la venta de periódicos en una carreta que estacionaba a unos pasos de la caseta donde ahora él trabaja junto a su hermana Rosalba, quien lo releva en las tardes.
–Me imagino, Gilberto, que lo duro de tu camello es la madrugada por los periódicos…
–Eso era antes, cuando había que hacer filas larguísimas en la antigua sede de El Colombiano. Ahora hay muchos distribuidores. Lo duro es aguantar esta bulla; es como estar sentado en el patio de una escuela de primaria en pleno recreo, pero todo el día.
–Y aquí hasta que te jubilés…
–Esto va a ser hasta que me muera. Yo casi termino idiomas en la de Antioquia, pero no se dieron las cosas y aquí me va a tocar, como a mi madre, que aguantó esta bulla hasta sus últimos días. Esto es muy estresante, aunque no lo parezca.

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La banda sonora del sector es una verdadera caosfonía, y lo que es peor, en etapa de afinación: la base, tal vez el único ruido que tiene cierta métrica por sus repeticiones, es el que producen los vagones del Metro al entrar y salir de la estación; y sumados a este sonido, el cuchicheo de las decenas de transeúntes, el rugir de los motores de los taxis y las motos que pasan cada tanto y, por supuesto, los gritos de los vendedores de gorras, bisutería, tinto, agua, películas piratas, minutos a celular, pollo apanado, peluches y, sobre todo, sandalias: el producto dominante en los bajos del Metro. Solo debajo de la estación conté ocho casetas con decenas de hileras de sandalias de plástico, cuero, caucho, con brillantes, sin ellos, de colores metálicos, blancas, negras, nacionales y chinas; simétricas postales que convierten estos quioscos en caleidoscopios ambulantes.

Al entrar de nuevo al Gran Bar pensé que si fuera su dueño le pondría una puerta giratoria de madera y vidrio, como las del Edificio Henry; eso sí, con unos goznes mal aceitados, para que todos los clientes recuerden su sonido cuando ya no puedan frecuentarlo. Nada más lejano de la mente de Carlos Botero, su dueño, un tipo de unos cincuenta años, robusto, con la palidez típica de quienes trasnochan con cierta regularidad, quien hace rato entendió que su clientela no viene por la música ni por las meseras, sino para seguir viendo esas caras que los han acompañado mientras envejecen.
–Lo mejor de este bar es la tranquilidad de sus clientes. Como la mayoría son jubilados, vienen a conversar antes que a emborracharse.
–¿Son jubilados de qué empresa?
–La mayoría de ellos trabajaron en obras civiles para el municipio o el departamento; algunos fueron topógrafos. También viene mucho albañil, pero no muy jóvenes, porque aquí no dejamos que las muchachas beban y eso es lo que buscan los pelados.
–¿Y esa barra lateral de la entrada es para atender más rápido a los transeúntes que quieran tomarse algo?
–Nada, es para los que beben de pie. Aquí llegan personas que toman toda una noche sin sentarse, y si alguien les brinda un trago allá tiene que mandárselo.

Antes de dejar el Gran Bar me tomé una cerveza con la idea de orinar allí, pues varias personas me habían dicho que quien no hubiera expulsado su agüita amarilla en ese estrecho baño, no había recorrido los bajos del Metro. Mientras avanzaba en la fila, la chica que controla la entrada –hace un año cobran doscientos pesos–, una mujer rubia, de contextura maciza y ojos brotados pero siempre entreabiertos, no paraba de mirarme. Fue entonces cuando recordé las palabras de don Javier, mi vecino: “la gente conoce de una al que es novato en un sitio”, acaso la mejor definición de lo que es ser un reportero.

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